Hay veces en las que los gobernantes toman decisiones como si no tuvieran consecuencias sobre el suelo que pisan, como si no tuvieran reflejo en las cartografías con las que nos contamos la realidad. Pero a menudo basta un plano para tumbar un elaborado argumentario. ¿Por qué un país llamado Irlanda no ocupa la totalidad de una isla llamada Irlanda si así lo quiere una mayoría de sus habitantes?
El flamante primer ministro británico, Andy Burnham, acaba de decir en Belfast que el referéndum sobre la reunificación de la isla, contemplado en los acuerdos de Viernes Santo que dieron fin al conflicto armado en el norte de Irlanda, no está encima de la mesa. “Las divisiones que surgen de esas situaciones tardan mucho tiempo en cicatrizar”, se excusó. Como si obligar a los norirlandeses a seguir siendo británicos no produjera divisiones. Burnham, en cualquier caso, tiene un problema con el mapa, que se empeña en mostrar a Irlanda como una isla entera.
Cual irresuelto trauma infantil que sacude la vida de un adulto, los rescoldos de la política colonial pasada siguen condicionando la vida de numerosos países europeos. También hay mucho de ello en la crisis migratoria y humanitaria que se vive en Ceuta, una ciudad que la mayoría de españoles ni conoce ni le importa, pero a la que la derecha se ha aferrado para tratar de tumbar de una vez a Pedro Sánchez. Sabíamos que Marruecos tenía una de las llaves maestras de la estabilidad en España y que, alineado con Trump y Netanyahu, podía poner en aprietos a un gobierno que, a pesar de los pesares, es una piedra en el zapato del trumpismo global. Lo que no era tan fácil de prever era que Sánchez colaborase en cavar su tumba defendiendo la fiabilidad del régimen que lo ha puesto en la picota.
El debate está tan contaminado en España que los medios de derechas titulan noticias llamando “invasor” a un menor migrante fallecido por enfermedad esta semana en Ceuta, mientras los abogados de PP y Vox afinan la maquinaria para tratar de juzgar a Sánchez por traición en unos tribunales afines. La derecha ha olido sangre y ya no hay líneas rojas. Si no puede ser por las urnas, que sea por la vía judicial. Otro clásico español. Como si la derecha en la Moncloa no fuese a tener exactamente el mismo problema con Marruecos.
Mientras, no se repara en las cuestiones estructurales que han motivado la crisis, pero volviendo a los mapas, basta con observar la cartografía del estrecho de Gibraltar para entender parte del problema. Lo preguntamos en estas páginas hace dos semanas: ¿Por qué hay dos ciudades españolas en África?
La pregunta sigue brillando por su ausencia en el debate público, porque no es posible cuestionar la españolidad de estos dos enclaves en continente ajeno. En la mentalidad nacionalista española, es algo prepolítico, que diría Mariano Rajoy. Y sin embargo, los guardianes de las esencias patrias reivindican sin rubor que Gibraltar, el enclave británico al otro lado del estrecho, debe ser español. La coherencia nunca fue la prioridad de la derecha.
El caso es que si viniese un extraterrestre y mirase al mapa por primera vez, no sería del todo fácil explicarle por qué el país al norte del estrecho controla dos ciudades al sur, y por qué un país a mil 700 kilómetros controla otra ciudad en la orilla norte.
El argumento histórico de los españoles es que Ceuta y Melilla llevan cinco siglos siendo españolas, y el político, que Marruecos no existía como país cuando españoles y portugueses conquistaron ambas plazas. Evidentemente, ocurre con la mayoría de países colonizados: no existían como tales antes de ser sometidos. Como argumentos, son cuanto menos flojos.
La única razón que, en nombre de la geopolítica, tiene un pase es que sería estúpido renunciar al control del estrecho que comunica el Mediterráneo con el resto del mundo. Aquí es donde entra Gibraltar, porque si parece lógico que Ceuta y Melilla sean marroquíes, también lo es que forme parte de España el peñón ocupado hace tres siglos por los ingleses y legalizado como territorio británico en los tratados de Utrecht, firmados por un Borbón. Esta reordenación fue planteada hace unos años por el diplomático Máximo Cajal, ex embajador de España ante la OTAN, pero fue tal la polémica que suscitó, que Zapatero lo apartó como asesor.
Pero sin abordar cuestiones estructurales como esta, la crisis actual se reproducirá siempre que le convenga a Rabat. El problema es que el debate es sencillamente implanteable en España, un país que siempre elegirá una buena gresca antes que mirarse al espejo.