mpr21 Redacción 03/10/26

A menudo conocida como “el país más feliz del mundo”, Finlandia registra ahora la tasa de desempleo más alta de Europa. La demanda de ayuda alimentaria se ha disparado más de un 70 por cien y el número de personas sin hogar —que llevaba más de una década disminuyendo— ha aumentado un 34 por cien en solo dos años. La situación en el país es tan grave que cerca del 20 por cien de la población finlandesa se considera actualmente en riesgo de pobreza.
Antaño era el modelo por excelencia de una vida apacible, una gestión pública competente y un estado de bienestar consolidado, se está desmoronando a una velocidad vertiginosa. ¿Cómo han podido deteriorarse las cosas tan rápidamente? En tres palabras: OTAN, austeridad y rusofobia. Estos tres elementos están estrechamente interrelacionados.
El gobierno de Helsinki está recortando drásticamente el estado de bienestar para cumplir el objetivo de la OTAN de destinar el 5 por cien del PIB a gastos militares, una meta que se hizo necesaria después de que el país abandonara su neutralidad y cambiara el estado de bienestar por un Estado guerrero.
La rapidez del colapso ha sido asombrosa. En 2019, la tasa de pobreza era del 11 por cien y, en 2022, el país estaba en camino de alcanzar una tasa de desempleo históricamente baja.
La histeria siempre cumple su papel
Todo cambió tras la reacción histérica y desproporcionada del país ante una amenaza imaginaria. Varios académicos finlandeses, entre ellos Heikki Patomäki, profesor de política internacional en la Universidad de Helsinki, afirman que la situación no justifica la entrada de Finlandia a la OTAN, la ruptura de sus valiosos vínculos económicos con Rusia ni la militarización de su frontera.
En 2022 Rusia apenas contaba con unos pocos miles de soldados repartidos en diversas bases situadas a lo largo de su frontera de 1.340 kilómetros con Finlandia. Dichas bases albergaban un puñado de baterías de defensa antimisiles y algunas decenas de tanques. Gran parte de las tropas y el material se desplegó posteriormente en Ucrania, dejando las bases vacías. Es evidente que no existía ninguna amenaza de guerra, algo que el propio Putin subrayó en mayo de 2022 durante una conversación telefónica con el entonces presidente finlandés, Sauli Niinisto.
Para entonces la rusofobia y la histeria en torno a la adhesión a la OTAN ya habían cobrado un impulso propio. Sanna Marin, la joven primera ministra finlandesa de aquel momento y estrella rutilante de la socialdemocracia, se destapó como una portavoz especialmente eficaz de la histeria. Aunque afirmó que no existía ninguna amenaza rusa, su tono se volvió marcadamente más belicista en los meses siguientes. Declaró que Rusia “representaba una amenaza para todos nosotros” y comenzó a expresarse como una cabecilla de los tiempos de guerra, afirmando en septiembre de 2022 que “Rusia puede desafiar a Finlandia, chantajearnos y amenazarnos, pero no cederemos”.
En aquel momento Rusia prácticamente no tenía tropas ni equipamiento en su frontera occidental con Finlandia. La amenaza rusa que se invocaba era una alucinación. No obstante, en abril de 2023, Finlandia se adhirió a la OTAN, apenas unos días después de la derrota de Marin frente a los partidos más reaccionarios en unas elecciones en las que existía unanimidad respecto a la línea política hacia Rusia. Todos empezaron a entonar la misma canción.
Recortes, recortes y más recortes
Tras su derrota, Marin se apresuró a trabajar para Tony Blair, mientras el nuevo gobierno reaccionario se dedicaba a desmantelar el estado de bienestar para financiar el rearme y la entrada en la OTAN.
El gobierno finlandés ha avanzado considerablemente en su programa para recortar 9.000 millones de euros del gasto público hasta el año que viene, lo que incluye importantes recortes en la seguridad social (especialmente en ayudas a la vivienda, prestaciones familiares y subsidios de desempleo), la atención sanitaria, la educación y los presupuestos destinados a las administraciones locales, al tiempo que aumentan los impuestos a los trabajadores de ingresos medios.
Los recortes en los servicios de salud han sido especialmente drásticos, destacando una fuerte reducción de las plantillas hospitalarias, de la atención a las personas mayores y de los servicios para personas con discapacidad, además de una redefinición de las “obligaciones de servicios mínimos” para justificar una atención de menor calidad a los pacientes. El gobierno también ha reducido drásticamente la financiación de organizaciones que trabajan por la paz y de iniciativas destinadas a promocionar el ambiente de tensión con Rusia.
