05/10/26

Yemen se precipita nuevamente hacia una guerra a gran escala después de que ayer su gobierno, respaldado por Arabia Saudí, lanzara una importante ofensiva para recuperar territorio controlado por Ansarollah.
El presidente Rashad Al Alimi declaró que el ejército busca recuperar el territorio controlado por los huthíes, donde reside cerca del 70 por cien de la población de Yemen, incluida la capital, Saná. La ofensiva continuará “hasta que el país sea liberado de las garras de la milicia terrorista”, dijo Al Alimi.
Dirigentes huthíes informaron que las tropas saudíes han llevado a cabo 50 ataques aéreos y con misiles en las últimas 12 horas. Mientras Al-Alimi anunciaba la nueva ofensiva, los huthíes respondieron lanzando misiles balísticos y drones contra instalaciones petroleras de Saudi Aramco; una de ellas, situada cerca de Riad, quedó envuelta en llamas.
El mes pasado los huthíes capturaron zonas estratégicas clave a lo largo de las costas del Mar Rojo, lo que les otorga una influencia sin precedentes sobre una de las rutas marítimas más transitadas del mundo y agrava el estrangulamiento económico de Arabia Saudí.
A principios de este mes, trascendió que Trump había rechazado la petición del príncipe heredero saudí, Mohammed Bin Salman, de que Estados Unidos lanzara ataques aéreos contra los huthíes. Sin embargo, el viernes dirigentes estadounidenses declararon que el ejército está proporcionando a Arabia Saudí “todo excepto combate directo, principalmente inteligencia y datos para la identificación de objetivos”.
Mientras los saudíes llevan a cabo una nueva campaña de ataques aéreos, el gobierno de Yemen podría movilizar hasta 100.000 efectivos. Se trata de uno de los mayores despliegues militares desde la tregua de 2022 que puso fin a la brutal guerra civil de ocho años que azotó al país.
Según estimaciones del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, aquella guerra —en la que Estados Unidos también brindó un amplio apoyo militar a una despiadada campaña aérea saudí— provocó unas 377.000 muertes adicionales para finales de 2021: 154.000 a causa de los combates y 223.000 debido a efectos indirectos como el hambre, las enfermedades y el colapso de la atención sanitaria y de la infraestructura básica. Se estima que 259.000 de esas muertes correspondieron a niños menores de 5 años.
Antes de la escalada de ayer, el recrudecimiento de los combates ya estaba agravando una grave crisis de desplazamientos y hambre. Más de 149.000 personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares, según la Organización Internacional para las Migraciones. Por su parte, el Programa Mundial de Alimentos señala que los combates han interrumpido las rutas de distribución de alimentos, dejando 18,3 millones de yemeníes sumidos en el hambre.
La Guerra de Yemen es una guerra regional
En el último mes aviones de carga pakistaníes han aterrizado en Adén cargados de sistemas de defensa antiaérea. Las tropas francesas se han desplegado en Yanbu para proteger las infraestructuras petroleras saudíes. Drones Akinci de fabricación turca se estrellaron sobre Al Jawf y soldados sudaneses ocupan sus posiciones.
Se trata de la coalición dirigida por Arabia Saudí, una operación multinacional, multiplataforma y multimillonaria que quiere lograr lo que ocho años de guerra no consiguieron: acabar con el control de los huthíes sobre la costa yemení y expulsarlos de Taiz.
Pakistán es el último protagonista en sumarse a la guerra. En virtud del Acuerdo de La Meca, firmado en agosto, Islamabad ha desplegado entre 30.000 y 40.000 soldados en Arabia Saudí; no para combatir en Yemen, sino para permitir que las tropas saudíes se dediquen plenamente al combate. Ya hay asesores militares pakistaníes integrados en las unidades del gobierno yemení, donde dirigen equipos conjuntos de control de ataques terminales que conectan a las fuerzas terrestres con la fuerza aérea saudí.
Sudán participa en esta guerra desde 2015, y sus Fuerzas de Apoyo Rápido han pagado un alto precio por ello. Soldados sudaneses fueron capturados por las fuerzas huthíes en Hodeida, y su presencia sigue siendo una fuente discreta pero esencial de mano de carne de cañón para los saudíes.
Turquía aporta la tecnología. Arabia Saudí firmó lo que Baykar calificó como el “mayor contrato de exportación en el ámbito de la defensa y la aeronáutica” de la historia de Turquía para los drones Akinci, acuerdo que incluye transferencia de tecnología y proyectos de producción conjunta dentro de territorio saudí. El Akinci debía ser la respuesta a las defensas antiaéreas hutíes: una plataforma de gran autonomía que vuela a gran altitud, capaz de mantenerse en vuelo estacionario sobre la zona de amenaza.
Francia proporciona protección. Gracias a su estrecha amistad con el príncipe heredero Mohamed Bin Salmán, Macron anunció el mes pasado el despliegue de tropas, sistemas de radar y equipos de defensa franceses en Yanbu. El objetivo es proteger esta ciudad portuaria del mar Rojo, situada cerca de Medina, frente a los ataques con misiles y drones perpetrados por los hutíes.
