Los hechos en contexto. A propósito de los terremotos en Venezuela. Farruco Sesto

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11/07/26

La ciudad de Caracas, capital de Venezuela, se desarrolla longitudinalmente en un valle ubicado a 1000 metros de altura que discurre entre pequeños cerros y el imponente Ávila (hoy Waraira Repano en su nombre indígena recuperado), que forma parte de la Cordillera de la Costa y que separa a la ciudad del mar Caribe. Esta barrera es una formación montañosa abrupta, que, en su punto más alto, el Pico Naiguatá, alcanza los 2.765 metros.

Sorprendentemente, la distancia en línea recta, visto en el mapa, entre Caracas y el mar es de apenas 10 o 12 kilómetros. Cerca de unos treinta kilómetros yendo por la autopista serpenteante que salva la diferencia de altura.

La Cordillera es geológicamente joven y por lo tanto, en su largo proceso de formación y cambio, está aún sometida a los grandes embates de la Naturaleza. Los terrenos del valle de Caracas son fundamentalmente sedimentarios, con arcillas finas y arenas que en algunos lugares superan los 350 metros de profundidad. También sedimentarios son los del litoral, detrás de la montaña, fundamentalmente producto de los conos de deyección acumulados a lo largo de milenios.

Son pues lugares muy afectables ante las fuerzas naturales, particularmente por encontrarse Venezuela, además, en un punto geográfico donde chocan entre sí dos grandes placas tectónicas, la del Caribe y la de Suramérica, lo cuál produce decenas de fallas, de las cuáles las más importantes son las de Boconó, la de San Sebastián, submarina y paralela a la costa, y la de Él Pilar, en el oriente del país.

Dicho esto, hay que destacar que, a lo largo de ya cinco siglos, el pueblo de Venezuela ubicó a su capital y principal ciudad justamente en este lugar. En concordancia con esto, millones de personas decidieron voluntariamente, sobre todo a lo largo del siglo XX, con el masivo éxodo campo-ciudad, colocar su lugar de vida en ese territorio tan frágil, al mismo tiempo que excepcionalmente hermoso, Ese es un hecho histórico irrevocable. Cualquier análisis previo o posterior a los hechos recientes, debe tener ese punto de partida.

Repasemos ahora algunos de los fenómenos naturales más recientes y recordemos luego otro que destruyó totalmente a Caracas en el siglo XIX.

El primero al que quiero referirme es el terremoto de 1967. Fue de 6,6 en la escala de Richter. Se contaron 283 personas fallecidas, varios edificios destruidos en Caracas y en el litoral, dos mil heridos y miles de damnificados. Fue a causa de esa experiencia terrible que se ajustaron las normas de construcción para hacerlas muy exigentes sísmicamente, y que en términos generales son las que rigen hasta hoy. Pero no hubo ningún área que la autoridad, ni técnicamente ni socialmente, considerara no edificable. De tal manera que sobre las edificaciones caídas se construyeron otras nuevas.

Ahora situémonos en el día 15 de diciembre de 1999, siendo ya presidente de la República Hugo Chávez. Ese día el pueblo venezolano aprobó en referéndum su nueva Constitución. Pero también ese mismo día trascendió la noticia de que, desde la noche anterior, se había producido en el litoral frente a Caracas, entonces Estado Vargas, y hoy Estado La Guaira, una terrible cadena de corrimientos de la montaña que arrasaron la zona. Así, cientos de miles de toneladas de agua, rocas y barro, sepultaron barrios enteros y urbanizaciones, y se llevaron por delante casas y edificios, provocando un número incalculable de muertos y desaparecidos, cuya cifra exacta se desconoce, pero que pudiera superar los diez mil. Eso es conocido como la Tragedia de Vargas, en la que cerca de 100.000 personas quedaron sin vivienda y completamente damnificadas.

El Gobierno de entonces presidido por Chávez, por una parte intentó trasladar a miles de las familias hacia lugares seguros en el interior del país, en la zona de los llanos, en el Estado Bolívar y en otros lugares, para situarlos en nuevas urbanizaciones populares construidas ex profeso. Por otra parte nombró una Autoridad Única de Vargas, encargada, entre otras tareas, de elaborar un plan, en el cuál tuvieron especial protagonismo las principales universidades, como la UCV y a USB con sus institutos de Urbanismo. Lo que hay que resaltar aquí es que poco a poco las familias que fueron llevadas a otros lugares comenzaron a regresar a su lugar de origen, es decir, a un hábitat que consideraban su hogar. Así el Estado Vargas se fue recuperando, nuevos urbanismos surgieron, ningún lugar fue declarado no edificable y la vida continuó su curso, como debe ser.

