La participación alemana en la gran matanza de los comunistas indonesios de 1965

mpr21                                                                                                                                Redacción ´                                                                                                                          16/10/26

El 30 de septiembre los cineastas Huseyin Dogru y Emrah Cilasun estrenaron un documental sobre la complicidad de Alemania en la matanza de comunistas en Indonesia, de la que se cumplen 61 años.

El documental, titulado “Indonesia 1965: cómo Alemania financió un genocidio”, dura 45 minutos y se basa en la consulta de más de mil páginas de documentos, la mayor parte de ellos conservados en los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores. Los textos demuestran que la República Federal de Alemania y su Servicio Federal de Inteligencia (BND) apoyaron al general Suharto en sus planes de tomar el poder político para erradicar por completo los “males del comunismo” en el país asiático.

A mediados de la década de los sesenta, el Partido Comunista de Indonesia (PKI) contaba con más de tres millones de miembros. Era el tercer partido comunista más numeroso del mundo después de la República Popular China y la Unión Soviética. Los comunistas contaban con una base de 20 millones de militantes organizados en sindicatos, así como en asociaciones juveniles, mujeres y campesinos, además de intelectuales, escritores y trabajadores de la cultura.

Como sucesor de las antiguas potencias coloniales europeas, Estados Unidos había asumido la “protección contra el comunismo” en el sudeste asiático. En aquel momento en Washington hablaban de la “teoría del dominó”: la Guerra de Vietnam podía extenderse por los países asiáticos, especialmente en Indonesia, donde el presidente Sukarno se había convertido en una figura importante del movimiento de países no alineados.

Los gobiernos de Canberra, Washington, Londres y Bonn se propusieron acabar con aquella situación.

Tres años de ‘guerra santa’ contra el comunismo

La guerra comenzó en 1965 con un Golpe de Estado y una purga implacable. En la noche del 30 de septiembre un grupo de oficiales dirigido por el coronel Untung de la Guardia Presidencial, secuestró y asesinó a seis generales del ejército. El general Suharto, comandante de la reserva estratégica del ejército, culpó al Partido Comunista y desató la campaña de exterminio.

Fue una ola de terror implacable en la que, además de los comunistas, miles de personas desarmadas fueron secuestradas y asesinadas. En el documental, además de los supervivientes que informan sobre el destino mortal de familiares, conocidos y amigos, aparecen personas que describen los medios brutales utilizados para asesinar. Burhan Kampak, un ejecutor de los primeros años y hoy un hombre sonriente, casi desdentado, de pelo blanco, se encogió de hombros en la cuestión de si muestra remordimiento, como si no entendiera la pregunta. “No, no”, respondió, y con una sonrisa feliz, “estábamos librando una guerra santa contra el comunismo. Nos tomó tres años completar la limpieza”. Luego mostró con orgullo una foto de Suharto, como si fuera una postal sagrada.

Matar para ‘limpiar’

El BND y los archivos del gobierno alemán muestran que los diplomáticos y espías documentaron puntualmente el alcance de la masacre. En noviembre de 1965 un informe interno del BND habla una “verdadera masacre de comunistas”. En febrero del siguiente los archivos cifran el número de muertos en casi 800.000 personas. En sus comunicaciones describen las matanzas como una “limpieza totalmente de nuestro interés”.

El 4 de octubre la embajada en Yakarta envió un télex en el que asumía la coartada de los golpistas: el “intento de derrocamiento de la izquierda” había fracasado.

El 19 de octubre, casi tres semanas después del Golpe de Estado, el embajador Luitpold Werz informó que las manifestaciones contra los comunistas estaban convocadas por el ejército. Las consignas contra la minoría china del país también procedían de los militares, que alentaron la provocación de incidentes. Lo que -de puertas afuera- parecía un movimiento espontáneo de ira era, en realidad, una campaña orquestada. La embajada alemana lo sabía, pero el gobierno alemán no cambió su política de apoyo a la masacre. En la página siguiente del mismo telegrama, Werz hablaba de un “rodillo militar” para “limpiar” las provincias.

El 26 de octubre, el Ministerio de Asuntos Exteriores recomendaba al gobierno de Bonn autorizar la exportación de pistolas al ejército indonesio. “Estamos siguiendo la evolución allí con el mayor interés y estamos complacidos por los progresos realizados en la consolidación del régimen militar. Somos completamente claros sobre las grandes oportunidades para el mundo occidental en su conjunto y para Alemania en particular en esta evolución y a qué grandes peligros estaríamos expuestos si el experimento fracasara”, decía el Ministerio a su embajador en Yakarta.

El 15 de noviembre, la embajada en Yakarta envió a sus jefes las biografías de los nuevos personajes que se habían colocado al frente del ejército indonesio. Sobre el general Sumitro decía: “Se ganó sus galones de general en enero en la provincia de Kalimantan Oriental, que en pocos meses limpió de comunistas silenciosamente”. El carnicero se había formado en las academias del ejército alemán. “Es una de las esperanzas políticas del ejército”, decía el comunicado.

El apoyo alemán a los criminales

A finales de noviembre, los asesinatos masivos estaban en pleno apogeo. Karl Carstens, secretario de Estado en el Ministerio de Asuntos Exteriores y más tarde presidente de la República, recibió al ministro de Estado indonesio, el general Ahmad Sukendro, que pidió al gobierno alemán más dinero para “asegurar la continuación del desarrollo anticomunista”.

