¿Nos toman por gilipollas?

¿Nos toman por gilipollas?

Por Pedro López López

Es una pregunta retórica: sí, nos toman por gilipollas. Tomo esta idea en el título de una reseña crítica que hizo Jorge Verstrynge del libro ¿Quién se ha llevado mi queso?, libro que hizo cierto ruido a principios del siglo XXI. El artículo, publicado en El Viejo Topo, llevaba por título ¿Nos toman por idiotas? A partir de entonces he visto que bastantes artículos más llevan el mismo título. En el de Verstrynge se trataba de desvelar el taimado adoctrinamiento del libro en el neoliberalismo más rampante. Por cierto, que poco después, dando una vuelta de tuerca, el que esto escribe vio en un supermercado cuyo nombre no recuerdo -podría ser un Lidl, un Alcampo, un Jumbo o cualquiera de los grandes una versión infantil del mismo libro, un auténtico atraco a los menores. Ninguna sorpresa, pero esos mismos sectores son los que acusan de adoctrinamiento a la izquierda en materia educativa; basta hablar de justicia social, de desigualdad, de derechos sociales, para que la derecha se lance en tromba a acusar de adoctrinamiento al incauto que lo hace.

Todo esto me ha hecho recordar el informe del atestado policial justificando el brutal empujón que el policía dio a una profesora jubilada el pasado 31 de mayo en Valencia, al parecer usando “la mínima fuerza”, pero con “la inercia de la carrera”; solo faltaba un pasito más para justificar el empujón deliberado que recibió la profesora: el policía habría estornudado y, claro, la mujer, que en ese momento estaba delante del policía, habría sufrido una “caída accidental” causada por “una pérdida de equilibrio”. Todo muy aséptico, sin cuestionar la “buena” intención del policía, que va de suyo porque es policía y, claro, cómo pensar que no actúa por nuestro bien. Kafkiano es poco para calificar el atestado del incidente, que gracias a que fue grabado hemos visto miles de personas. Pero que no falte la creatividad.

La historia de los abusos policiales… presuntos, claro, está llena de percances. Recuerdo el “caso Roquetas”: el 24 de julio de 2005 el agricultor Juan Martínez Galdeano acudió al cuartel de la Guardia Civil de Roquetas de Mar por una discusión tras un accidente de tráfico que había sufrido. No salió vivo… mira que es mala suerte. Al parecer se puso nervioso y violento, pero le redujeron entre nueve agentes, la autopsia reveló que en el momento de la muerte estaba esposado, así como que tenía roto el esternón. Para romper el esternón de un hombre corpulento con una altura de 1,86 y 108 kg. de peso debieron de aplicarle la “fuerza mínima” entre nueve agentes. Y un dato, nada inocente, es que inéditamente se rectificó el informe de la autopsia (quizás por “sugerencias” de alguien que tenía “mejor” información que dar) y hubo un segundo informe, que no descartaba que la rotura del esternón se produjera por las maniobras de reanimación (!!!). El informe definitivo reveló 50 lesiones, ¿es necesario este nivel de destrozo y agresividad con un hombre, que por fuerte que fuera no tenía ninguna posibilidad de escapar ni de representar una seria amenaza? El testimonio de una mujer que dijo haber visto desde una ventana la paliza fue descartado, y también hubo otro hecho curioso: la juez que estaba llevando el caso se dio de baja por estrés. Hay que ver la cadena de casualidades que se dan cuando salta un caso de presunto abuso de los cuerpos de seguridad.

Como vemos, el concepto de “fuerza mínima” es algo más que elástico. Una profesora -no un luchador de MMA- jubilada que recibe un brutal empujón en la espalda (la “fuerza mínima”) y un agricultor, ciertamente corpulento pero esposado y con nueve agentes para controlarlo, que resulta muerto. ¿Son dos casos representativos o las casualidades no dejan ver el bosque?

Desgraciadamente, la inquina que parece tener la policía hacia los manifestantes y hacia cualquiera que muestre un mínimo de resistencia (ya pedir la placa eleva el nivel del riesgo del manifestante) los lleva a tratarlos como delincuentes y posibles terroristas, ese es el trato que recibimos los manifestantes por el derecho de protesta que cualquier democracia debe proteger, pero que en nuestro país sienta especialmente mal a la policía, por lo que uno ha podido observar en los cientos de manifestaciones y concentraciones a las que ha acudido. No puedo documentarlo ahora mismo con detalles, pero hace unos años, ante unas manifestaciones de alumnos de secundarios en Valencia, creo recordar, el mando policial a cargo de las fuerzas llegó a declarar que no se le pueden dar datos de la actuación policial “al enemigo”. El enemigo: chavales adolescentes. Y aunque fueran mayores de edad, ¿los manifestantes deben ser considerados ciudadanos o “enemigos”. La primera consideración nos lleva a hablar de derechos, la segunda al “todo vale”. Pero la declaración de este policía reveló claramente la mentalidad, y era un mando, no un número cualquiera.

En la Vuelta Ciclista de 2025 hubo manifestantes que ahora están acusados de desórdenes públicos, resistencia a la autoridad y toda la panoplia de supuestos delitos y la construcción del relato habitual. Como las protestas eran contra el equipo de Israel, solo podían ser proferidas por predelincuentes de izquierdas; si las protestas hubieran sido contra el equipo de Rusia, otro gallo hubiera cantado. Pero, claro, el equipo de Rusia no podía participar porque Rusia es muy mala enfrentándose a la OTAN, a diferencia de Israel, que solo comete genocidio contra una masa de desharrapados.

En fin, así seguimos desde la muerte del dictador. Está claro que no hubo una ruptura con el régimen anterior y las mentalidades de determinados sectores siguen en el franquismo, aunque algo domesticadas por un sistema que llamamos democrático, aunque le falte algún hervor.

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