

No existe ninguna fotografía de Mary Turner. Ni un retrato de estudio, ni una imagen familiar, ni una instantánea tomada por casualidad en un porche del sur de Georgia. Las fotos que circulan por internet con su nombre pertenecen a otras mujeres negras. Una de las más repetidas es en realidad un retrato de Ida B. Wells realizado hacia 1893 por la fotógrafa Mary Garrity y conservado hoy en la National Portrait Gallery del Smithsonian. De Mary Turner se conservan informes, cartas, recortes de prensa, una placa conmemorativa acribillada a tiros. De su cara no queda nada. Esa ausencia forma parte de lo que le hicieron.

Lo que sí sabemos empieza en el condado de Brooks, en la Georgia rural del algodón, en mayo de 1918. Allí tenía tierras Hampton Smith, un plantador blanco con fama de golpear a sus trabajadores negros hasta el punto de que casi nadie de la zona quería trabajar para él. Smith resolvía el problema de la mano de obra pagando las fianzas de personas negras encarceladas por faltas menores y obligándolas después a saldar la deuda trabajando en sus campos. Ese sistema tenía nombre, peonaje, era ilegal a nivel federal y siguió practicándose en Georgia hasta 1942. Mary Turner había sido golpeada por Smith. Cuando su marido, Hayes Turner, lo amenazó por ello, un jurado enteramente blanco lo condenó a trabajos forzados en una cuadrilla de presos.
El 16 de mayo de 1918, Sidney Johnson, uno de aquellos trabajadores endeudados, disparó a Smith a través de la ventana de su casa y lo mató. Lo que vino después no fue una investigación. Fue una cacería. Durante una semana, turbas blancas de los condados de Brooks y Lowndes recorrieron la zona deteniendo, colgando y quemando a personas negras señaladas por rumores. Se confirmaron al menos once víctimas. Aparecieron otros cuerpos sin identificar y hubo víctimas de los que nunca más se supo nada. Entre los nombres documentados están Will Head, Julius Jones, Will Thompson, Eugene Rice y Chime Riley.
Hayes Turner fue detenido acusado de complicidad, sin una sola prueba. Mientras lo trasladaban a otra cárcel, un grupo de hombres enmascarados lo arrancó de la custodia del sheriff y lo colgó en un cruce de caminos cerca de Quitman. Su cuerpo permaneció allí colgado un día entero, a la vista de todo el que pasara, antes de que lo descolgaran.
Mary Turner tenía ocho meses de embarazo y dos hijos pequeños, Ocie Lee y Leaster. Hizo entonces lo que ninguna mujer negra podía hacer impunemente en el sur de 1918. Habló. Negó públicamente que su marido hubiera tenido parte alguna en la muerte de Smith, dijo que aquello había sido un asesinato y anunció que pediría órdenes de detención contra los responsables. Sabía perfectamente dónde vivía. Lo dijo igual.
La amenaza corrió rápido por los alrededores. En la prensa local se deslizó la advertencia de que a la señora Turner le convenía callarse. El domingo 19 de mayo la turba fue a buscarla. Ella intentó huir. La atraparon y la llevaron al puente de Folsom, sobre el río Little, en el límite entre los dos condados. Delante de una multitud de varios cientos de personas la ataron por los tobillos y la colgaron cabeza abajo de un árbol. Le echaron gasolina y aceite de motor por encima y le prendieron fuego hasta quemarle la ropa del cuerpo. Seguía viva cuando un hombre le abrió el vientre con un cuchillo de descuartizar cerdos. La criatura cayó al suelo, llegó a emitir dos gemidos y otro hombre le aplastó la cabeza con el tacón. Después vaciaron cientos de balas sobre el cuerpo de Mary. La enterraron junto al árbol y señalaron la tumba con una botella de whisky.

