De esa infancia le quedó la costumbre de mirar, de observar. El camino de una hormiga, la belleza de las luciérnagas, los miedos de la noche, las historias y leyendas del campo. Allí descubrió que cada persona forma parte de la vida de los demás.
Fue una lectora insaciable. A los 10 años escribía poemas; después ya en Paraná, la capital de Entre Ríos, su pasión fue la historia, la poesía, la literatura, Juan L. Ortiz, Gabriela Mistral, Olga Orozco, Pablo Neruda y tantos otros. Comenzó a estudiar medicina y, durante la epidemia de poliomielitis de 1956, se ofreció como voluntaria en los hospitales: descubrió que los cuentos aliviaban el dolor de los niños, que las palabras abrazaban a sus padres. En los barrios obreros de Buenos Aires empezó a redactar comunicados para los sindicatos. Así, casi sin proponérselo, la escritura se volvió oficio y el periodismo, una manera de pertenencia.
Llegó a él por necesidad de libertad. Tenía algo de anarquista y desconfiaba de los periódicos que censuraban. Fue autodidacta: aprendió a investigar en bibliotecas y archivos, a partir de documentos y preguntas, mucho antes de que existiera Internet. Conocer, lo entendió pronto, no es acumular respuestas sino seguir una pregunta hasta donde sea necesario. México le dio su lugar, gracias a Carmen Lira y Carlos Payán, Oscar González, jefe de internacionales. Allí empezó su vida de corresponsal, en tiempos de las guerras de liberación centroamericanas.
En 1979 viajó a El Salvador para entrevistar a monseñor Óscar Romero, en un país entre la guerra y las amenazas. Bajo una lluvia torrencial llegó a la cita. Romero apareció caminando, con un niño en cada brazo y otro aferrado a la sotana. Venía de un pueblo donde habían matado a casi todos; había recogido a los pequeños que pudo salvar. Antes de oír sus palabras, Stella comprendió que a veces la verdad entra en una habitación de la mano de un niño.
Hay otras imágenes que no olvida. La represión contra quienes acudieron a despedir a Romero, asesinado durante una misa; entre el estruendo y el miedo, una montaña de zapatos abandonados en la calle, la huella de los que ya no volverían a casa. La invasión estadunidense a Panamá, en 1989, el asedio a los periodistas, la violencia contra una población indefensa, ente tantos otros acontecimientos en esa Centroamérica convulsionada. Vivir el triunfo sandinista en Nicaragua fue como la otra cara del dolor. Acompañó a los pueblos de cerca, como una más. A los 91 años sigue recordando, porque hay imágenes que no se vuelven pasado: quedan como obligación de contar, para que el silencio no termine de borrar a los muertos.
En 1984 volvió del exilio con sus hijas cuando terminó la más cruenta dictadura militar, pero pronto regresó a México. En Panamá vio cómo la fuerza militar se imponía también con el control de la información. Desde entonces siguió las estrategias que, según sus investigaciones, Estados Unidos ensayaba desde antes: ya no sólo golpes militares, sino fundaciones y mecanismos de influencia política. Los imperios, dice, aprenden a cambiar de rostro; el periodismo debe descubrir lo que el poder prefiere ocultar.

Reconstruyó la Operación Cóndor cuando faltaban documentos, nombres y pruebas. En 1992 aparecieron en Paraguay los archivos de la dictadura de Alfredo Stroessner gracias al trabajo de Martín Almada y otros investigadores, y en ellos encontró las huellas que conectaban a las dictaduras del continente. De esos papeles salieron sus primeras investigaciones para La Jornada y, en 1999, el libro Los años del lobo y Operación Cóndor : Pacto criminal. No se limitó a publicar: entregó copias de documentos a abogados y organismos de derechos humanos.
Insiste en una precisión: nunca hubo un “Plan Cóndor”, sino una operación coordinada de las dictaduras del Cono Sur para perseguir, secuestrar y asesinar, que cruzó fronteras, eliminando dirigentes y opositores, y trasladando a prisioneros, aún en el refugio. Para ella, los archivos no son papeles amarillentos sino voces que sobrevivieron al silencio, y mientras haya crímenes sin esclarecer, investigar sigue siendo una forma de justicia.
La historia, advierte, no terminó con el regreso de las democracias. A la violencia militar se suman la manipulación mediática, la guerra sicológica y el control de las instituciones. Es un proyecto de recolonización. Por eso el exterminio de los pueblos originarios, la esclavitud africana y el genocidio palestino no pueden quedar enterrados. La impunidad, sostiene, no durará para siempre, pero la esperanza exige preparación, imaginación y acción inmediata. Como enseñó Fidel Castro, anticiparse a la historia también es resistir.
De la misma mirada nace su literatura. “La realidad latinoamericana es mágica, como decía Omar Torrijos, pero también está atravesada por la tragedia”. En la selva de Misiones, en los caminos de Paraguay, entre comunidades olvidadas, encuentra personajes que parecen inventados y pertenecen a la zona más honda de la realidad. En su libro de cuentos El hombre que fue yacaré, las huellas de la explotación se vuelven una historia donde lo fantástico permite nombrar lo que la violencia quiere callar. Si en sus investigaciones los documentos dibujan el mapa del terror, en sus relatos la imaginación devuelve humanidad a los olvidados.
Esa imaginación la lleva a Cuba, la isla que lleva más de seis décadas resistiendo el bloqueo y el asedio de la mayor potencia del mundo. “Hay pueblos que sobreviven porque, cuando todo parece perdido, inventan una forma de seguir viviendo”. Allí ve la dignidad de quienes, cuando la noche parece interminable, encuentran en la solidaridad, la memoria y la esperanza una manera de seguir en pie. Cuba no se entiende sin la historia de América Latina, marcada por la colonización y por doctrinas nacidas en otras geografías que nuestros pueblos deben repensar desde sus raíces. Las potencias quieren dominar territorios, pero también colonizar la cultura y manipular la memoria. Frente a eso, los pueblos originarios (México es prueba viva) guardan una sabiduría que ni la conquista destruyó.
Quizá esa sea la lección de Cuba: resistir también es crear. Y mientras un pueblo conserve la capacidad de imaginar su destino, ningún imperio habrá conseguido vencerlo del todo.
Con más de seis décadas de camino, Stella Calloni recibirá el 7 de noviembre el doctorado Nobilis Causa 2026, otorgado por el Movimiento Cultural Sur (MCSur) en un acto internacional. El reconocimiento distingue a la poeta, escritora, corresponsal de guerra, a la investigadora de las dictaduras y a la mujer que hizo de la verdad, la paz y la justicia un compromiso de toda la vida. Pero ella sigue siendo quien aprendió a mirar en el monte: con la misma atención, la pregunta que no termina.