Para seguir llamando a esto democracia

11/07/26
Beñat Zaldua
Quién sabe si para tratar de restaurar su maltrecha imagen como institución independiente, la Suprema Corte estadunidense decidió la semana pasada, por una vez, propinar un revés a Donald Trump y tumbar el decreto presidencial que acababa con la ciudadanía por nacimiento. Es decir, frenó el intento de negar la nacionalidad a los nacidos en suelo estadunidense de padre o madre migrante en situación administrativa irregular.

Conviene no llamarse a engaño. Pocos días antes, los mismos jueces avalaron la retirada de los permisos de residencia a 350 mil haitianos y 6 mil sirios, así como un endurecimiento de la expulsión de solicitantes de asilo en la frontera. En los mismos días, una corte de apelación daba su visto bueno a la generalización del proceso de expulsión acelerada. Pero la ciudadanía por nacimiento se ha salvado de la quema.

Pie en pared puso también la ciudadanía suiza, en el reciente referéndum impulsado por la derecha para limitar a diez millones la cantidad de habitantes del país alpino. Más allá de la estupidez de la propuesta –¿cómo se iba a controlar, con un contador en paritorios y fronteras?– ésta buscaba poner un freno a la migración, pero 54.8 por ciento de los votantes descartó la propuesta.

La migración, junto al antifeminismo, sigue siendo el principal caballo de batalla global de una extrema derecha que modula su discurso país a país. En el Estado español, PP y Vox han puesto el grito en el cielo por un proceso de regularización extraordinaria de migrantes que está superando todas las expectativas. El gobierno preveía procesar cerca de medio millón de solicitudes, pero una vez finalizado el plazo para presentar peticiones, estas han superado el millón.

El proceso ha sido impugnado judicialmente por los partidos de la derecha, que utilizan la medida para alimentar la idea del supuesto pucherazo que Pedro Sánchez prepara para las próximas elecciones. Concretamente, acusan al presidente de estar inflando el censo electoral mediante esta regularización y mediante la llamada “ley de nietos” –que permite solicitar la nacionalidad a hijos y nietos de exiliados tras el golpe de 1936–.

La acusación es otra estupidez, para empezar porque las personas que obtengan ahora permisos de residencia y trabajo no van a poder votar en las próximas elecciones generales –para eso deberían nacionalizarse–, pero sitúa el debate en torno a la migración en una encrucijada interesante. Aquí es donde queríamos llegar.

Para seguir llamando a esto democracialvamos a Suiza. En la ciudad-cantón de Basilea viven 211 mil personas, pero sólo la mitad de ellas pudo votar en el último referéndum sobre migración. El 50.3 por ciento de sus habitantes no pudo hacerlo porque no tiene la nacionalidad suiza, porque es menor de edad o porque está bajo tutela. Es el primer cantón en el que los habitantes sin derecho a voto superan a quienes pueden optar por el sufragio, y la causa es el aumento de población extranjera, que en tres décadas ha pasado de 20 a 32 por ciento.

Aunque tiene su trampa por incluir a los menores de edad, el titular es demasiado jugoso como para dejarlo escapar: una minoría decide ya sobre una mayoría. Este fenómeno va a ir acentuándose en los próximos años, por lo que o se hace algo, o seguir llamando a esto democracia presenta sus problemas.

El caso de Basilea clama al cielo, pero la tendencia es generalizada en el Norte global. En mi país, Euskal Herria, la evolución sigue derroteros parecidos, aunque las cifras estén a años luz. En el sur del país –la parte encajada en el Estado español–, en 1998 había empadronadas 2 millones 633 mil 637 personas y el censo electoral estaba compuesto por 2 millones 283 mil 337 personas.

Dos décadas después, en 2020, el número de personas con derecho a voto apenas se había movido (2 millones 303 mil 929), pero ya había empadronadas 2 millones 874 mil 718 personas. Es decir, la brecha entre padrón y censo pasó de 350 mil 300 a 570 mil 789 personas. O lo que es lo mismo, en veinte años, el porcentaje de empadronados con derecho a voto pasó de 86.7 a 80.1 por ciento. Y es fácil pensar en que la tendencia no habrá hecho sino agravarse.

Cada vez viven entre nosotros más personas sin derecho al voto, y es precisamente ahí donde el discurso utilitarista en torno a la migración encuentra sus límites. Abanderado por patronales necesitadas de mano de obra, el argumento –real– según el cual un Norte global con tasas de natalidad muy bajas necesita a personas de otros países para mantener la economía goza de predicamento también en la izquierda, que encuentra un asidero para salir de las acusaciones de “buenista” que le lanza la derecha.

Un paréntesis en forma de espejo. Si alguien os llama de “buenistas”, habrá que colegir que existen los “malistas”, entre los cuales se sitúan quienes lanzan semejantes acusaciones. Ser mala persona está de moda, pero no nos cansemos de señalarlo.

Dicho esto, apropiarse de los argumentos de los empresarios es más que lícito, pero sin olvidar los originales, porque ellos no quieren migrantes, quieren mano de obra barata y precaria. Es decir, con cuantos menos derechos mejor. Y, sin embargo, si viven, trabajan y cotizan aquí, ¿por qué no van a tener nuestros mismos derechos?