Andrea Ferrario. Viento Sur 05 de agosto
La decisión del sindicato de Hyundai Motor de oponerse a la introducción de robots de nueva generación en las fábricas sin un previo acuerdo entre el personal y la empresa ha convertido una decisión industrial en una disputa laboral, poniendo de relieve un conflicto que afecta al conjunto del sector de la inteligencia artificial (IA).
En el centro de la controversia se sitúa Atlas, el robot humanoide desarrollado por Boston Dynamics, empresa estadounidense controlada por Hyundai, que el grupo coreano presenta como su propia apuesta por la IA física, o sea, por las máquinas capaces de moverse y trabajar en los espacios productivos hasta ahora reservados a los seres humanos. Su aparición ha suscitado reacciones opuestas, con los inversores que la conciben como un avance y la clase trabajadora, en cambio, como una amenaza para sus puestos de trabajo.
El caso va mucho más allá del sector de la industria automovilística y de Corea del Sur. Apenas dos meses antes del inicio del conflicto en torno a los robots de nueva generación, el país ya había vivido un conflicto igualmente significativo en el sector de los semiconductores, cuando decenas de miles de empleados y empleadas de Samsung Electronics reclamaron una parte de los beneficios generados por el aumento vertiginoso de la demanda de chips para IA. Ambos episodios muestran diferentes facetas del mismo modelo económico. Las memorias de gran ancho de banda utilizadas para entrenar los modelos lingüísticos en los centros de datos y los robots destinados a sustituir a la mano de obra en las cadenas de montaje pertenecen al mismo ciclo tecnológico. En ambos casos, el conflicto gira en torno al reparto de los beneficios y al derecho del personal a participar en la toma de decisiones.
Si esta tensión surge sobre todo en Corea del Sur, y de forma más visible que en China ‒en la que se centra gran parte de la atención‒, es porque en el país conviven un sector tecnológico de vanguardia y un sindicalismo industrial especialmente combativo, una combinación que en otros lugares aún no se ha manifestado con la misma fuerza. En los materiales que permiten reconstruir los hechos, China figura como competidora en el mercado de las memorias y los robots, mientras que el conflicto sindical que caracteriza casos como los de Hyundai y Samsung es propiamente coreano y se desarrolla en los tribunales, en la negociación colectiva, en las huelgas y en las urnas. Es precisamente esta exposición pública del conflicto lo que convierte a Corea del Sur, mucho más que a China, en el laboratorio en el que las contradicciones de la economía de la IA salen a la luz con claridad.
Anatomía de un conflicto
Antes de analizar el caso como un episodio del enfrentamiento global entre el trabajo y la automatización, es importante comprender qué es lo que realmente pide el sindicato surcoreano, ya que el malentendido más común es considerarlo una reacción de carácter ludita. El sindicato, por el contrario, no cuestiona la máquina en sí misma, sino el poder de decidir cómo y cuándo emplearla, y exige que no se introduzca ningún robot basado en nuevas tecnologías en las naves de producción sin un acuerdo previo entre las partes. La reivindicación es a la vez defensiva y preventiva, ya que precede a la puesta en funcionamiento de los robots y pretende establecer un principio de derecho de decisión de los trabajadores sobre las modalidades de introducción de las nuevas tecnologías cuando aún existe la posibilidad de elegirlas.
A esta demanda se ha sumado una plataforma de reivindicaciones salariales que amplía el alcance de la batalla. El sindicato de trabajadores metalúrgicos de Hyundai, que cuenta con casi 40.000 afiliados, obtuvo en una consulta interna el 87 % de los votos a favor de la movilización y presentó, junto con la cláusula sobre la automatización, la reivindicación de una prima equivalente al 30 % del beneficio neto, el aumento de 60 a 65 años de la edad a la que la empresa puede rescindir la relación laboral, un incremento del salario base y el paso a un sistema en el que la retribución fija mensual cubra la totalidad del salario, evitando que los trabajadores y tengan que depender de horas extras y turnos adicionales para alcanzar unos ingresos aceptables.
Esta última demanda se explica por una estructura salarial en la que el componente variable roza la mitad del total, mientras que la reivindicación relativa a la edad se debe a que, para quienes han superado los sesenta años, la salida anticipada de la fábrica conlleva casi siempre un fuerte menoscabo de las condiciones de vida. A mediados de julio, el conflicto desembocó en una huelga parcial de tres días en las principales fábricas coreanas, con dos horas de paro por cada turno.