Aunque París insiste en que se trata de una medida estrictamente defensiva, permite liberar recursos de defensa aérea saudíes para otras misiones. Es Israel quien suministra la inteligencia y los datos de localización mediante el seguimiento de los móviles y las comunicaciones de los huthíes. Esta alianza silenciosa entre Tel Aviv y Riad implica que los servicios de inteligencia israelíes transmiten información sobre las posiciones de los huthíes a través del Mando Central de Estados Unidos (CentCom).
Washington aporta por su cuenta información de inteligencia que permite fijar los objetivos de los ataques aéreos saudíes, aun cuando Trump ha rechazado públicamente las peticiones de Riad para que Estados Unidos lleve a cabo ataques militares directamente.
Las fuerzas gubernamentales yemeníes sirven de carne de cañón. Podrían movilizar más de 100.000 soldados para la próxima ofensiva, dependiendo de la magnitud de la misma. Las fuerzas tribales del sur cuentan con el apoyo indirecto de empresas militares privadas procedentes de diversos lugares.
Dos estrategias saudíes para la guerra
La primera es la opción limitada y se centra en el estratégico estrecho de Bab El Mandeb. Su captura permitiría restablecer el tráfico marítimo normal a través de un cuello de botella que ha cobrado una importancia aún mayor, dado que el Estrecho de Ormuz permanece cerrado.
La segunda es la opción amplia y consiste en una ofensiva en varios frentes a través de Al Bayda, Marib, Taiz y Al Jawf. Se trata del planteamiento de “todo, en todas partes y de inmediato”: ataques sincronizados destinados a dispersar a las fuerzas huthíes en múltiples teatros de operaciones e impedirles concentrar sus defensas.
Taiz es el punto clave de la guerra. La parte beligerante que controla Taiz domina las alturas que se alzan sobre la costa occidental de Yemen y las vías de acceso a Bab El Mandeb. Es el eje sobre el que se articula todo el teatro de operaciones occidental.
Sin embargo, existe un problema con esta flamante coalición multinacional de “superestrellas”: los huthíes quieren jugar a su manera. Han demostrado que son capaces de derribar el Akinci, el mismo dron que debía otorgar a Arabia Saudí una ventaja indiscutible en materia de vigilancia y capacidad de ataque. La pérdida de un Akinci sobre Al Jawf en julio, seguida de la destrucción de un avión de reconocimiento Karayel de fabricación turca sobre Saada, indica que las defensas antiaéreas huthíes son eficaces.
También han demostrado que pueden conquistar territorios con la misma facilidad con la que los pierden. La ofensiva huthí del mes pasado les permitió tomar el estratégico puerto de Moka y la isla de Perim, en el Estrecho de Bab El Mandeb, otorgándoles así una importante baza.
Además, cuentan con una ventaja que ni la tecnología turca ni los efectivos pakistaníes pueden neutralizar fácilmente: las montañas del norte de Yemen y las redes tribales allí asentadas. Es la trampa en la que Arabia Saudí y sus lacayos no dejan de caer. Los huthíes no constituyen un ejército convencional que pueda ser derrotado por medios convencionales. Están arraigados en una sociedad tribal que lleva generaciones luchando contra gobiernos centrales respaldados por potencias extranjeras. Las montañas del norte no son solo un accidente geográfico: constituyen un ecosistema político.
¿Podrá la alianza saudí resistir la presión?
La participación de Pakistán suscita una viva controversia, sobre todo teniendo en cuenta que Islamabad está en guerra con los talibanes de Afganistán. El gobierno pakistaní justificó la intervención inflando la amenaza que suponen los huthíes. Sin embargo, sus tropas no participan en combates directos en Yemen.
La participación de Sudán ya se ha cobrado la vida de miles de personas, y el papel de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) en Yemen está estrechamente vinculado a sus alianzas regionales. Cuanto más se prolongue la guerra, más sangre sudanesa se derramará por una causa que apenas guarda relación con Jartum.
En cuanto a las propias fuerzas gubernamentales yemeníes, constituyen una alianza fragmentada de facciones con lealtades divergentes: las Brigadas de los Gigantes del Sur, las Fuerzas del Escudo de la Nación y las Fuerzas de la Resistencia Nacional, entre otras. Para llevar a cabo ofensivas sostenidas se requiere una unidad duradera, y la unidad es el bien más escasa en Yemen.
Arabia Saudí ha formado una alianza que habría parecido imposible hace una década: tropas pakistaníes, drones turcos, sistemas de defensa aérea franceses, servicios de inteligencia israelíes, efectivos sudaneses e inteligencia estadounidense para la identificación de objetivos. Sobre el papel, se trata de una concentración de fuerzas abrumadora.
Pero Yemen lleva mucho tiempo acostumbrado a devorar grandes ejércitos. Los huthíes han pasado una década creando un aparato militar y político diseñado específicamente para resistir este tipo de agresión. Cuentan con defensas antiaéreas capaces de alcanzar drones que vuelan a gran altitud, redes tribales que les proporcionan efectivos y legitimidad, así como un bastión montañoso que ninguna coalición extranjera ha logrado conquistar jamás.
La próxima ofensiva podría permitir recuperar ciertos territorios costeros. Podría hacer retroceder a los huthíes más allá de Bab El Mandeb. Incluso podría crear las condiciones propicias para las negociaciones que Riad exige. Sin embargo, “repeler la amenaza hutí” y “derrotar a los hutíes” son dos objetivos muy diferentes. El primero es factible y temporal. El segundo se les ha escapado a todos los que lo han intentado.