El proletariado revolucionario y el derecho de las naciones a la autodeterminación. Lenín

El Sudamericano                                                                                                             16/08/26

Octubre de 1915

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El Manifiesto de Zimmerwald, como la mayoría de los programas o de las resoluciones tácticas de los partidos socialdemócratas, proclama el «derecho de las naciones a la autodeterminación». Parabellum, en los núms. 252-253 de “Berner Tagwacht”,considera «ilusoria» «la lucha por un inexistente derecho a la autodeterminación»1 y contrapone a esta lucha «la lucha revolucionaria de masas del proletariado contra el capitalismo», asegurando además que «estamos contra las anexiones» (esta afirmación es repetida cinco veces en el artículo de Parabellum) y contra toda violencia respecto de las naciones.

Los argumentos con que Parabellum fundamenta su posición se reducen a decir que hoy todos los problemas nacionales, el de Alsacia-Lorena, el de Armenia, etc., son problemas del imperialismo; que el capital rebasa ya los límites de los Estados nacionales; que no se puede «hacer girar hacia atrás la rueda de la historia» para volver al ideal caduco de los Estados nacionales, etc.

Veamos si los razonamientos de Parabellum son correctos.

Ante todo, es precisamente Parabellum quien mira hacia atrás y no hacia adelante cuando inicia una campaña contra la aceptación del «ideal del Estado nacional» por la clase obrera; dirige la mirada hacia Inglaterra, Francia, Italia y Alemania, es decir, hacia los países donde el movimiento de liberación nacional pertenece ya al pasado, y no hacia Oriente, Asia y África, hacia las colonias, donde este movimiento pertenece al presente y al porvenir. Basta citar a la India, China, Persia y Egipto.

Prosigamos. El imperialismo significa que el capital ha rebasado el marco de los Estados nacionales, que la opresión nacional se amplía y se agrava sobre una nueva base histórica. De ello se desprende precisamente, pese a Parabellumque debemos vincular la lucha revolucionaria por el socialismo con un programa revolucionario en cuanto al problema nacional.

El caso es que Parabellum, en nombre de la revolución socialista, rechaza con desprecio todo programa revolucionario consecuente en la esfera de la democracia. Esto es un error. El proletariado no puede triunfar sino pasando por la democracia, es decir, llevando a la práctica íntegramente la democracia y vinculando con cada paso de su lucha las reivindicaciones democráticas formuladas del modo más enérgico. Es absurdo oponer la revolución socialista y la lucha revolucionaria contra el capitalismo a uno de los problemas de la democracia, en el presente caso, al problema nacional. Debemos combinar la lucha revolucionaria contra el capitalismo con un programa y una táctica revolucionarios para el conjunto de las reivindicaciones democráticas: república, milicia, elección de los funcionarios por el pueblo, igualdad jurídica de la mujer, derecho de las naciones a la autodeterminación, etc. Mientras exista el capitalismo, todas estas reivindicaciones sólo pueden realizarse como excepción y, además, de un modo incompleto y desvirtuado. Apoyándonos en las realizaciones democráticas ya conquistadas y denunciando su carácter incompleto en el régimen capitalista, exigimos el derrocamiento del capitalismo, la expropiación de la burguesía, como base indispensable para acabar con la miseria de las masas y también realizar completa e íntegramente todas las transformaciones democráticas. Algunas de esas transformaciones serán iniciadas antes del derrocamiento de la burguesía, otras en el curso de su derrocamiento y otras después de dicho derrocamiento. La revolución social no es una batalla única, sino una época que comprende toda una serie de batallas por transformaciones económicas y democráticas en todos los órdenes, batallas que sólo pueden culminar en la expropiación de la burguesía. Justamente en nombre de este objetivo final, debemos formular en términos rigurosamente revolucionarios cada una de nuestras reivindicaciones democráticas. Bien se puede concebir que los obreros de un país determinado derroquen a la burguesía antes de que se realice íntegramente siquiera sea una de las transformaciones democráticas esenciales. Pero es absolutamente inconcebible que el proletariado, como una clase histórica, pueda vencer a la burguesía sin estar preparado para ello por una educación en el espíritu democrático más consecuente y más enérgicamente revolucionario.

