Exintegrantes del Opus Dei: “Mi deseo es que este abuso de poder y conciencia no siga ocurriendo”

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14 numerarias auxiliares que han dejado la organización católica describen abusos laborales y psicológicos. En el Opus Dei, solo las mujeres pueden ser numerarias auxiliares y están dedicadas a servir.

Imagen: Raisa Álava

21/10/2026

1975 es el año que marcó el destino de los españoles con el inicio de la Transición de la dictadura a la democracia. También es la fecha en la que falleció otro español insigne, cuya obra en cambio no estaba en transición sino en pleno auge: el sacerdote Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei (del latín, Obra de Dios), organización católica a la que pertenecían los llamados tecnócratas de la dictadura franquista, ministros que pusieron el nombre de la institución católica en lo más alto del poder.

Ese mismo año, sin que apareciera en los periódicos, Lucía Soledad Pomar (1957, Forcarei, Pontevedra), hija de un minero y en contra de la voluntad de su padre, se incorporaba como numeraria auxiliar a esta organización católica, siendo menor con 18 años (hasta 1978, la mayoría de edad en España era de 21 años). Recuerda que, junto a ella, entraron otras 35 chicas. Mientras España se liberaba de la censura y la opresión, una de las más polémicas organizaciones de la Iglesia católica, el Opus Dei, crecía y se expandía década tras década, también entre las mujeres de clase obrera anunciando la salvación a través de una vida entregada al trabajo doméstico, la obediencia y la renuncia a su familia de sangre a favor de su familia espiritual (el Opus).

Mientras España se liberaba, el Opus Dei se expandía entre las mujeres de clase obrera

Estas mujeres viven, trabajan, rezan y dependen económicamente de la organización en nombre de una vocación divina. En la Transición, Escrivá había muerto, pero su legado estaba más vivo que nunca. Detrás de los hombres poderosos del Opus Dei, que abrían universidades como la de Navarra o escuelas de negocios como el IESE, y que han tenido ministros con todos los gobiernos del Partido Popular como Luis de Guindos, Federico Trillo o Jorge Fernández Díaz, había un ejército de mujeres que limpiaban, planchaban y cocinaban de puertas para adentro.

Diez años después que Lucía Soledad Pomar, en un pueblo de Valladolid entraría Monserrat Rodríguez, con 14 años, en 1985; y diez años después, en 1995, en Barcelona, Elisabeth Peña, también con 14 años. El mundo ha cambiado desde 1975, pero el Opus Dei sigue divulgando su doctrina y buscando vocaciones sin renunciar a su principio fundacional: Dios decide quién limpia y quién no.

Nacidas para servir

Esta organización se caracteriza por su división radical por sexo en su propia estructura: hay una sección de varones y una de mujeres, y está prohibida la relación entre ellos. Entre sus integrantes hay personas célibes y casadas. Las personas laicas casadas son llamados supernumerarios y supernumerarias, esos padres y madres de familia con muchos hijos que suelen ser la cara más reconocible de este grupo ultracatólico. Los célibes pueden ser sacerdotes (hombres) o laicos de ambos sexos y tienen distinto nombre según el tipo de compromiso con la organización: personas numerarias, agregadas y auxiliares. Las auxiliares son solo mujeres y se dedican a servir dentro de la Obra.

La llamada se traduce en distintos compromisos: las numerarias auxiliares solo se dedican a tareas del hogar en los centros del Opus

Las personas que integran la organización lo hacen sintiendo una llamada divina, y es que la doctrina del Opus Dei se basa en un principio aparentemente simple: ser santo en medio del mundo. Por eso, según su narrativa, no se saca a nadie de su sitio, porque basta con ver a Dios en la vida cotidiana para ir al cielo. La diferencia entre sus miembros es que esa misma llamada se traduce en distintos compromisos económicos, de gobierno, tiempo y residencia con el Opus Dei: hay quien puede dedicarse a cualquier profesión, como es el caso de las y los numerarios, por ejemplo, que viven en centros del Opus Dei pero suelen tener trabajos externos. Entregan su dinero y su tiempo fuera del trabajo por completo a la Obra. Los y las agregadas llevan el mismo estilo de vida, pero viven con su familia de sangre por circunstancias personales o profesionales. En cambio, las numerarias auxiliares, que son exclusivamente mujeres, solo pueden trabajar dentro de los propios centros, dedicándose a tareas del hogar: su vida personal y profesional transcurre entre las cuatro paredes de los centros del Opus Dei.

La presencia del Opus Dei en España es conocida sobre todo por los colegios (muchos de ellos concertados, otros privados y todos ellos segregados por sexo), universidades y colegios mayores para estudiantes. Su labor de evangelización y apostolado se da entre la gente joven y, en el imaginario común, se asocian con el dinero, la educación privada y las élites. Esta es la capa superficial de la organización y hay quienes nunca llegan a conocer la otra cara de la moneda.

