¿Para qué pensar mientras todo arde?

No sé cuántas veces he reiniciado este texto. Empecé con una pregunta: ¿para qué pensar en medio de las llamas? Por momentos creo que ya no tiene sentido, pues ya lo ha planteado Haraway y seguramente una cantidad de pensadores. Sin embargo, ¿qué es el pensamiento sino una red de conexiones y de razones? Mientras el mundo se desmorona afuera, me cuestionaba la importancia o la relevancia de estudiar, de escribir, incluso de existir. Por ahí, entonces, empecé este texto.

Este semestre del doctorado ha empezado y la tierra se ha movido a tal magnitud que muchas casas se han derrumbado en este país del Sagrado Corazón. El movimiento de tierra no solo me dejó con una certeza de fragilidad, sino que también insertó en mi pecho un sentimiento de angustia que no se va, a pesar de los días transcurridos.

Aun así, el trabajo continuó: las entregas para el doctorado no pararon y las obligaciones como madre, tampoco. Sin embargo, lo mío solo es mental.  

Además del movimiento telúrico, las montañas y valles del lugar donde vivo arden sin dar tregua. Hace semanas no llueve y los campos están secos; cualquier chispa genera llamas voraces: más de 22 000 hectáreas han sido devoradas por los incendios. Mientras esto ocurre, debo leer y escribir. Pero ¿qué debo escribir? ¿Sobre qué debo pensar o qué debo hacer? Hoy podría dejar este texto a medias e ir a recolectar ayudas o, tal vez, ponerme un traje e ir a apagar el fuego. Sin embargo, aquí sigo: frente a este computador, dejando que las palabras se deslicen por mis dedos y se proyecten en la pantalla.

Y entonces aparece una incomodidad que atraviesa este texto: ¿qué significa pensar? ¿qué sentido tiene detenerme a leer, escribir y elaborar conceptos mientras la tierra tiembla, las montañas arden y otras personas intentan reconstruir sus vidas? No creo poder obtener una respuesta. Tal vez por eso sea necesario pensar, una y otra vez.

Leí arduamente a las y los autores propuestos; sin embargo, con muy pocos logré identificarme o incluso comprenderlos. Realicé la lectura de Haraway mientras iba dialogando con la IA, en específico AFROFEMINÁSGPT, sobre el tema de mi texto, mis dudas, mis miedos y las razones por las cuales era imprescindible seguir escribiendo. Elegí AfroféminasGPT porque su propuesta epistemológica y ética se encuentra situada en el pensamiento negroafrofeminista y decolonial, genealogías que dialogan directamente con las perspectivas que atraviesan este texto. Esta elección me permitió no utilizar la inteligencia artificial como una herramienta neutral destinada únicamente a producir o corregir texto, sino como una interlocutora cuyas respuestas también podían ser interrogadas, discutidas, aceptadas o rechazadas.

Lo dialogado no pretende delegar en la IA la producción de mi pensamiento. Por el contrario, parto de mis propias preguntas, experiencias y lecturas, y utilizo la conversación como un espacio de contraste y elaboración, o al menos eso intento.

Yo: ¿Para qué pensar mientras todo arde? El semestre comenzó y la tierra se movió hasta derrumbar casas. Al mismo tiempo, las montañas y los valles arden. Mientras esto ocurre, debo leer y escribir. Pero ¿qué debo escribir? ¿Sobre qué debo pensar?

IA: Quizá la pregunta no sea únicamente qué escribir, sino desde dónde estás pensando aquello que ocurre. No estás frente a la catástrofe como una observadora externa. Estás situada en ella, aunque tu experiencia sea diferente de la de quienes lo han perdido todo.

Yo: Es un lugar privilegiado. No todas las mujeres pueden estudiar un doctorado. Pero también es un lugar de opresión, porque siguen existiendo muchas cosas que son mi responsabilidad, no solamente mi estudio. Eso me lleva a pensar en las mujeres que están en medio de la tragedia y en las infancias.

IA: Entonces tu pensamiento parece desplazarse de lo general a lo particular: de la catástrofe como acontecimiento hacia aquello que sucede en la vida cotidiana y que fácilmente queda fuera de las narraciones sobre el desastre.

Yo: Sí. Son actos cotidianos que no ocupan grandes portadas. Pero también tiene que ver con actos feminizados, en términos de Haraway.

IA: ¿Qué aparece cuando miras la catástrofe desde esos actos cotidianos?

