Durante décadas, las sociedades del Norte Global disfrutaron de importantes conquistas sociales. Sin embargo, las políticas neoliberales fueron desmantelando progresivamente esas conquistas, mientras los capitales financieros y los nuevos magnates tecnológico-digitales concentraban enormes fortunas y adquirían una capacidad extraordinaria para influir en las decisiones políticas, favoreciendo proyectos autoritarios y de ultraderecha. A ello se suma la expansión de los fondos especulativos invertidos en la vivienda desalojando a miles de personas de sus hogares. El caso de Maricarmen, una mujer de 87 años desalojada en España y fallecida poco después, representa las terribles consecuencias humanas de un sistema que privilegia las ganancias sobre los derechos sociales. Y los gobiernos europeos imponen recortes sociales mientras destinan recursos crecientes al rearme y sostienen políticas militares impulsadas por Estados Unidos y la OTAN.
Todo ello se vincula con el poder hegemónico en declive de Estados Unidos, que subordina a sus aliados mediante la fuerza militar, una posición internacional cada vez más cuestionada, con el fin de robar recursos estratégicos, como pasó con el infame secuestro del presidente de Venezuela Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, y por el cual Donald Trump se pavonea sin el más mínimo pudor afirmando que “el vencedor se lleva el botín”, es decir, el petróleo de ese país. Asfixiando y cometiendo verdadero genocidio en Cuba, no sólo redoblando el bloqueo que lleva casi 70 años, sino impidiendo que lleguen apoyos para paliar el sufrimiento de la población, porque quiere “cambiar el régimen”. Y en América Latina, los líderes espurios y algunos cuestionados, como el presidente de Ecuador, que ha sido considerado delincuente exportador de drogas, se entregan al imperio, y permiten la militarización de la región, la entrada de miembros de las Agencias de Seguridad estadunidenses y prestos a comprar la justicia para encarcelar a los líderes opositores.
En este contexto, las movilizaciones europeas adquieren una significación que trasciende sus demandas inmediatas. En Francia cientos de miles de personas han salido a las calles contra el deterioro de las condiciones de vida, los bajos salarios y la insuficiencia de los servicios públicos. En Bélgica, Italia, España y Portugal se multiplican las protestas por las pensiones, la vivienda, la educación, el encarecimiento de la vida y las políticas de austeridad. Sus demandas expresan un creciente cuestionamiento de las prioridades establecidas por sus gobiernos.
En este contexto hay un aspec-to que merece especial atención. Ha sido la constante que los gobiernos y las fuerzas de ultraderecha han utilizado a los migrantes como chivos expiatorios para desviar la atención del sistema, elverdadero culpable de los conflictos que sufren las poblaciones. Mexicanos, árabes, musulmanes, africanos, y otras poblaciones migrantes, han sido presentados siempre como los responsables de las dificultades económicas, ocultando las verdaderas causas estructurales de esos problemas. En este sentido, las actuales movilizaciones muestran que el descontento alcanza sectores cada vez más amplios de las propias sociedades europeas, lo que podrían estar señalando que cuestionan el orden neoliberal y la hegemonía imperialista.
¿Podrían estos movimientos sociales representar el comienzo de una ruptura con los discursos nacionalistas y xenófobos que du-rante tanto tiempo han servido para dividir a los trabajadores ypreservar los privilegios del capi-tal? ¿Podría abrir la posibilidad, inédita, por cierto, de una convergencia entre las luchas sociales del Norte y del Sur Global, no por-que sus condiciones sean idénticas, sino porque enfrentan contradicciones de raíces comunes?
La trascendencia de estos movimientos cuyos cuestionamientos se presentan cada vez más con una renovada intensidad y que provienen del interior de los propios países centrales, contra un modelo económico que ha profundizado la desigualdad, las guerras y, de forma importante, la expulsión de poblaciones del Sur Global, sería la coyuntura posible para construir nuevas formas de solidaridad internacional y, si bien por ahora parece estar lejos de una transformación consumada, no hay duda de que sería la oportunidad histórica que no debería ser desestimada.