De los 14 a los 25 años trabajé, siendo menor de edad, con las numerarias auxiliares

Yo sí conozco esta realidad porque nací en una familia vinculada al Opus Dei: desde los 14 a los 25 años fui agregada de la organización y trabajé, siendo menor de edad, con las numerarias auxiliares. Mi historia y la de otras mujeres que hemos pasado por esta organización quedó recogida en el documental El minuto heroico (HBO, 2025) y en mi libro La Obra (Aguilar, 2026). El documental muestra la narración de 13 mujeres que denunciamos a cámara los abusos en el Opus Dei, entrelazado con voces de psicólogos expertos en sectas, periodistas internacionales y un abogado argentino que lleva una denuncia de mujeres que acusan de explotación y trata al Opus Dei. Recientemente, HBO ha sacado la segunda parte de esta serie documental, El Buen Espíritu (HBO, 2026), que recoge la experiencia de los hombres en la organización. En mi libro, relato mi experiencia con una mezcla de ironía y autoficción desde la perspectiva de una niña que crece en este entorno.

Tras el lanzamiento del libro y el documental empecé a recibir mensajes por redes sociales y a través del boca a boca de decenas de personas que querían compartir su experiencia o, simplemente, mostrar apoyo y agradecimiento. Este reportaje da respuesta a esas personas y recoge entrevistas (la mayoría con pseudónimo) a 14 exnumerarias auxiliares españolas de edades comprendidas entre los 28 y los 68 años. La mayoría de las fuentes prefieren ser anónimas.

Nueve de las mujeres entrevistadas entraron siendo menores

Nueve de las mujeres entrevistadas entraron siendo menores, otras tres habían cumplido los 18 años y las dos restantes tenían 21 y 22 años cuando firmaron la carta de admisión al Opus Dei. Una vez firmada, la misiva viaja a Roma para que la apruebe su líder, el Padre, en la actualidad monseñor Fernando Ocáriz Braña. «Me dictaron lo que tenía que escribir», dice María, a quien se concedió la admisión en 1976 con 14 años. Claudia escribió la misma carta en 2017: “Era como una sensación de no puedo más, voy a escribir la puta carta. Me decían que hasta que no dijera que sí, no se me iban a ir el agobio y las dudas». Tenía 19 años y acababa de empezar la universidad, pero sabía que al firmar ya nunca se dedicaría a su profesión, sino a trabajar en centros de la Obra durante el resto de su vida.

La mayoría llegó a los centros de la Obra a través de colegios del Opus Dei ubicados en barrios obreros, centros de Formación Profesional donde se enseña Hostelería: Hogar y Economía Socio-Familiar o Ciencias Domésticas (un título propio sin validez académica), o gracias a los Centros de Estudio y Trabajo (CET), unas residencias para mujeres de bajos recursos que pagan su estancia realizando las tareas del hogar de los centros del Opus Dei a la vez que estudian en la universidad. En los CET conviven chicas que no pertenecen a la organización con numerarias auxiliares.

«No recuerdo librar, quizá si venían mis padres o se hacía alguna excepción»

Ana no era del Opus Dei cuando fue a vivir y trabajar a una de estas residencias en torno al año 2010: «Yo era la encargada de tocar el timbre a las seis y media de la mañana. De 7.30 a 8 limpiábamos donde vivían las numerarias. Era una hora y media al día, y luego el fin de semana: sábado y domingo completo. No recuerdo librar, quizá si venían mis padres o se hacía alguna excepción. Me llegué a quedar en Semana Santa, no ibas a casa porque no tenías tiempo y el tiempo libre que tenías lo usabas para estudiar». Oficialmente, estos centros impulsan la formación de las mujeres pero, de puertas adentro, los objetivos son de captación y se aplican estrategias para elegir qué chicas cumplen con las condiciones para ser futuras numerarias auxiliares. Estando en el CET, Ana escribió la carta solicitando ser numeraria auxiliar. «Ahora, viéndolo con los años, creo que los centros de hostelería les iban bien de cantera», afirma Marta por su parte, que conoció el Opus Dei en el colegio y entró como numeraria auxiliar siendo menor. Estuvo 14 años en la organización. Ana, finalmente, no llegó a quedarse viviendo como auxiliar y, aunque estuvo poco tiempo, reconoce que le cuesta hablar sobre todo esto con su entorno más próximo.