Yo: El agotamiento, el cansancio y la tristeza. Pero esos cuerpos no tienen más opción que seguir procurando el cuidado para otros, muchas veces a costa del propio.

IA: ¿Y qué ocurre si pensamos el cuidado no como algo secundario, sino como una de las condiciones que permiten sostener la vida en medio de la catástrofe?

Yo: Imagino que incluye todo lo que dices y más. Es la búsqueda de la supervivencia y el bienestar, pero se antepone la del otro. Si llega agua o alimento, puedes priorizar a tus hijes o a los adultos mayores que están a tu alrededor. No lloras porque debes sostener emocionalmente. Si duermes y algo pasa, aparece la culpa.

IA: Hay algo que aparece en lo que estás diciendo: aquello que no se nombra puede quedar fuera de lo que somos capaces de pensar.

Yo: Sí. Si no se nombra, no se piensa y, por lo tanto, los otros tampoco lo notan.

IA: ¿Qué queda entonces sin nombrar?

Yo: El cuidado, la cotidianidad, la sensación de seguridad, los planes y los sueños. Las proyecciones.

IA: Entonces quizá reconstruir tampoco significa solamente levantar nuevamente una casa.

Yo: No. Reconstruir significa la casa, la calle, pero también la cama, la cocina, los planes, los anhelos.

IA: Y ahí el pensamiento puede hacer algo: no detener el fuego ni reconstruir una casa con palabras, sino ampliar aquello que somos capaces de mirar cuando hablamos de una catástrofe.

Yo: Entonces la pregunta cambia. Ya no es solamente para qué pensar mientras todo arde.

IA: ¿Cuál sería ahora?

Yo: ¿Qué puede hacer el pensamiento visible cuando todo arde?  (OpenAI, 2026)

Haraway (2019), al recuperar el pensamiento de Arendt, afirma que pensar no consiste simplemente en evaluar información o argumentos para determinar si son correctos o incorrectos. Para entender mejor lo planteado, Haraway antes cita a Strathern para señalar: «Importa qué ideas usamos para pensar otras ideas» (p. 65). Es decir, pensar con el mundo, no sobre él. Es justamente lo que está sucediendo en este ejercicio de escritura. Estoy pensando desde mi historia, desde mis lecturas, mis afectos y las condiciones concretas de mi vida.

Pensar no puede ser un ejercicio distante. Al contrario, se convierte en una actividad diaria y, por lo tanto, en términos de Haraway, tentacular, ya que es una inteligencia que se mueve entre los nudos. «Los seres tentaculares crean sujeciones y separaciones, cortes y nudos; crean una diferencia; tejen senderos y consecuencias, pero no determinismos; son abiertos y a la vez anudados, de algunas maneras y no otras» (p. 61). Es decir, entiende el conocimiento como situado, encarnado y relacional.

En otras palabras, no es solamente lo que piense, sino también desde dónde lo pienso, con quién lo pienso y —quizá una de las cosas que a veces olvidamos— qué sentí cuando lo pensé; lo que quiero decir es que pensar puede ser una forma de afectación. Pensar no me aleja necesariamente de lo que está ocurriendo; en algunos momentos me acerca a aquello que no se puede ver desde las categorías generales con las que se suele nombrar un desastre «natural».

Entonces, ¿qué hemos provocado? Escribo en California en medio de una histórica sequía plurianual y de la explosiva temporada de incendios de 2015: necesito la fotografía de un incendio provocado en junio de 2009 por el Sustainable Resource Alberta en la carretera Icefields Parkway, a la altura de la localidad de Saskatchewan River Crossing, para detener la propagación de escarabajos del pino de montaña creando una barrera de fuego para futuros incendios y para mejorar la biodiversidad. La esperanza es que este fuego actúe como un aliado para el resurgimiento. (Haraway, 2019, p. 79)

La imagen del fuego hace necesario que me detenga en la categoría de Capitaloceno, es una era donde el motor de la destrucción no es «el hombre» sino las estructuras del capital. Desde esta perspectiva, lo que está sucediendo no puede comprenderse únicamente como una crisis ‘natural’, sino también como una crisis inscrita en relaciones históricas de producción, explotación y apropiación de los territorios.