Asimismo, el nuevo gobierno ha cerrado por completo todos los pasos fronterizos con Rusia —que los socialdemócratas de Marin habían cerrado parcialmente— y ha comenzado a construir largos tramos de barrera fronteriza, vigilados por tropas, cámaras de visión nocturna y detectores de movimiento.
Mientras el país sufre la paranoia belicista que se ha apoderado de los dirigentes finlandeses, sus ciudades fronterizas se han visto especialmente afectadas. Antes de la guerra, los rusos cruzaban regularmente la frontera para hacer compras, comer, alojarse en hoteles y acudir a las segundas residencias que poseían en las ciudades y pueblos situados a lo largo de la frontera. Todo eso ha desaparecido. Una estimación citada en un estudio finlandés reciente cifra la pérdida derivada del turismo ruso en la región fronteriza de Carelia del sur en nada menos que un millón de euros diarios. La tasa de desempleo en algunas regiones fronterizas ronda ya el 20 por cien.
La frontera constituía también una importante puerta de entrada comercial entre la Unión Europea y Rusia, pero su cierre provocó la desaparición de gran parte del transporte de mercancías por carretera y de las actividades de tránsito. La OCDE afirma que el este de Finlandia ha pasado de ser una “puerta de entrada económica” a convertirse en una “barrera de seguridad”.
En 2021, Rusia representaba alrededor del 92 por cien de las importaciones de gas de Finlandia. El gobierno sustituyó esas importaciones por una combinación de fuentes —entre ellas, el gas procedente de Estados Unidos, mucho más costoso—, lo que significa que el país, que antes registraba uno de los precios del gas más bajos de Europa, tiene ahora los más elevados del continente.
En cuanto a la madera, en 2021 el 70 por cien de las importaciones finlandesas procedía de Rusia, y dicha madera abastecía cerca del 10 por cien de toda la madera en bruto utilizada por la industria del país. Posteriormente, las fábricas de pasta de papel finlandesas quebraron y el sector se enfrentó a una escasez que persiste hoy en día, después de que la Unión Europea, con el apoyo de Finlandia, prohibiera a los países comprar madera a Rusia.
Las decisiones de Finlandia, adoptadas tanto de forma independiente como colectiva en el seno de la Unión Europea, han sumido en la miseria a varios millones de ciudadanos finlandeses. Sin embargo, aun cuando el país desmantela el Estado de bienestar, gasta más dinero que nunca —unos 8.100 millones de dólares el año pasado— en armamento para combatir una “amenaza” que Finlandia ha hecho realidad con su histerismo antirruso, ya que Putin ha prometido reaccionar ante el refuerzo de efectivos en la frontera finlandesa.
La compra de armas a Israel
Entre los beneficiarios del rearme de Finlandia figuran los traficantes de armas israelíes, que en 2024 vendieron a Finlandia su sistema de defensa antiaérea “Honda de David”, de eficacia cuestionable, por 316 millones de euros. Finlandia también adquirió misiles para tanques y buques a la empresa israelí Rafael, proveedora de la mayor parte del armamento y el equipo utilizados para perpetrar el genocidio en Gaza. El gobierno finlandés dejó claro que el genocidio cometido por Israel en Gaza no le impediría comprar armas a dicho país.
Asimismo, Finlandia destina 10.000 millones de euros a la compra de aviones de combate estadounidenses, además de varios miles de millones a la adquisición de misiles y bombas planeadoras para ser lanzadas desde dichas aeronaves, al tiempo que concede a Ucrania 2.300 millones de euros en ayuda militar directa a lo largo de tres años.
El rápido viraje de Finlandia ha sido delirante. Ha desmantelado aquello que, a ojos de muchos, la convertía en objeto de envidia mundial. El país ha destruido el modelo que le garantizaba un nivel de vida elevado, basado en la neutralidad y en unas buenas relaciones con Rusia.
En su lugar, el gobierno se ha buscado problemas que no tenía. Ha impuesto un programa de ajuste estructural para financiar su adhesión a una Alianza militar que no necesitaba y una adhesión que creó un enemigo inexistente que, además, resulta ser una superpotencia nuclear con la que comparte una frontera inmensa.
El precio a pagar ha sido —y seguirá siendo— muy elevado, y serán los finlandeses de a pie quienes lo paguen durante mucho tiempo. Pero esto no se limita a Finlandia. En toda Europa asistimos a la vergonzosa sustitución de los gastos sociales por los gastos militares, mientras los mercaderes del genocidio y de la muerte se llenan los bolsillos.