En medio del mundo, pero aisladas

Sheila fue numeraria auxiliar durante seis años y salió a principios de los años 2000. Mientras estudiaba, trabajaba haciendo los turnos que le correspondían y vivía todas las normas de rezo y mortificación corporal del Opus Dei: dos horas diarias de cilicio (una cadena con pinchos que se ata al muslo) y flagelación semanal con las disciplinas, un pequeño látigo de cuerda para azotarse las nalgas. Igual que el resto de miembros célibes de la organización, no iba a casa a pasar las navidades ni las vacaciones de verano o Semana Santa. «Escuchaban las llamadas que hacía, me decían que tenía que alejarme de mi familia», recuerda. También cuenta que hacía bromas mientras trabajaba, poniéndose un número en el bolsillo del uniforme, como si fuera una presa. De acuerdo a los relatos de las que han estado más tiempo, el control psicológico, la carga de trabajo y el aislamiento era tal que salir de la organización implicaba rehacer tu vida desde cero y con secuelas económicas y psicológicas. Desde el 2022, el Opus Dei enfrenta una causa penal por trata de personas y explotación laboral en Argentina y aún están pendientes de declaración cuatro de los cinco sacerdotes imputados.

«Escuchaban las llamadas que hacía, me decían que tenía que alejarme de mi familia»

La gran pregunta es por qué no se fueron o por qué no se unieron para reclamar sus derechos mientras estaban allí, pero el argumento siempre era que ellas eran las “madres” de la organización, las que cuidaban de la familia. Además, las personas que integran el Opus Dei tienen prohibido relacionarse para evitar lo que se conocen como “amistades particulares”, es decir, amistad íntima y confianza. Los vínculos con las amigas de siempre y el entorno familiar se resienten, pero tampoco se les permite crear vínculos entre integrantes de la Obra o compartir información. Esta norma aplica a todos los miembros, pero en el caso de las auxiliares, al vivir y trabajar en el mismo espacio era prácticamente imposible que tuvieran una ayuda exterior, amigas externas a la organización o que pudieran aliarse entre ellas. Cualquier signo de cercanía entre mujeres se podía interpretar como lesbianismo o, usando el eufemismo del Opus Dei, “problemas de afectividad”. Montserrat cuenta que le corregían por tener amigas entre sus compañeras auxiliares, «aunque no era nada sexualizado», algo que también sufrió Marta, a quien reprendieron por haber enviado una postal por correo a otra numeraria auxiliar, y le prohibieron ir a otra ciudad a visitarla. Este fue el motivo que le llevó precisamente a romper con todo e irse. La referencia a que la relación no era sexual es especialmente significativa porque, si en la obra ya es un problema tener amigas entre las compañeras, el lesbianismo está estrictamente prohibido.

De las entrevistadas, Rosa es la que ha salido más recientemente de la Obra, en 2024. Pudo hacerlo poco a poco, cuando un familiar cayó enfermo: «Al principio me dijeron que no me daban días libres, pero conseguí ir por las tardes a ver a mi familiar una hora al día». Hasta 2017, durante más de 30 años, solo libró un día al mes. Mientras los miembros del Opus Dei de clase alta y con trabajos externos tienen los mismos derechos laborales que cualquier ciudadano, el régimen de las numerarias auxiliares estaba marcado por la organización. En 2015, saltándose la norma del Opus Dei que indica que todos los miembros célibes deben entregar sus regalos y pertenencias a los directores, Rosa se había quedado el teléfono móvil que le regaló su hermana, sin decir nada a nadie. Esto le permitió contactar con exintegrantes y familiares de manera independiente por primera vez. «Antes de salir empecé a leer OpusLibros [un foro online crítico con el Opus Dei] y me hizo darme cuenta de que no estaba sola y de que la culpa no era mía». Cuando por fin tuvo un sitio en el que vivir y consiguió ayuda familiar, salió de la Obra definitivamente.

«Cuando eres la víctima te sientes culpable por creer que tú accediste, quisiste estar ahí»

Todas afirman haberse sentido reconocidas en el documental El minuto heroico, en el que varias exintegrantes de la organización hablan de las formas y abusos de la misma, independientemente de los años que pertenecieron a la Obra y de los matices de sus experiencias. Cuando les pregunto por qué quieren sacar su experiencia a la luz, coinciden en varios puntos: muestran preocupación por las que siguen dentro, buscan evitar que entren menores en el Opus Dei y exigen transparencia a la organización. Sofía, que ha estado casi 22 años dentro, lo sintetiza así: “Mi deseo es que este abuso de autoridad, de poder y conciencia no siga ocurriendo. Muchas veces me he sentido mal porque cuando eres la víctima te sientes culpable por creer que tú accediste, quisiste estar ahí y te vuelves a victimizar. Te crees manipulable, pero la realidad es que, seas como seas, nadie debería ejercer ese poder sobre nadie en ninguna circunstancia”.