Unos años más tarde, en noviembre y diciembre de 2010, tras un período de intensas lluvias, nuevos y graves desprendimientos en los cerros que rodean la Capital, e inundaciones en otras partes de Venezuela, trajeron de nuevo el infortunio. Aunque esta vez apenas hubo víctimas mortales, pues ya el pueblo estaba muchísimo más organizado para enfrentar la catástrofe, alrededor de 35.000 familias perdieron su vivienda en Venezuela. De ellas, 32.500 concentradas en el área metropolitana de Caracas.

La decisión unánime del gobierno y, en general, de la sociedad, con escasas voces en contra muy reaccionarias, fue la de enfrentar el drama de esas miles de familias, refugiadas provisionalmente en instalaciones deportivas, museos, parques, ministerios y hasta en el Palacio Blanco, que forma parte del complejo presidencial, con un Plan de Viviendas para la Emergencia. Su objetivo era construirle a cada una de esas familias una nueva vivienda digna en su propio ámbito de vida. Y así se hizo, y se cumplieron las metas, con un gran esfuerzo compartido, organizando a las instituciones públicas en conjunción con el sector privado y con el propio pueblo, en un gran acto de solidaridad, amor y, sobre todo responsabilidad, con muy pocos precedentes. Eso coincidió con el inicio de la Gran Misión Vivienda Venezuela, que se propuso construir 3.000.000 de viviendas en cinco años.

Es importante destacar que, aunque, en algunos casos, los proyectos propiamente arquitectónicos fueron elaborados por los profesionales de esas instituciones, en todo lo demás del proceso analítico y constructivo, la ejecución, debidamente controlada, quedó en manos del sector privado nacional e internacional. Los estudios de suelo, diseños y cálculos de fundaciones y estructura, adecuación de los terrenos, construcción de pilotes, construcción y equipamiento de las edificaciones, fueron realizados por empresas privadas especializadas.

Son centenares de edificios y miles de viviendas que se levantaron siempre en lugares edificables, cumpliendo escrupulosamente las normas existentes, y con buenos materiales nacionales, sobre todo cemento y acero, y también importados. Esa es la verdad.

El doblete de terremotos de gran magnitud, el segundo dos veces más fuerte que el primero (la escala asciende no linealmente sino exponencialmente) y el primero unas diez veces más fuerte que el de 1967, se llevó por delante una pequeña parte de este gran sueño, ya que la inmensa mayoría de las viviendas siguen en pie dando fe y testimonio de lo conseguido.

El doble seísmo destruyó, sobre todo, las edificaciones privadas, incluyendo de lujo, pero también a alguna de las que se hicieron para el pueblo con el afán de honrar su derecho a la ciudad. Así, ricos y pobres, se hermanaron en la desgracia. Es la naturaleza.

Cuando doscientos años antes, en 1812, en pleno proceso de independencia, toda Caracas quedó destruida por un terremoto de gran magnitud, las fuerzas más reaccionarias de la época proclamaron que era un castigo divino por haberse rebelado contra la Corona.

Transcurridos más de dos siglos, a juzgar por las actitudes de algunos, la historia parece repetirse. Hoy una gran campaña de odio inunda los medios y las redes, proveniente de la ultraderecha nacional e internacional. Cuando el ultraconservador diario madrileño con nombre de cartilla elemental de lectura, titula: “Las Viviendas sociales de Hugo Chávez se derrumban como castillos de arena”, volvemos a lo de siempre. Al odio visceral. Odio clasista y desprecio al pueblo. Así, en el momento en que las viviendas del plan se situaron en zonas supuestamente reservadas a clases con poder adquisitivo, para compartir con ellas la felicidad de tener un hogar, los medios de la ultraderecha se enfadaron porque a los pobres había que situarlos a las afueras de las afueras. Ahora que la naturaleza hizo de las suyas, se enfadan porque ni siquiera ricos y pobres pueden compartir el mismo mapa de la desgracia. Medios como el citado representan el colmo de la perversidad, con un periodismo más deleznable que los castillos de arena a los que aluden.

(Escrito originalmente en gallego para NOVAS DA GALIZA)