Reconocer esto permite revisar la catástrofe desde otra óptica, más allá de las casas destruidas, hectáreas quemadas y número de personas damnificadas, pues ese es el dato que reivindica el capital, pero esas cifras no alcanzan para nombrar la cama, la cocina, el alimento, el agua, el cansancio, la menstruación, el miedo, la culpa, la necesidad, el cuidado propio y el ajeno. Por supuesto, tampoco se hace un balance de los sueños, los planes, los anhelos y las proyecciones que se quebraron y esfumaron, pues esto no le importa al capital.

No es lo mismo mirar una catástrofe desde las cifras que hacerlo desde la pregunta por aquello que sucede con los cuerpos que habitan, humanos y no humanos. Tampoco es lo mismo pensar una casa como una estructura destruida que pensarla como una cama, una cocina, un lugar de descanso, de cuidado y de proyección hacia el futuro.

Es justamente esto la tentacularidad, es pensar con hilos, finos y resistentes; es habitar de otra manera, desde la colaboración, el cuidado y la interdependencia. Las cifras no son el problema en sí mismas. También necesitamos contar para dimensionar una emergencia, distribuir recursos y exigir responsabilidades. El problema aparece cuando la cifra se convierte en el límite de lo pensable. Por eso mi intención no es sustituir los números por los afectos, sino hacer que los números vuelvan a abrirse hacia las relaciones que contienen.

Según el presidente, en el departamento han sido arrasadas más de 50 mil hectáreas de las cuales 28 mil corresponden a áreas agropecuarias donde hay más de 2.800 productores afectados y pérdidas estimadas en más de $134 millones.

“Son más de 163 mil animales en riesgo por falta de alimentación y agua, afectaciones en 23 municipios y 507 veredas, a esto se suman las consecuencias del terremoto 44 municipios afectados, 85 viviendas colapsadas, 3.212 averiadas y 3.776 afectaciones reportadas en todo el departamento”, dijo De la Espriella. (Investigativo, 2026)

El lenguaje institucional vuelve nuevamente a las cifras. Más de 50 000 hectáreas arrasadas, 28 000 de ellas correspondientes a áreas agropecuarias, más de 2800 productores afectados, pérdidas estimadas en 134 millones y 163 000 animales en riesgo por falta de agua y alimento. La cifra permite dimensionar la magnitud de la catástrofe, pero también produce una determinada forma de verla. Desde una lectura del Capitaloceno, la pregunta puede desplazarse: ¿qué relaciones hacen posible que una hectárea pueda ser contabilizada, que un animal aparezca como parte de una pérdida productiva y que un territorio pueda traducirse en una cifra económica? No se trata de negar la utilidad de estos datos, sino de preguntar qué queda fuera de ellos. Esas hectáreas no son solamente superficie; son territorios habitados y trabajados. Esos animales no son únicamente 163 000 cuerpos en riesgo; están vinculados a prácticas de cuidado, trabajo, alimentación, producción y supervivencia. La catástrofe, entonces, no ocurre entre seres aislados, sino dentro de una red de relaciones humanas y no humanas que también resulta afectada.

Quizá por eso sigo frente a la pantalla. No porque haya encontrado una respuesta que justifique estar aquí sentada, mientras afuera las montañas siguen ardiendo y la tierra tiembla, sino porque ahora entiendo que mi incomodidad también forma parte de la pregunta. Es decir, pensar no me coloca fuera de lo que sucede. Claro, tampoco me coloca dentro de la experiencia de quienes lo han perdido todo o aquellos que luchan por detener el fuego. Me deja en un lugar intermedio, incómodo, pero situado.

Entonces, vuelvo al título. ¿Para qué pensar mientras todo arde? No sé si ahora mismo tengo una respuesta. Tal vez pensar sirva, al menos, para evitar que aquello que arde quede reducido a una cifra, que aquello que se pierde se reduzca a una vivienda colapsada, que el cuidado desaparezca detrás de la emergencia y que los cuerpos, humanos y no humanos, sean solamente parte de un inventario de daños.

Pero tampoco quiero convertir el pensamiento en una promesa. Pensar no apaga el fuego. No hace llover. No devuelve una casa ni recupera un cultivo. No sé qué puede hacer exactamente el pensamiento cuando todo arde. Sé, sin embargo, que después de este recorrido ya no puedo pensar la catástrofe de la misma manera. Y quizá ese sea, por ahora, el lugar desde el que puedo seguir pensando.

María Osorio Gómez

Residente de la ciudad de Ibagué, madre, profesora, feminista en construcción y estudiante del Doctorado en Diversidad y Formación.


Bibliografía