

Lo que en todo caso falta es un partido con inteligencia capaz de dar una lucha cultural que genere mayorías suficientes para la batalla antioligárquica. Y eso falta porque toda la inteligencia disponible en España está pensando en su pequeña batalla individual por la relevancia social, el poder académico y la visibilidad en los grandes medios. No en una batalla cultural al modo gramsciano, capaz de fundar un intelecto general. Pues para eso se requiere algo más que identificar el tema de moda. Se requiere una comprensión histórica general, transferible con sencillez al público como orientación existencial.
— José Luis Villacañas, «Cumbre en Barcelona«
El marco general para conseguir la hegemonía cultural-ideológica-política que planteaba Gramsci es, sin duda, el decrecentismo colapsista. Tal como recuerdo de mis lecturas de la década de 1970, Gramsci utilizaba un símil militar para plantear una estrategia política de guerra de posiciones, es decir, ir ganando espacio cultural, ideológico, de sentido común compartido por la sociedad, y político (también institucional) para, por así decirlo, ir rodeando la fortaleza principal, el Estado burgués, hasta hacerlo caer.
Esto se contraponía a la precipitada maniobra para un asalto definitivo, el asalto a los cielos, que generalmente lleva a estrellarse (insurreccionalismo anarquista republicano, lucha armada terrorista, putchismo de golpe de Estado revolucionario), aunque sin por ello rechazar la estrategia seguida por los bolcheviques en Rusia, de todo el poder a los soviets obreros y campesinos, y una insurrección bien planeada en las ciudades principales, correcta teniendo en cuenta, sobre todo, aquellas circunstancias históricas de la I Guerra Mundial y de falta de tradiciones democrático-burguesas.
Debo recalcar la importancia del enfoque político, de escalar a lo político (no confundir con la mediocridad de política partidista imperante). Porque quedarse en la pretensión de multiplicar experiencias decrecentistas sin que en ello esté implicado lo político en el sentido más estricto, no general (todo es político en esta vida, pues vivimos en sociedad), es decir sin avanzar en la estrategia política dual que otros llaman oblicua, jamás nos permitirá escalar en la medida necesaria y menos aun hacer frente a las gigantescas amenazas existenciales que tenemos delante: crisis alimentaria mundial, ecofascismo, guerra mundial crónica o guerra nuclear, caos climático total, extinción.
De lo que hablo es de una política que dé el protagonismo a la gente, no a los políticos.

“¡Revolucionarios: a los huertos comunitarios!”
Ilustración de Ted Traine
En su reciente invitación a que actuemos, dice Antonio Turiel: “Y para que nadie se llame a engaño esto no consiste en montar ningún partido político.”. A primera vista pudiera parecer que está en contra de la actividad política, de la creación de una organización política decrecentista (no tendría que ser lo mismo que un partido electoralista típico). Sin embargo, Turiel precisa más lo que quiere decir en una entrevista radiofónica realizada por Manuel Casal Lodeiro para el programa Vivirmos nun mundo finito.
Tal como defienden las estrategias duales, el desarrollo de las iniciativas de todo tipo desde la base, reforzando lo local, no está reñido con un planteamiento mucho más escalado y político, incluso internacional, sino todo lo contrario, porque este último debiera servir de paraguas y sistema de riego para el primero, y para que rompa los techos, de naturaleza finalmente política, que le impiden escalar.
La «comprensión histórica general» que reclama Villacañas en el artículo cuya cita encabeza este texto podría aportarla el Decrecimiento en su versión colapsista, es decir consciente del colapso. Sería, así, misión nuestra esa «batalla cultural» gramsciana, ese trasferir «con sencillez al público» la orientación necesaria para sobrevivir, que señala el historiador y filósofo.
Por desgracia, lo que extraigo de algunos debates con decrecentistas es que en el decrecentismo, con eso de que “lo pequeño es hermoso”, la “vía de la simplicidad”, el peso a lo local, etc., se acaba en una tendencia que jamás podrá permitirnos escalar ni siquiera al planteamiento gramsciano porque, volviendo al símil militar, es como quedarse al nivel del paqueo (francotirador), la escaramuza, casi ni siquiera de la guerra de guerrillas. Pero al final de lo que se trata es de escalar a la guerra más convencional para vencer a un fuerte ejército convencional que no está en total desintegración, algo así como la estrategia china de Mao Tse-tung (ahora Mao Zedong) contra la invasión japonesa y la burguesía china del Kuomintang (de Chiang Kai-shek). Si no superamos ni siquiera ese bajísimo nivel de lo no político o antipolítico, ya podemos olvidarnos de llegar al gramsciano, y el decrecentismo se verá relegado a ser una cultura marginal y condenada a la extinción, como el conjunto de la Humanidad.