Lo que confiere a esta lucha sindical un alcance que trasciende los límites de una sola empresa es el hecho de que se inscribe en una ola de movilizaciones que atraviesa todo el sistema industrial coreano. La reivindicación de una prima equivalente al 30 % de los beneficios surge directamente de los conflictos en el sector de los semiconductores iniciados por los trabajadores de Samsung Electronics y de su competidora SK Hynix, y que luego se han extendido al sector informático, con la huelga de varias empresas del grupo tecnológico Kakao, así como, por último, a la industria automovilística, desde Hyundai hasta la filial coreana de General Motors.
Los medios de comunicación que defienden los intereses de las empresas han calificado esta propagación de “contagio”. La definición tiene un matiz hostil, pero capta un mecanismo real. Lo que está ocurriendo, de hecho, es que cada logro conseguido en una gran empresa se convierte en un referente y empuja al alza las reivindicaciones en los demás sectores.
Las reivindicaciones de los trabajadores se basan en sólidos argumentos económicos. En los últimos años, el grupo Hyundai ha registrado en varias ocasiones beneficios operativos superiores a los 10 billones de wones (casi 7.000 millones de dólares), situándose en tercer lugar a nivel mundial por volumen de ventas y en segundo lugar por rentabilidad, solo por detrás de Toyota. Los trabajadores atribuyen parte de estos resultados a su propia contribución y reclaman lo que les corresponde. La empresa ha contestado con propuestas muy alejadas de esta demanda, alegando la caída de los beneficios registrada en 2025 y la necesidad de reservar recursos suficientes para las inversiones. Además, solo ha aceptado parcialmente el principio del salario mensual completo, aplazando su definición a una mesa técnica prevista para 2027, en un intento de atenuar la presión sin asumir desde ya un compromiso vinculante.
¿Por qué Corea? ¿Por qué ahora?
El momento y el lugar en los que ha estallado el conflicto no son casuales, sino que dependen de una serie de factores que hacen que Corea del Sur sea un caso pionero. El primero es el demográfico. El país está envejeciendo rápidamente y la población activa se reduce, hasta el punto de que la expansión de la automatización en las fábricas se presenta en los editoriales de la prensa económica como una necesidad para sobrevivir, más que como una herramienta de expansión.
Corea del Sur ya es el país más robotizado del mundo, con unos 1.220 robots industriales por cada 10.000 trabajadores del sector manufacturero, una cifra muy superior a la de cualquier otra economía avanzada. Esa misma presión demográfica también se observa fuera de las fábricas. Las fuerzas armadas, que cuentan con 450.000 efectivos tras una reducción del 20 % en seis años, han comenzado a estudiar el uso de robots del grupo Hyundai en tareas logísticas y de vigilancia. Es una señal de que el impulso a la automatización responde a una escasez estructural de mano de obra y no solo a la búsqueda de menores costes.
La segunda dimensión se refiere al mercado de capitales. La apuesta por los robots ha cambiado la percepción financiera del grupo, cuya capitalización ha superado los 100 billones de wones (unos 70.000 millones de dólares) y cuya relación entre el precio de las acciones y los beneficios ha superado la de Toyota, su rival histórico. Los inversores han comenzado a considerar la empresa un grupo tecnológico dedicado a la movilidad, al igual que Tesla, en lugar de un fabricante tradicional.
El valor esperado se centra así en el control de los sistemas destinados a definir la producción de nueva generación, mientras que la fabricación de automóviles de bajo coste pierde protagonismo. La adquisición del control de Boston Dynamics, completada en 2021 y considerada durante mucho tiempo una apuesta arriesgada, se ve ahora como el paso que ha hecho posible esta transformación. Además, la dirección del grupo ha declarado abiertamente su ambición de competir con Tesla en el ámbito de la robótica y la conducción autónoma.
La última variable es de carácter geoeconómico y afecta a EE UU. Los aranceles impuestos por la administración estadounidense sobre las importaciones de automóviles han reducido los márgenes de Hyundai, lo que ha llevado al grupo a aumentar la producción en territorio estadounidense y a concentrar allí sus inversiones, con el objetivo de elevar la cuota de producción en ese país del 40 % al 80 % para 2030. En este contexto se inscribe también la decisión de desplegar el Atlas en la planta no sindicalizada de Georgia, excluyendo por el momento las fábricas coreanas.
A ojos de los trabajadores coreanos, el traslado de la producción al extranjero y la introducción de robots humanoides se perciben como dos aspectos del mismo proceso, sobre todo porque el grupo ya prevé trasladar fuera del país volúmenes considerables de producción a partir de 2027. El riesgo es que las fábricas coreanas mantengan, a corto plazo, los niveles actuales de empleo y producción, pero se vayan quedando progresivamente marginadas y excluidas de las inversiones destinadas a las tecnologías del futuro.
