México. Los afrodescendientes en la Independencia

Felipe Ávila*
27/09/26
Muchas veces se ha dicho que la guerra de Independencia fue un movimiento encabezado por los criollos, quienes culminaron y capitalizaron ese proceso. Se ha afirmado que los sectores populares no tenían claro por qué luchaban y sólo seguían a sus líderes, o jefes, provenientes de las elites novohispanas. Sin embargo, es necesario subrayar que la Independencia de México fue una gran revolución popular que fue posible por la participación de decenas de miles de hombres y mujeres de los sectores populares más pobres y marginados; que se levantaron en armas para luchar no sólo por la Independencia de México, sino para construir una sociedad más justa e igualitaria, acabando con la esclavitud, con el tributo y con la división en castas por el origen social y el color de la piel. Por eso siguieron y lucharon con Hidalgo, Morelos, Guerrero y muchos otros líderes insurgentes, porque éstos supieron entender sus sentimientos y aspiraciones.
La gente pobre se identificó con ellos y formaron una comunidad que hizo posible el triunfo después de 11 años de guerra que destruyeron los cimientos del régimen colonial.

Quienes engrosaron las filas insurgentes fueron sobre todo indígenas y afrodescendientes, llamados negros o mulatos. La participación masiva de pueblos y comunidades enteras era un grito de libertad y rebeldía para poner fin a un sistema social opresivo que les fue impuesto por la fuerza, que destruyó buena parte de su cultura, que asesinó a muchos de sus guerreros y sacerdotes, que violó a sus mujeres, que prohibió sus prácticas religiosas, les quitó sus tierras y les impuso un nuevo orden político, así como nuevas leyes, instituciones, tributos, lengua y religión.

Quienes más padecían esos abusos y vejaciones fueron las comunidades indígenas y afrodescendientes, quienes lograron sobrevivir por la resistencia cotidiana constante, muchas veces soterrada y otras veces abierta, con rebeliones que buscaban mejorar sus condiciones de vida y defender su cultura, sus tradiciones, su organización comunitaria del trabajo, sus autoridades tradicionales, sus tierras, bosques y aguas.

La Independencia de México no hubiera sido posible si las comunidades indígenas y afrodescendientes del sur de la Nueva España no hubieran mantenido encendida la llama libertaria luego del fusilamiento de Morelos en diciembre de 1815. En los años más difíciles de la guerra insurgente, cuando sus principales líderes habían sido asesinados, la resistencia de los indígenas y afrodescendientes de Tierra Caliente, de la Montaña y de las costas Chica y Grande de lo que hoy es el estado de Guerrero, así como de las sierras de Puebla y Oaxaca, mantuvieron la lucha y no pudieron ser derrotados por los ejércitos realistas, cuyo número ascendía en esos años a 40 mil soldados.

En esa región del sur, las comunidades indígenas y afrodescendientes habían apoyado a Morelos en sus campañas militares y habían engrosado las filas de los hermanos Galeana y de Vicente Guerrero. Eran comunidades y pueblos con una gran identidad y cohesión colectiva. Los hombres jóvenes se unían a los ejércitos insurgentes, mientras sus padres, madres, abuelos, tíos y hermanos ayudaban y se comprometían con la causa insurgente de distintas maneras. Todo el pueblo estaba con ellos. Por eso, las tropas realistas no podían acabar con esa resistencia. Por ello, a menudo quemaron pueblos, ejecutaron a sus habitantes en masa, apresaron a las mujeres y deportaron a los hombres que no estaban en condiciones de combatir.

Vicente Guerrero fue el líder insurgente más importante de ese periodo. Se había destacado por su valentía y capacidad militar, de organización y el respaldo que tenía de las comunidades indígenas, negras y mulatas del sur novohispano. Por sus venas corría sangre africana. Había hecho suyo el ideario de Hidalgo y de Morelos. Era firme partidario de la Independencia, pero también de establecer la igualdad entre todos, sin distinción de etnia, riqueza o color de piel. La abolición de la esclavitud y de la división en castas, junto con la independencia absoluta de España, fueron sus principales banderas, y contó con el apoyo incondicional de las comunidades indígenas y afrodescendientes que vieron en él a uno de los suyos.

El ejército de Guerrero estaba compuesto en su mayoría por negros y mulatos que hicieron posible el triunfo de la causa insurgente. Entre ellos estuvo Juan del Carmen, mulato de Tlacoachistlahuaca, nacido en 1790, quien se incorporó con Guerrero en 1811; alcanzó el grado de coronel y participó en varias de las principales operaciones militares en la Montaña y la Costa Chica entre 1812 y 1817. Guerrero le tenía aprecio y lo hizo su lugarteniente.

Las tropas de Guerrero y Juan del Carmen tenían un amplio conocimiento del terreno: sierras escabrosas, cañadas profundas y la valentía de los guerrilleros los hacían imbatibles. Una táctica que les funcionó fue establecer fortificaciones en pueblos o villas elevados de la sierra. Madres, esposas, hijos y familiares de los combatientes se refugiaron ahí. Instalaron pequeñas fábricas de municiones y cañones; tenían herrerías, carpinterías; la población civil ayudaba en distintas tareas. Los ejércitos realistas, que los superaban en soldados y armamento, no podían derrotarlos. Así se mantuvo la resistencia entre 1815 y 1821.

Uno de los principales fuertes estuvo en el cerro de Xonacatlán, donde Juan del Carmen tenía 300 combatientes. En marzo de 1817, el virrey envió un fuerte contingente militar contra ese fortín. Tardaron un mes en derrotar a los rebeldes. Juan del Carmen murió el 3 de marzo. Fue una gran pérdida para la causa insurgente. Guerrero expresó que no había sido por falta de valor, sino por falta de alimentos y agua por lo que habían sido derrotados y erigió un memorial en la iglesia de San Pedro en Xonacatlán, en honor a Juan del Carmen, donde hoy día sigue siendo recordado.

* Director del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México