Sukendro aclaró que “el peligro no es sólo el PKI, sino el comunismo como tal”. Carstens respondió que el gobierno de Bonn “haría lo que estuviera a su alcance” para apoyar a Indonesia. Alemania no escatimaría en gastos para apoyar las matanzas del ejército indonesio.

En noviembre de 1965 los golpistas se acercaron al gobierno alemán con una solicitud concreta de ayuda financiera. Entre otras cosas, pidieron 1,2 millones de marcos. Oficialmente, de puertas afuera, los archivos alemanes señalan el principio de “no injerencia en los asuntos internos”, pero en el fondo, según la investigación, se canalizaban fondos para “acciones especiales contra dirigentes del PKI” para estabilizar el nuevo régimen.

Aunque Bonn sabía de las masacres, en los años siguientes, además de rifles, municiones y vehículos militares, también se entregaron submarinos y buques de guerra al régimen de Suharto, que luego se utilizaron en otras guerras truculentas, como la de Timor Oriental y Papua Occidental.

En su conjunto, para el periodo de 1960 a 1968 los archivos alemanes muestran las siguientes entregas de armas al ejército indonesio: al menos 40.250 rifles, más 9.750 cerrojos, 5.000 barriles y 42.000 piezas de repuesto; 20.000.000 cartuchos de 7,62 milímetros y 255.800 kilogramos de nitroglicerina.

Mientras lo militantes del PKI eran asesinados, el BND proporcionó apoyo, consultores, equipo y dinero según una información posterior del director del espionaje. Cuando terminaron las matanzas, en 1969 se agregaron la reestructuración de la deuda, los nuevos préstamos y la asistencia de capital, hasta 100 millones de marcos.

Los embajadores alemanes procedían del III Reich

De 1952 a 1970, seis de los primeros siete embajadores de Alemania occidental en Yakarta habían sido miembros del partido nazi o trabajaban en la maquinaria de propaganda del III Reich. La huella ideológica facilitó el anticomunismo visceral de la política exterior alemana en aquel momento, que acogió con beneplácito el derrocamiento del presidente Sukarno y las matanzas de militantes comunistas.

Luitpold Werz fue embajador de la República Federal de Alemania en Yakarta de 1964 a 1966, cuando se cometieron los asesinatos en masa. En una nota fechada en febrero de 1966 Werz comparó el número de comunistas asesinados en Indonesia con el del bombardeo atómico en Hiroshima y expresó su sorpresa por la poca atención internacional que recibieron.

Después de su estancia en Yakarta, dirigió el departamento este-oeste del Ministerio de Asuntos Exteriores y fue embajador en Argentina de 1969 a 1972.

El debate posterior sobre la responsabilidad alemana en las matanzas es preocupante. En las respuestas parlamentarias, por ejemplo, a las de Die Linke, el gobierno hizo hincapié en que los archivos del BND son secretos y que, en cualquier caso, no proporcionarían pruebas directas de una cooperación operativa específica en apoyo de las masacres de 1065.

En julio de 2016 el Tribunal Popular Internacional de 1965, un tribunal simbólico de jueces y abogados, encontró en La Haya que los crímenes del ejército indonesio fueron un genocidio y la destrucción de un grupo nacional. Señaló a Estados Unidos, Gran Bretaña y Australia como cómplices. Cuatro años antes, la Comisión Nacional de Derechos Humanos de Indonesia habló de crímenes de lesa humanidad y hablaba de una política de exterminio de los militantes y simpatizantes del PKI.

En 2023, cuando al gobierno alemán le preguntaron si las matanzas de Indonesia en 1965 constituían un genocidio, no quiso responder. Si el tribunal de La Haya hubiera recibido las últimas revelaciones sobre la participación de Bonn en los sangrientos acontecimientos en Indonesia, la República Federal también habría sido declarada cómplice.

Tres millones de comunistas asesinados

La principal fuerza impulsora del terrorismo de Estado fue el anticomunismo visceral, que en Occidente recibió un apoyo sin límites en la Guerra Fría. Donde Estados Unidos ganó “la guerra contra el comunismo” no fue en Vietnam sino en Indonesia. En lo que a Bonn respecta, en la posguerra no se produjo una desnazificación en la República Federal de Alemania, sino más bien lo contrario: después de cinco años de preparación, en el verano de 1956 se prohibió el Partido Comunista de Alemania (KPD).

En Indonesia las matanzas son un tabú. Los supervivientes y las víctimas del pasado no solo tienen que esconderse en público. Siguen condenados al ostracismo, mientras que los monumentos se erigen para los arquitectos del terrorismo de Estado y son honrados póstumamente. Así sucedió el 10 de noviembre del año pasado, cuando el octavo presidente de Indonesia, Prabowo Subianto, nombró como “héroe nacional” a Sarwo Edhie Wibowo, un general, yerno de Suharto, que en 1965 cometió numerosas matanzas.

Wibowo fue uno de los seguidores más leales de Suharto y dirigió la fuerza de comandos paracaidistas del ejército. Poco antes de su muerte reconoció ante el Parlamento que “dos o tres millones” de personas habían sido ejecutadas en las masacres de los años sesenta. Se refería a la destrucción sistemática de los miembros y simpatizantes del PKI, así como de los chinos.

La estimación de tres millones de comunistas asesinados procede directamente de la boca de uno de los principales perpetradores de las matanzas.