El imperialismo es la opresión creciente de las naciones del mundo por un puñado de grandes potencias, es la época de las guerras libradas entre esas grandes potencias por ampliar y consolidar el sojuzgamiento de las naciones, es la época del engaño de las masas populares por los hipócritas socialpatriotas, es decir, por gente que, con el pretexto de la «libertad de las naciones», del «derecho de las naciones a la autodeterminación» y de la «defensa de la patria», justifica y defiende la opresión de la mayoría de las naciones del globo por las grandes potencias.

Por esta razón, punto central en el programa socialdemócrata debe ser la división de las naciones en opresoras y oprimidas, división que constituye la esencia del imperialismo y que los socialchovinistas y Kautsky eluden engañosamente. Esta división no tiene importancia desde el punto de vista del pacifismo burgués o de la utopía pequeñoburguesa de la competencia pacífica de las naciones independientes en el régimen capitalista, pero es esencial desde el punto de vista de la lucha revolucionaria contra el imperialismo. Y de esta división debe surgir nuestra definición del «derecho de las naciones a la autodeterminación», una definición consecuentemente democrática, revolucionaria y acorde con la tarea general de la lucha inmediata por el socialismo. En nombre de ese derecho, en la lucha por lograr un reconocimiento sincero del mismo, los socialdemócratas de las naciones opresoras deben reclamar la libertad de separación para las naciones oprimidas, pues de lo contrario el reconocimiento de la igualdad de derechos de las naciones y de la solidaridad internacional de los obreros no será en realidad más que una frase hueca y una hipocresía. En cuanto a los socialdemócratas de las naciones oprimidas, deben destacar a primer plano la unidad y fusión de los obreros de las naciones oprimidas con los de las naciones opresoras, pues de lo contrario estos socialdemócratas se convertirán forzosamente en aliados de una u otra burguesía nacional, que siempre traiciona los intereses del pueblo y de la democracia y siempre está dispuesta, a su vez, a anexar territorios y oprimir a otras naciones.

Recordémosla título de ejemplo aleccionador, cómo se planteaba el problema nacional a fines de la década del 60 del siglo pasado. Ajenos a toda idea de lucha de clases y de revolución socialista, los demócratas pequeñoburgueses imaginaban la utopía de una competencia pacífica de naciones libres e iguales en derechos bajo el capitalismo. Los proudhonistas2 «negaban» en redondo la existencia del problema nacional y el derecho de las naciones a la autodeterminación, desde el punto de vista de los objetivos inmediatos de la revolución social. Marx se burló del proudhonismo francés y mostró su afinidad al chovinismo francés («toda Europa puede y debe quedarse tranquila y apaciblemente sentada sobre su trasero, esperando que los señores de Francia supriman la miseria»… «sin darse cuenta ellos mismos, entienden, al parecer, por negación de las nacionalidades, su absorción por la nación modelo, la francesa»). Marx reclamaba la separación de Irlanda de Inglaterra, «aunque después de la separación se llegue a la federación», y no la exigía desde el punto de vista de la utopía pequeñoburguesa del capitalismo pacífico, ni por consideraciones de «justicia para Irland3, sino desde el punto de vista de los intereses de la lucha revolucionaria del proletariado de la nación opresora, es decir, inglesa, contra el capitalismo. La libertad de esta nación estaba atenazada y mutilada por el hecho de que oprimía a otra nación. El internacionalismo del proletariado inglés sería una frase hipócrita si él mismo no reclamara la separación de Irlanda. Marx, que no fue nunca partidario de los Estados pequeños, ni del fraccionamiento de los Estados en general ni tampoco del principio de la federación, consideraba la separación de la nación oprimida como un paso hacia la federación y, por lo tanto, no hacia el fraccionamiento, sino hacia la concentración política y económica, pero efectuada sobre una base democrática. Según Parabellum, Marx sostenía probablemente una «lucha ilusoria» al reclamar la separación de Irlanda. Pero, en realidad, sólo esa reivindicación constituía un programa rigurosamente revolucionario, sólo ella respondía al internacionalismo, sólo ella defendía una concentración no imperialista.