Lo que está en juego más allá de Corea
Las condiciones descritas hasta ahora no agotan el interés del asunto, ya que el conflicto plantea cuestiones que volverán a surgir allá donde se introduzca la misma tecnología. La primera se refiere a la relación entre los costes y la sustitución de la mano de obra. Una unidad de Atlas tendría un coste de unos 200 millones de wones (138.000 dólares), a lo que habría que sumar unos gastos de mantenimiento anual relativamente moderados, y podría trabajar sin interrupciones, pausas ni aumentos salariales. En estas condiciones, la inversión inicial se recuperaría en unos dos años.
Una vez iniciada la producción a gran escala, el coste por hora de la máquina podría reducirse hasta una sexta parte del coste de la mano de obra en los sectores industriales con salarios bajos, mientras que un trabajador coreano le cuesta a la empresa entre 100 y 130 millones de wones al año (unos 70.000 a 90.000 dólares). Una interpretación cercana al movimiento obrero, propuesta por Workers’ Solidarity y por un comentario publicado en News Lens, traduce estos cálculos en un escenario concreto: un ingeniero bien remunerado que controla diez robots en lugar de diez trabajadores cualificados, con un aumento de la productividad acompañado de una creciente concentración de los beneficios y del poder de control. También los medios económicos identifican la misma dinámica, señalando que, cuando el capital sustituye al trabajo a gran escala, también se reduce la posición negociadora de los trabajadores.
Sin embargo, el panorama es menos lineal de lo que sugieren estos cálculos, ya que la temida sustitución parece aún lejana. Los análisis técnicos sitúan a varios años, si no décadas, de distancia el momento en que robots como Atlas puedan sustituir a gran escala a los trabajadores cualificados, un paso que requeriría capacidades cercanas a las de la inteligencia artificial general. Por ahora, los humanoides se limitan a unos pocos proyectos piloto y tienen una fiabilidad comparable a la de los robots industriales de hace diez años. El propio programa de Hyundai prevé asignar a Atlas, hacia 2028, tareas auxiliares que requieran poca precisión y calcula que hacia 2030 podrá emplearlo en el montaje propiamente dicho. Precisamente porque la tecnología aún no está madura, el conflicto surge ahora, antes de que las decisiones se vuelvan irreversibles, cuando el sindicato aún conserva la posibilidad de imponer condiciones que, una vez introducidos los robots de nueva generación, serían mucho más difíciles de reivindicar.
La planta de Georgia, donde no hay ningún sindicato, sirve para allanar el camino y reproduce un esquema ya visto en 2014, cuando el sindicato coreano se opuso a las fábricas inteligentes, hoy extendidas por todas partes, incluida la gran planta de Hyundai en Ulsan. Las fábricas en el extranjero se convierten así en laboratorios en los que experimentar con las nuevas tecnologías, que llegan a las fábricas coreanas solo después de haber sido probadas y cuando ya resulta más difícil cuestionarlas.
Las empresas justifican sus decisiones sobre todo por la necesidad de seguir siendo competitivas. Tesla desarrolla su propio robot humanoide sin la restricción de un sindicato y con plazos más rápidos; las empresas chinas avanzan gracias a ingentes inversiones públicas y los fabricantes europeos también están poniendo en marcha planes similares. Según los medios de comunicación dominantes, cualquier resistencia acabaría, por tanto, desplazando la innovación a otros lugares y debilitando la posición industrial del país, tal y como ya habría ocurrido con quienes, en el pasado, defendieron el statu quo en lugar de adaptarse. Las voces cercanas a los trabajadores dan la vuelta a esta interpretación y señalan que el argumento de la inevitabilidad oculta una distribución del riesgo en la que los trabajadores deben soportar los costes de la adaptación, mientras que el capital se queda con los beneficios.
La cuestión central se refiere a la distribución de las ganancias de productividad que comportan las máquinas. Si la mayoría (los trabajadores) pierde unos ingresos estables mientras que una minoría (los empresarios) controla los robots y la capacidad de cálculo, el resultado es un conflicto social más agudo, muy lejos de la prosperidad generalizada prometida por la retórica de la innovación. La demanda interna también se ve afectada, ya que una población más pobre compra menos coches.