Sidney Johnson fue localizado días más tarde en Valdosta y murió en un tiroteo con la policía. La multitud se apoderó de su cadáver, lo castró, lo ató por el cuello a un automóvil y lo arrastró unos treinta kilómetros hasta Morven, donde quemó lo que quedaba. En las semanas siguientes más de quinientas personas negras abandonaron los condados de Brooks y Lowndes. Se fueron con lo puesto. Nadie fue jamás acusado de ninguno de aquellos crímenes.
Que hoy conozcamos esta historia se lo debemos a Walter White, entonces un joven investigador de la NAACP. White era negro y tenía la piel muy clara y el pelo liso, lo que le permitía moverse por los pueblos del sur haciéndose pasar por blanco, sentarse a hablar con los vecinos y escuchar cómo relataban con orgullo lo que habían hecho. Llegó a Brooks y Lowndes, reconstruyó los hechos casa por casa e identificó públicamente a dieciséis cabecillas. Su informe se publicó en septiembre de 1918 en The Crisis, la revista de la NAACP dirigida por W. E. B. Du Bois, bajo el título «The Work of a Mob». Envió además un memorándum al gobernador de Georgia, Hugh Dorsey, en julio de aquel mismo año. Entre 1918 y 1927 White investigó cuarenta y una masacres y linchamientos con ese mismo método.
El método venía de antes. Lo había inventado Ida B. Wells veinticinco años atrás, cuando en Southern Horrors y A Red Record demostró con datos y nombres que la coartada de la violación era una construcción destinada a justificar el asesinato de hombres negros que competían económicamente con los blancos. Wells estableció el principio de que a la mentira racial se la derrota con documentación. White lo aplicó en Georgia. Que la fotografía de una haya terminado ocupando el lugar del rostro ausente de la otra tiene algo de simetría involuntaria y algo de pereza colectiva.
El nombre de Mary Turner se convirtió en el centro de la campaña de las Anti-Lynching Crusaders a favor de la ley Dyer, el proyecto que pretendía convertir el linchamiento en delito federal. La ley pasó la Cámara de Representantes en 1922 y murió en el Senado, bloqueada una y otra vez por los senadores demócratas del sur. Estados Unidos tardó ciento cuatro años en aprobar una ley federal antilinchamiento. Llegó en 2022 con el nombre de Emmett Till.
Las artistas llegaron mucho antes que los legisladores. La escultora Meta Warrick Fuller realizó en 1919 In Memory of Mary Turner. As a Silent Protest Against Mob Violence. Angelina Weld Grimké escribió el relato «Goldie» en 1920. Carrie Williams Clifford publicó el poema «Little Mother» en 1922. Anne Spencer escribió «White Things» en 1923, el mismo año en que Jean Toomer cerraba Cane con la sección «Kabnis». Casi un siglo después, Julie Buckner Armstrong dedicó al caso el estudio Mary Turner and the Memory of Lynching y Rachel Marie-Crane Williams publicó Elegy for Mary Turner, un libro ilustrado que nombra una por una a las once personas asesinadas aquella semana. Fueron mujeres negras, en su mayoría, quienes sostuvieron la memoria durante décadas de silencio oficial.
Ese silencio sigue vivo. En 2007 nació en el condado de Lowndes el Mary Turner Project, una iniciativa vecinal de educación y justicia racial. En 2010 se instaló una placa histórica junto a la carretera estatal 122 con el título «Mary Turner and the Lynching Rampage of 1918». Alguien la agujereó a tiros repetidamente. La placa fue sustituida por una cruz de acero con su nombre y el año, y hubo que volver a instalarla en 2021. Un siglo después, el gesto de disparar contra su nombre escrito en metal repite exactamente el gesto original.
Volvemos al principio, a la fotografía que no existe. Es cómodo pensar que en 1918 una jornalera negra de Georgia no tenía por qué haber pasado por un estudio fotográfico. La cuestión es otra. A Mary Turner la mataron por hablar, la enterraron bajo una botella de whisky, dispararon contra la placa que dice su nombre y llenaron el hueco de su cara con la cara de otra mujer. La reparación mínima que podemos ofrecerle consiste en no repetir la sustitución. Se llamaba Mary Turner. Tenía dos hijos y esperaba un tercero. Pidió que se detuviera a los asesinos de su marido. Eso es lo que sabemos y eso es lo que hay que decir.
Redacción Afroféminas