Con todo, el decrecentismo es un abanico muy amplio, y eso hay que tenerlo en cuenta. Porque de poco serviría una organización política que pretendiese conciliar a gente que se dice decrecentista y que tiene un nivel tan bajo de crítica al capitalismo como el que estoy señalando. El choque de las orientaciones y discursos sería inevitable, y la convivencia en la misma organización acabaría pronto haciéndose imposible. Serían un completo lastre.
Mi tradición de marxista revolucionaria, fogueada desde el franquismo, me lleva a una concepción de la organización política muy diferente de los partidos centrados en lo electoral, que son meros aparatos. Hace falta organización política para ayudar a organizar a las masas de la forma más cotidiana, estable y masiva posible, para estimular su autoorganización. Y eso requiere también de una militancia comprometida, organizada, no para votar cada equis tiempo como hace, por ejemplo, Podemos, sino de reunión regular desde los organismos de base, asunción de tareas, participación en la elaboración de la línea política, etc.
Lo que más se aproximaría es el enfoque de organización para una política dual —u oblicua— pero diría yo más que dual, cuasi-dual, porque no puede tener el mismo peso lo institucional que la fuerza del movimiento organizado en la calle que, como ya he señalado, es el que tiene que llevar la dirección y al que tiene que estar totalmente subordinado y a su servicio, la parte institucional. Esta institucionalidad tampoco podría ser de gobierno del Estado, porque entonces pasaría —lo quiera o no— a gestionar el capitalismo y el imperialismo, o de lo contrario, a ser expulsado del poder, tal vez mediante golpe militar. O sea, que la entrada en las instituciones se concentraría sobre todo en los niveles inferiores (municipales) e intermedios (tipo diputaciones o similar) y, a lo sumo, gobierno de la comunidad autónoma, aunque esto con más reservas porque depende qué comunidad: Cataluña o Euskadi, ya tienen a su mando a un cuerpo policial armado importante, por ejemplo.
En este sentido considero que lo que sobre esto se planteaba en la Guía para el descenso energético de la Asociación Véspera de Nada para una Galiza sin petróleo, hace ya más de una década, iba en una buena dirección.

Casdeiro
Aunque ese tipo de estrategia sería la que nos permitiría escalar, me temo que estamos muy verdes para ponerla en práctica. Tengo para mí que hay un cierto decrecentismo que se lo ha tenido que currar mucho, contra corriente, y que está muy satisfecho de lo que, pese a todo, ha conseguido, pero que no comprende que su visión de lo local y de renunciar a dar la batalla en el campo de la política explícita (más evidente en el caso del decrecentismo anarquista), es una autolimitación que nos lleva, directamente a la derrota más absoluta. Y eso, lo confieso, me produce mucha rabia. Rabia no contra esas experiencias tan meritorias, sino contra esa limitación de la visión, y lo que me parece cierta autocomplacencia, cuando el tiempo corre a toda velocidad y en nuestra contra.
Quien no sienta, en este sentido, vértigo, a cuenta de Ormuz, etc., es que no está entendiendo nada en relación con el colapso que antes o después se nos viene encima. Y entonces puede ser ya bastante tarde para organizar nada, porque asistiremos a una ofensiva de la burguesía, por tierra, mar y aire, ideológica y represiva hasta el extremo, que preparará el terreno al ecofascismo. En el caso de España esto comenzaría con un gobierno del PP y Vox.
No me considero experta en nada. Soy, sobre todo, un animal político, no solo por ser miembro de la polis, sino por lo que ha sido desde jovencita mi actividad central, aparte de currar y vivir, claro. Y es desde esa perspectiva que percibo un despiste muy grande en el decrecentismo, que será letal.
Por eso, creo que hay que combatir sin descanso esa visión estrecha, antes de poder organizar nada serio y con entidad. Criticar a fondo los planteamientos erróneos. No temer las tensiones e incluso rupturas con aquellos decrecentistas que sabemos que acabarán siendo un lastre para el camino que necesitamos emprender, en el sentido de que frenarán el avance o nos tirarán hacia el fondo.
