Indignos, infieles y deshonrosos: usuarios de grupos de violadores de Telegram

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Lina Betancourt                                                                                                        22/07/26

En los grupos de Telegram se revela, además de la misoginia evidente, una identidad masculinizada hecha trizas, un deseo insatisfecho de identidad, pertenencia y trascendencia y una violencia inacabable.

Ilustración: Elena Kutuzova / iStock.

La aplicación de mensajería instantánea Telegram aloja centenares de grupos, de pago en su mayoría, en los que hombres comparten fotos y videos de violaciones y vejaciones en contra de sus propias mujeres y niñas, muchas de ellas previamente anestesiadas o drogadas por ellos mismos. El paralelismo con los crímenes perpetrados en contra de Gisèle Pelicot dista de ser una coincidencia.

Gracias a las posibilidades que brinda la virtualidad, lo que sabemos hasta el cansancio (y lo que saben muchas hasta la muerte) tiene una nueva forma de manifestarse: algunos hombres no solo odian a las mujeres, sino que no quieren tener relaciones íntimas con ellas. Quieren intimar y ser vistos y reconocidos por otros hombres, pero les es imposible generar un vínculo entre ellos que no necesite como bisagra violencia contra mujeres anestesiadas. Así pues, las mujeres son vicarias de la deseada intimidad con otros hombres.

No se erotiza solamente a la mujer violentada, sino la capacidad del hombre de hacer daño

No se erotiza solamente a la mujer violentada, sino la capacidad del hombre de hacer daño. Para demostrar tal capacidad, se pide una prueba, que viene siendo la foto o el video. En la  pornografía mainstream ese rol lo desempeña el semen mostrado, el semen que se ve. Pero ambas pruebas son contornos vacíos, representan la huella de lo que debería haber: la consumación del deseo, la intimidad satisfecha, la conexión humana tanto uno-a-uno como uno con una comunidad.

Y es curioso que esta dinámica tenga paralelismos con la urgencia de medirse el pene como excusa para ver el pene del otro. Esa urgencia, sin embargo, no se trata solo de ver al otro, ni del deseo hacia aquel otro maravilloso, inasible y abismal. Es una urgencia castrante, que erosiona el ser, haciéndole creer que no es sino lo que falta y que lo que anhela está afuera, en alguien que parece un igual. Lo opuesto y revitalizador es narrado por Camila Sosa en alguno de sus textos a la luz de una charla entre dos travestis. La mayor le dice a la más joven que no sufra por hombre ninguno. Que, si se tiene que entretener, se entretenga con su propio pene, que para eso tiene uno.

Estos hombres pagan por pornografía, pagan para tener sexo y para entrar a grupos privados de Telegram

Estos hombres pagan por pornografía, pagan para tener sexo y para entrar a grupos privados de Telegram, como si un acto sexual de entrega recíproca fuera una imposibilidad natural. Diana Torres cuenta en Pornoterrorismo que un niño recibe “ostias” de su madre como castigo por estarse tocando frente a una niña en la playa. Se les hace creer a los hombres que en su deseo hay algo incorrecto, indebido, y que lo natural es que se sientan culpables y sucios. Tal degradación no es solo simbólica. “Seguramente ahora estará violando mujeres o machacándosela con la foto del Papa”, escribe Torres respecto del niño que con cautela se masturbaba y que fue violentamente reprendido por su madre.

Pero estos grupos de Telegram no son comunidades y, aunque pareciera que sí, no pueden suplir la necesidad de pertenencia. No lo constituyen miembros, sino usuarios, cuyo input (los videos, las fotos, los comentarios, el diálogo aparente, los consejos) se vuelve contenido y se extractiviza. Son grupos sin herederos. Se cierra uno, se abre otro. Se salta de uno al otro. No suelen trascender la esfera en la que se crean, ni pueden consolidarse como un lugar habitable y de hermandad (o me pregunto si además de comentar sobre violaciones se dan trabajo, se acompañan al médico o a algún funeral, se aconsejan sobre temas familiares o sobre disfunción eréctil, se prestan los coches, viajan a la montaña, festejan cumpleaños, van al cine, etcétera).

Para poder hacer parte del grupo se pide la traición contra una persona que confíe en ellos

Para suscribirse se piden dos tipos de pago. El primero es el más evidente: el pago en metálico. Pero además de este, se pide un pagamento. Para poder hacer parte del grupo se pide la traición contra una persona que confíe en ellos con fe ciega; se requiere que el usuario se vuelva indigno, infiel y deshonroso.

Quizás una de las razones por las cuales se haya gestado una Academia global para aprender a violar sea, precisamente, que ese conocimiento del grupo no se puede estandarizar ni heredar. Así pues, surge la necesidad apremiante de institucionalizarse, de hacerse válidos y de transferir ese conocimiento generado. Pero es suelo infértil, porque no puede salir de sí mismo. De hecho, su forma de reproducción no es más que ejercer una violencia peor. Los espacios fértiles son punto de partida, no círculos viciosos que se agrandan.

Ese suelo infértil de Telegram escupe hombres sin tierra e indignos, incapaces de trascender y, contrarios al guerrero que muere por sus principios y cuya sangre se sacraliza en batalla, sin heroísmo. Hombres que, además, necesitan de la vida real y de las mujeres de verdad para poder sustentar su anhelado destierro digita