El imperialismo de nuestros días ha hecho que la opresión de las naciones por las grandes potencias se convierta en un fenómeno general. Precisamente el punto de vista de la lucha contra el socialchovinismo de las naciones expansionistas, que hoy sostienen una guerra imperialista para reforzar la opresión de otras naciones, y que oprimen a la mayoría de las naciones del mundo y a la mayor parte de la población de la Tierra, es el punto de vista que debe desempeñar el papel decisivo, principal y fundamental en el programa nacional de la socialdemocracia.

Pero veamos cuáles son las tendencias actuales del pensamiento socialdemócrata en esta cuestión. Los utopistas pequeñoburgueses, que sueñan con la igualdad y la paz entre las naciones bajo el capitalismo, han cedido el lugar a los socialimperialistas. Al luchar contra los primeros, Parabellum se bate contra molinos de viento e involuntariamente hace el juego a los segundos. ¿Cuál es el programa de los socialchovinistas en el problema nacional?

O niegan pura y simplemente el derecho a la autodeterminación, con argumentos similares a los de Parabellum (Cunow, Parvus, los oportunistas rusos: Semkovski, Libman, etc.). O reconocen ese derecho de un modo evidentemente hipócrita, a saber, absteniéndose de aplicarlo precisamente a las naciones oprimidas por su propia nación o por un aliado militar de ésta (Plejánov, Hyndman, todos los patriotas francófilos, luego Scheidemann, etc., etc.). Kautsky es quien da a la mentira socialchovinista la formulación más plausible, y por eso más peligrosa para el proletariado. De palabra, Kautsky está por la autodeterminación de las naciones; de palabra, está por que el partido socialdemócrata «respete y reclame en todos sus aspectos (1!) y sin reserva alguna (??) la independencia de la naciones». (“Neue Zeit”, 33, II, S. 241; 21.V.1915).

Pero en realidad adapta el programa nacional al socialchovinismo reinante; desfigura y mutila este programa; no define con exactitud las obligaciones de los socialistas de las naciones opresoras, y llega hasta falsificar abiertamente el principio democrático, diciendo que reclamar la «independencia política» (staatliche Selbständigkeit) para cada nación sería pedir «demasiado» [“zu viel”] (Neue Zeit 33, II, 77; 16.IV.1915). ¡¡Basta, viene a decirnos, con tener la «autonomía nacional»!! Ahora bien, la cuestión principal, precisamente la que la burguesía imperialista no permite abordar, o sea, la cuestión de las fronteras de un Estado basado en la opresión de naciones, es eludida por Kautsky, con lo que queda eliminado lo más esencial del programa para complacer a esa burguesía. La burguesía está dispuesta a prometer toda «igualdad de derechos de las naciones» y toda «autonomía nacional» que se quiera ¡siempre que el proletariado permanezca dentro del marco de la legalidad y la obedezca «pacíficamente» en lo que concierne a las fronteras del Estado! Kautsky formula el programa nacional de la socialdemocracia de modo reformista y no en un espíritu revolucionario.

El Parteivostand [Dirección del Partido Socialdemócrata Alemán], Kautsky, Plejánov y Cía., suscriben con ambas manos el programa nacional de Parabellum o, mejor dicho, su afirmación de que «estamos contra las anexiones», precisamente porque ese programa no desenmascara a los socialpatriotas que hoy predominan. Los burgueses pacifistas también suscribirán ese programa. El magnífico programa general de Parabellum («lucha revolucionaria de masas contra el capitalismo») le sirve, como a los proudhonistas de la década del 60, no para elaborar, de acuerdo con él e inspirándose en él, un programa intransigente, no menos revolucionario en lo referente al problema nacional, sino para abrir el terreno a los socialpatriotas. En nuestra época imperialista, la mayoría de los socialistas del mundo pertenecen a naciones que oprimen a otras naciones y quieren extender esa opresión.

Por eso, nuestra «lucha contra las anexiones» carecerá de sentido y no tendrá nada de espantoso para los socialpatriotas, si no declaramos que un socialista de una nación opresora que, tanto en tiempos de paz como en tiempos de guerra, no realice una propaganda en favor de la libertad de separación para las naciones oprimidas ¡no es un socialista ni un internacionalista, sino un chovinista! Un socialista de una nación opresora que no realiza esta propaganda a pesar de la prohibición del Gobierno, es decir, en la prensa libre, o sea, ilegal, ¡no es más que un partidario hipócrita de la igualdad de derechos de las naciones!

