

Conocemos tu trayectoria, tu Premio Nadal de 2021 y tu literatura construida sobre la herida de crecer entre dos mundos que el imaginario occidental se obstina en presentar como irreconciliables. Sabemos lo que cuesta nombrar la violencia que viviste. Reconocemos el dolor y el valor que requiere haber sobrevivido a un patriarcado que instrumentaliza la religión como herramienta de control, y salir de ahí con la voz intacta y la determinación de nombrarlo. Ese dolor es real. Ese testimonio merece respeto.
Y precisamente porque te respetamos, tenemos la responsabilidad de decirte que el salto que realizas una y otra vez —de tu biografía a una supuesta verdad universal sobre todas las mujeres y niñas musulmanas— no constituye un análisis feminista. Cuando conviertes tu vivencia personal en la explicación definitiva de lo que sienten, piensan o eligen las demás, dejas de hablar desde tu experiencia para empezar a hablar en lugar de ellas. Les niegas de antemano la validez de su propio testimonio, su agencia y su capacidad para nombrar sus propias realidades. Esa es la misma lógica paternalista que los feminismos llevamos décadas combatiendo, solo que con otro uniforme.
Los estudios decoloniales han analizado en detalle la figura del nativo informante: aquella persona racializada cuyo dolor auténtico y cuya experiencia real de opresión son cooptados por el discurso dominante para legitimar políticas que terminan dañando a su propia comunidad. No cuestionamos tus intenciones individuales; señalamos el efecto directo que tus artículos generan en el contexto en el que se publican. Un contexto donde la extrema derecha y la derecha conservadora debaten en el Congreso la prohibición del velo en las aulas; donde la islamofobia estructural provoca que la mitad de la población musulmana en España haya sufrido discriminación; y donde seis de cada diez mujeres musulmanas son excluidas de procesos de selección por no retirarse el hiyab. Cada vez que tu voz emerge en este escenario, funciona como munición. No para liberar a ninguna mujer ni a ninguna niña, sino para tokenizarlas y desplazarlas del espacio público bajo argumentos que se disfrazan de feminismo.

Porque tú también eres mora, Najat. Siempre lo serás. Puedes publicar en La Vanguardia o en El País, ganar el Premio Nadal, escribir en un catalán o castellano impecables y marcar todas las distancias que desees con el Islam. El racismo no lee tu columna antes de mirarte; no analiza tu posición política antes de aplicar sobre ti la jerarquía racial. Lee tu apellido, lee tu cuerpo y lee un origen que nadie te puede quitar y que nadie debería querer quitarte. El éxito de tu argumento en el marco hegemónico depende de que el lector blanco te perciba como una excepción: la que si entendió, la que si se adaptó, la que si logró escapar. Pero ese pacto, consciente o no, tiene un coste devastador que pagan otras mujeres y niñas.
Las bombas siguen cayendo sobre Teherán. El movimiento «Mujer, Vida, Libertad», que estalló en Irán en 2022 tras el feminicidio de Mahsa Amini, fue una de las revoluciones feministas más valientes de nuestra historia reciente. Mujeres iraníes arriesgaron sus vidas, quemaron sus velos y desafiaron a un régimen teocrático a costa de una represión feroz. Nadie que se reclame feminista puede mirar esa resistencia sin reconocer su dignidad absoluta. Sin embargo, la ultraderecha internacional instrumentalizó ese dolor como material de propaganda para justificar lo que siempre pretendió: intervenir países, controlar recursos y consolidar su hegemonía. Una escuela de niñas en Minab, con más de cien víctimas mortales, fue presentada impunemente como parte de esa supuesta «liberación».
Este es el mecanismo que te señalamos, Najat, y que hoy confirmamos que no es una excepción, sino una constante. El discurso que sostiene que el velo es opresión absoluta, que las mujeres que lo llevan carecen de autonomía y que el Islam es inherentemente incompatible con la libertad no se queda en el papel de una columna de opinión. Se materializa en una niña expulsada de la escuela, en la prohibición de la abaya en los institutos franceses —presentada como defensa de la laicidad pero aplicada exclusivamente sobre cuerpos racializados— y en parlamentos europeos debatiendo la ciudadanía de las personas en función de su vestimenta. En el extremo de esa misma cadena, alguien en Washington o Tel Aviv utiliza esos mismos argumentos para justificar bombardeos en nombre de la «dignidad de las mujeres».
El feminismo antirracista que articulamos desde Afroféminas entiende que criticar el patriarcado religioso sin cuestionar el patriarcado blanco y occidental es hacer el trabajo a medias. Sabe que cuando el patriarcado lleva apellido árabe se le tilda de opresión, pero cuando viste traje o sotana se le disfraza de tradición. Sabemos que lo que realmente molesta no es la prenda, sino la presencia de la mujer racializada ocupando un espacio que el racismo considera reservado para el sujeto blanco.
Te pedimos, Najat, que uses tu altavoz con plena conciencia del impacto que genera. Que el dolor que viviste no sea transformado en la herramienta con la que se legitima la exclusión de otras mujeres y niñas. Recuerda que el racismo no establece diferencias entre tú y ellas: cuando el sistema necesite tu relato, lo usará; y cuando deje de necesitarlo, volverás a ser simplemente una mora.
Desde Afroféminas, con respeto y sin neutralidad.
