

¿El racismo en Cuba es un asunto del pasado? Las reacciones recientes en redes sociales y lo que presenciamos cada noche en la pantalla nacional demuestran que no. Es una problemática viva, cotidiana y profundamente asentada en las dinámicas sociales de nuestro país.
La telenovela Entre Aguas ha funcionado como un espejo incómodo de nuestra realidad, y lo hace a través de dos dimensiones paralelas, la ficción dramática y la reacción de la audiencia.
Por un lado, la agresión en redes hacia la actriz que interpreta a Camila traspasó cualquier límite del debate artístico. Las críticas no se limitaron a la actitud de su personaje; se volcaron contra sus trenzas, su piel oscura y se hicieron comparaciones en tono despectivo. Cuando el rechazo a un personaje se canaliza a través del estigma racial, lo que aflora no es la pasión por la trama, sino el prejuicio latente en la sociedad.

Por otro lado, la historia de Víctor y Zulien expone con precisión cómo el racismo se entrelaza con la jerarquía de clase. Él, bailarín, negro, de un barrio humilde con carencias y de padre albañil. Ella, de una familia acomodada en el Vedado con negocios familiares prósperos. El rechazo abierto del padre de Zulien hacia Víctor culmina en una maniobra de manipulación para expulsarlo del entorno familiar. Al verlo marchar, el personaje sonríe satisfecho y suelta ante su excuñado la frase «Ellos, si no la hacen a la entrada, la hacen a la salida», atribuyéndole la máxima a su difunto padre.
Esa sola escena sintetiza cómo opera la transmisión intergeneracional del racismo, pues un dogma heredado sirve para justificar la sospecha, la exclusión y la presunción de superioridad moral sobre el otro.
Las microagresiones, el racismo que camina en la calle
El racismo cotidiano rara vez se presenta como una agresión abierta, con frecuencia se disfraza de humor, refrán o consejo popular. Los deseos de blanqueamiento se expresan en frases como «adelantar la raza», «limpiar el vientre», o al calificar la unión interracial como «quemar petróleo» o «comer coco». La sospecha sistémica aparece en dichos como «tenía que ser negro», «eso es una negrá», «si no la hacen a la entrada la hacen a la salida». Y los elogios condescendientes se disfrazan de cumplido en expresiones como «facciones finas», la exigencia implícita de «arreglarse el pelo» con keratina, o el engañoso «tú eres un negro fino».
Todas estas expresiones, normalizadas en el lenguaje cotidiano, imponen la misma premisa, el valor social de una persona se incrementa en la medida en que se aproxima a los estándares estéticos y culturales de la blancura.
La dimensión estructural
No se trata solo de un problema de modales o hábitos lingüísticos, es una brecha socioeconómica objetiva. La discriminación en Cuba continúa delimitando espacios y oportunidades. La estigmatización y la sospecha se manifiestan en el sesgo implícito que vincula la piel oscura con el delito, condicionando el control social y reflejándose en las tasas de población penal. La estratificación económica se hace visible en la disparidad en el acceso a los sectores de mayores ingresos, como el sector privado próspero, el turismo o las remesas, mientras que los empleos de menor calificación y de servicios recaen de forma desproporcionada en la población negra y mulata. Y persisten barreras invisibles, la noción no escrita de que existen ciertos barrios, profesiones o entornos familiares donde la presencia de una persona negra genera resistencia.
Negar la existencia del racismo en Cuba bajo el argumento de una «igualdad abstracta» solo protege los prejuicios y desarma a quienes los sufren. Reconocer que la discriminación está presente —en las frases que repetimos por inercia, en los comentarios de una red social y en las estructuras que habitamos— es el único camino para romper la herencia del prejuicio.
Reconozco y agradezco públicamente el excelente trabajo de la producción, dirección y, muy especialmente, del equipo de guionistas de Entre Aguas. Al poner sobre la mesa dinámicas sociales tan reales, complejas e ignoradas, han convertido a la telenovela en un insumo imprescindible para el análisis público. Es un ejercicio de responsabilidad creadora que nos enfrenta a nuestros propios sesgos como sociedad.
La ficción televisiva no crea los prejuicios, pero tiene la capacidad de reflejarlos o cuestionarlos. Reconocer la persistencia de estas dinámicas discriminatorias en la narrativa cotidiana es el primer paso para desarticular un fenómeno que, lejos de ser un asunto superado, exige una mirada crítica, consciente y comprometida con la equidad social.

Aynes Victoria Mestre León
Licenciada en Comunicación Social
Cuba