Con respecto a Rusia, que no ha concluido aún su revolución democrática burguesa, Parabellum dice esta única frase:

«Incluso Rusia, país muy atrasado en el aspecto económico, ha mostrado, con la actitud de la burguesía polaca, letona y armenia, que no es sólo la férula militar la que mantiene a los pueblos en esta ‘cárcel de pueblos’, sino también las necesidades de la expansión capitalista, para la cual un inmenso territorio es una base magnífica de desarrollo».

Este no es un «punto de vista socialdemócrata», sino liberal burgués, y no es tampoco un punto de vista internacionalista, sino chovinista ruso. Parabellum, que lucha tan admirablemente contra los socialpatriotas alemanes, conoce muy poco, al parecer, el chovinismo ruso. Para convertir su frase en una tesis socialdemócrata que lleve a conclusiones socialdemócratas, hay que modificarla y completarla como sigue:

«Rusia es una cárcel de pueblos, no sólo por el carácter militarista y feudal del zarismo, no sólo porque la burguesía, rusa apoye al zarismo, sino también porque la burguesía polaca, etc., ha sacrificado la libertad de las naciones y la democracia en general a los intereses de la expansión capitalista.»

El proletariado de Rusia no puede marchar al frente del pueblo hacia una revolución democrática victoriosa (que es su tarea inmediata) ni luchar al lado de sus hermanos, los proletarios de Europa, por una revolución socialista, sin exigir ahora mismo, totalmente y «sin reserva alguna», la libertad de separarse de Rusia para todas las naciones oprimidas por el zarismo.

Esta reivindicación no es independiente de nuestra lucha revolucionaria por el socialismo; al contrario, la formulamos porque esa lucha no sería más que una palabra hueca si no la vinculásemos con el planteamiento revolucionario de todos los problemas democráticos, incluyendo el problema nacional. Reclamamos la libertad de autodeterminación, es decir, la independencia, es decir, la libertad de separación para las naciones oprimidas, no porque soñemos con el fraccionamiento económico o con el ideal de los pequeños Estados, sino, por el contrario, porque queremos grandes Estados, porque aspiramos al acercamiento e incluso a la fusión de las naciones, pero sobre una base verdaderamente democrática y verdaderamente internacionalista, que es inconcebible sin la libertad de separación. Como Marx reclamaba en 1869 la separación de Irlanda, pero no con fines de fraccionamiento, sino para que pudiera constituirse en el futuro una libre unión entre Irlanda e Inglaterra, no por asegurar «justicia para Irlanda», sino en beneficio de la lucha revolucionaria del proletariado inglés, así también creemos que la negativa de los socialistas de Rusia a exigir la libertad de autodeterminación para las naciones, en el sentido que acabamos de señalar, es una traición directa a la democracia, al internacionalismo y al socialismo.

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NOTAS:

[Los destacados son nuestros. N. Ed.]

1Escrito en alemán no antes del 16 (29) de octubre de 1915 Firmado: N. Lenin.  Publicado por primera vez en 1927, en Recopilación Leninista VI. Se publica según la traducción del alemán hecha por N. K. Krúpskaya y corregida por V. I. Lenin

2 Proudhonistas: adeptos de una corriente del socialismo pequeñoburgués, hostil al marxismo, a la que se dio el nombre de su fundador, el anarquista francés Proudhon (1809-1865). Proudhon criticaba la gran propiedad capitalista desde posiciones pequeñoburguesas, soñaba con perpetuar la pequeña propiedad privada, proponía organizar un Banco “del pueblo” y un Banco “de cambio”, con ayuda de los cuales podrían los obreros, según él, adquirir medios de producción propios, hacerse artesanos y asegurar la venta “equitativa” de sus productos. No comprendía la misión histórica y el significado del proletariado, impugnaba la lucha de clases, la revolución proletaria y la dictadura del proletariado; como anarquista, negaba la necesidad del Estado.

3 Véase C. Marx y F. Engels. Obras, 2S ed. en ruso, t. 31, pág. 187; t. 32, págs. 530-532; t. 31, págs. 193 y 318.