De este análisis surge la propuesta de regular la automatización imponiendo una evaluación previa de sus consecuencias sobre el empleo y destinando una parte de los beneficios a la reducción de la jornada laboral y a la garantía de los salarios. La misma propuesta prevé, además, que las ayudas públicas a las fábricas inteligentes estén condicionadas a compromisos vinculantes en materia de protección del empleo. El debate pasa así de lo que los robots son capaces de hacer a quién decide cómo utilizarlos y a quién corresponden los beneficios que generan.
La otra cara de la economía
La cuestión del reparto de beneficios cobra aún más relevancia si se observa cómo el conflicto afecta a distintos sectores de la población activa coreana, ya que el conflicto de Hyundai no se limita únicamente a los trabajadores mejor remunerados de las grandes empresas. Una tesis muy extendida, compartida por gran parte del espectro político, sostiene que los aumentos salariales conseguidos en las grandes empresas acaban perjudicando a los trabajadores precarios y subcontratados, descritos como las víctimas de una aristocracia obrera que se queda con los beneficios excedentes.
Las fuentes cercanas al movimiento sindical refutan esta interpretación y señalan que los logros conseguidos en las grandes empresas elevan el nivel de las reivindicaciones para todos. De hecho, fueron precisamente los resultados alcanzados en el sector de los semiconductores los que impulsaron también a los trabajadores subcontratados a reclamar una parte de los beneficios. Si los trabajadores de las grandes empresas renunciaran a sus primas, los únicos que se beneficiarían serían la empresa y sus accionistas, mientras que los trabajadores precarios de la cadena de suministro no obtendrían ninguna ventaja.
Esta disparidad se pone de manifiesto con especial claridad en el astillero de Ulsan del grupo HD Hyundai, donde unos doscientos trabajadores migrantes han dado el paso inusual de afiliarse colectivamente al sindicato. La protesta surgió a raíz de la introducción de un nuevo sistema salarial que reduce el salario base en una cantidad comprendida entre 170.000 y 200.000 wones (entre unos 115 y 135 dólares) y que, según los trabajadores, se habría impuesto bajo la amenaza de no renovar el contrato. Las movilizaciones, que comenzaron con unos pocos cientos de participantes y crecieron hasta involucrar a cerca de un millar, han recibido el apoyo de la OIT y han puesto de manifiesto la diferencia de condiciones entre los empleados directos y los de las empresas subcontratistas, más expuestos al chantaje y con menos posibilidades de hacer valer sus derechos. Esa misma división se observa en la cadena de suministro de componentes de automoción, en la que el grupo presiona a los proveedores para que reduzcan los precios. No es casualidad que una de las principales reivindicaciones planteadas en las manifestaciones de Ulsan se refiera a la garantía de los puestos de trabajo en las empresas proveedoras.
Este aspecto pone de manifiesto que los costes de la automatización y de la reducción de gastos recaen, ante todo, sobre los trabajadores menos protegidos, mientras que tachar a los sindicalizados de privilegiados sirve sobre todo para enfrentarlos al resto de los trabajadores. La respuesta institucional confirma la importancia central de la cuestión, ya que el gobierno de centroizquierda liderado por Lee Jae-myung, aunque con un tono más moderado que el de la derecha, ha calificado de excesivas las reivindicaciones de los trabajadores y ha asumido el papel de garante de la estabilidad económica, mientras que los medios conservadores han pedido que se adopten medidas para frenar la propagación de las reivindicaciones. Se trata de la misma alineación de fuerzas que acompañó al conflicto de los semiconductores en Samsung, y que reaparece casi sin cambios cuando el conflicto pasa de los chips a los robots.
El laboratorio coreano
Las luchas en Samsung, que analicé hace dos meses en este boletín, y las que se están produciendo en Hyundai contra la adopción de robots de nueva generación, se refieren a dos fases de la misma transformación, que parte de los chips destinados a alimentar la inteligencia artificial en los centros de datos y llega hasta las máquinas que la llevan a las líneas de montaje. Los editoriales de las publicaciones económicas reducen el conflicto a una oposición entre quienes aceptan el cambio y quienes se oponen a él, pero la cuestión se refiere a las condiciones en las que se introducen los robots humanoides.
Corea del Sur muestra con especial claridad que la economía de la inteligencia artificial no hace más que replantear el conflicto entre capital y trabajo. La retórica de la innovación suele ocultarlo, presentando como un progreso neutro una transformación que, en cambio, incide en las relaciones de poder entre quienes poseen los robots y quienes trabajan con ellos. El caso de Hyundai, y el más amplio del laboratorio coreano, indica que la disputa sobre cómo distribuir los beneficios de la automatización ya ha comenzado, mucho antes de que los robots sean realmente capaces de sustituir el trabajo humano.