Es también mi motivación para intentar influir en otros marxistas, en organizaciones como las del Movimiento Socialista. Ellos tienen la ventaja de partir ya de un nivel alto de crítica del capitalismo, de estar organizados y tener una militancia joven comprometida (no podemos ocultar que un problema del decrecentismo es precisamente llegar a la juventud). Por supuesto, con esto no pretendo decir que tendría que ser un partido así la única organización política decrecentista colapsista. Podría haber otras no definidas expresamente como marxistas, pero con las que sería viable construir un frente común por su alto nivel de denuncia del capitalismo, con unos acuerdos básicos sobre estrategia y tácticas.
Por eso también siempre intento comunicarme con colectivos como Viento Sur y Anticapitalistas, porque su corriente trotskista se ha hecho decrecentista, aunque no sea aún colapsista, lo cual supone un avance con respeto a posiciones anteriores. Pero van demasiado lentos; veo a mis correligionarios (en Marx) muy verdes, casi viejunos comparados conmigo.
Reconozco que no llevo bien todo esto, pues no es una cuestión académica, teórica, como si hablásemos de física cuántica o de la cultura micénica. Me afecta emocionalmente, me preocupa mucho, me cabrea también mucho, porque en mi vida he asistido a demasiadas cegueras y vías que tenía claro que se dirigían al fracaso. He visto el precio tan grande que íbamos a pagar con el tiempo, aunque no fuese tan explícito y evidente como los ríos de sangre, y los hechos lo han confirmado, desgraciadamente (hubiera sido un alivio estar equivocada). Y conste que no me considero especialmente lista (ni culta) sino, en todo caso, más abierta a la hora de atender a la realidad y no negarla ni eludirla, como he comprobado tantísimas veces. Y ahora me encuentro en una tesitura muy parecida. Y doy lo que puedo, aunque no puedo obligar a nadie a cambiar: no funciona así. Y el tiempo corre.
Lo que puedo es dar caña contra el localismo mal entendido como opción no política, y también advertir del error contrario, que lleva a la cooptación.
La clave pasa por una crítica teórica seria al capitalismo y la naturaleza del Estado burgués (por ahí va Marga Mediavilla en su reciente artículo publicado en estas mismas páginas). Esto, inevitablemente, lleva a acercase al marxismo en cuanto que crítica al sistema, aunque no te conviertas en su correligionario, y todo se puede mejorar y superar. Es decir, no hagamos de Marx un dogma, tampoco.
Y en el momento actual un medio para introducir la necesidad de lo político, consiste en comprender las prioridades de la alimentación (se va a hacer evidente a cuenta de Ormuz[1]) y el grave riesgo de guerra nuclear (Alemania lanzada como loca al rearme, y Francia diciendo que la cubrirá con su armamento nuclear; todo apunta en esa dirección, no en la contraria), que sobrepasan el localismo y exigen un escalamiento total.
¿Cómo se empieza con esto? Una manera puede ser publicar artículos planteando esto siempre que tengamos ocasión. Destacando en los webs de las organizaciones y de los medios de comunicación decrecentistas, en su página de inicio, un artículo fijo sobre el asunto, que se mantendría con sus pertinentes actualizaciones. Con esto conseguiríamos que toda persona que visite estos sitios de Internet pueda recibir este mensaje. A partir de ahí, escalar mediante charlas y otras actividades e incidir sobre el Foro Social Más Allá del Crecimiento y todo aquel que siga demasiado despistado ante esta situación y la estrategia que seguir.

Notas
[1] Sin fertilizantes nitrogenados, ahora bloqueados por el conflicto, la producción de alimentos se puede reducir en un 50%. Para regenerar los suelos hace falta dejarlos “descansar” (y ayudarlos) durante entre 5 y 15 años, según los casos. Es decir, el problema que se nos puede venir encima es de una escala mundial y apocalíptica. Sin embargo, en vez de ir tomando medidas en previsión de este escenario (a escala internacional, nacional, local…), aunque sólo sea ir advirtiendo a la gente, sacando el asunto a la plaza pública (eso ya es escalar políticamente), ¿vamos a seguir centrados en plantar lechugas en la huerta de la ecoaldea? Disculpad la caricatura, pero resulta útil para expresar con viveza y claridad una realidad de fondo a la que, de otro modo, le cuesta aflorar.