Dos virtudes políticas indispensables en esta hora. Farruco Sesto

Perdóneseme de antemano, pero en tiempos difíciles siento la necesidad de pensar en voz alta, a riesgo de que resulte un poco desordenado.

Quiero iniciar esa reflexión refiriéndome a dos conceptos, cuyo conocimiento considero esencial en la lucha política, para situarlos en el contexto de mi encuentro personal con ellos. Son la “paciencia estratégica” y la “pulsión hacia el objetivo”.

A mi modo de ver el segundo complementa obligatoriamente al primero, pues nada sería aquel sin este último. Vale decir que de nada serviría la paciencia en la lucha si se pierde la pulsión revolucionaria.

En todo caso, la necesaria unión de ambos conceptos nace cuando unas circunstancias desventajosas sitúan a tus fuerzas en condiciones de inferioridad. Es en ese momento, al echar mano de un nuevo plan para ser realizado con estratégica paciencia, cuando lo haces sin renunciar a tu propia voluntad de victoria final, pues ella es la que corresponde al sueño que te trajo hasta aquí.

Hablaré pues de mi encuentro con estos dos conceptos. La idea de la paciencia estratégica, aunque él no le hubiera puesto ese nombre, la aprendí de Alfredo Maneiro.

Como se sabe, Alfredo, el miembro más joven del Comité Central del Partido Comunista a comienzos de los sesenta en Venezuela, se sumó a la lucha insurreccional contra el gobierno represivo de Rómulo Betancourt intentando crear un frente guerrillero en los estados Mérida y Zulia. Luego de este primer intento, fundó y comandó en el oriente del país el Frente Manuel Ponte Rodríguez, que estuvo en actividad entre los años 1962 y 65. Pero por distintas razones internas y externas la lucha insurreccional de la izquierda fracasó en Venezuela y hubo que comenzar a pensar en otros caminos para alcanzar el poder del Estado. Cada quien a su manera. En ese trance, algunos dirigentes fueron asesinados, como Jorge Rodríguez. Otros claudicaron y se fueron plegando como Américo Martín y Teodoro Petkoff. Y otros, como Alfredo Maneiro, reflexionando sobre las causas de la derrota, decidieron repensar el camino de lucha sin renunciar al objetivo. Así, Alfredo, después de unos años preso en el Cuartel San Carlos, concibió un plan insurreccional a largo plazo, para la toma del poder, desarrollando pacientemente dos poderosos núcleos de fuerza altamente compactos. Uno en el seno de la clase obrera de Guayana, donde está la mayor concentración industrial de Venezuela, y otro en el Oeste caraqueño, la zona popular más emblemática de la Capital.

El plan iba marchando a la perfección, a mi juicio, que viví estos hechos militando en ese proyecto, cuando un elemento imprevisto le salió al paso, que fue la propia muerte de Alfredo Maneiro de un infarto de corazón, con apenas 44 años.

Fue poco antes cuando, como una pieza de ese plan, que debía ser completado con un ala militar, tuvo lugar en Maracay, el encuentro de Alfredo Maneiro, con el entonces desconocido subteniente Hugo Chávez, que tenía 24 años.

Es el propio comandante Chávez, quien dió testimonio de aquel hecho en diferentes oportunidades, entre ellas en sus conversaciones con Ignacio Ramonet. Allí entre otras cosas, dice de Alfredo:

“Tenía un gran sentido de la estrategia. Me habló de la necesidad de crear una vanguardia porque, sin ella, el movimiento popular por impetuoso que fuese fracasaría. El había teorizado eso en su libro Notas negativas. Retirándose ya, no se me borra, me dijo: “Mire, Chávez, no se olvide nunca de que esto es para largo” (…) A lo mejor Maneiro me vio muy impetuoso, y por eso me aconsejó: “no se vaya a comprometer con ningún movimiento de corto plazo, sería un fracaso. Esto es para largo, una década por lo menos, recuérdelo siempre”.

Aprendimos de Alfredo, pues, que eso que ahora se denomina paciencia estratégica, tiene que ver con la necesidad de trazar un nuevo plan, o de replantear seriamente el que se trae, ante la imposibilidad de continuarlo en la misma forma. Ello tal vez a raíz de una seria derrota, o simplemente por la evolución de unas circunstancias que imponen o aconsejan una nueva manera de seguir la lucha. Habría que releer a Sun Tzu una vez más. “La habilidad para vencer, cambiando y adaptándose de acuerdo con la presentación que hace el enemigo, es lo que se llama genio”.

El otro concepto que también era propio de Alfredo pero que, en este caso, lo aprendí muy bien de Chávez, es el de la necesidad constante en cualquier plan de “mantener la pulsión hacia el objetivo”.

Es una frase que, de una manera u otra, repitió el Presidente más de una vez en el Consejo de Ministros como una instrucción: mantengan la pulsión hacia el objetivo. “Mantengan el pulso, día y noche, no aflojen ni un instante la tensión necesaria hacia la meta”.

De las muchas enseñanzas de Chávez esta es es una de las que más me llegó al alma para tratar de aplicar en mis cosas, incluso, personales.

Seguramente tiene que ver con la virtud bolivariana de la constancia, convertida en un impulso, en una pulsión, permanente: “Dios concede la victoria a la constancia”, dijo El Libertador.

“Deseo a Ud. paciencia y constancia”. Con esa frase se despidió Bolívar del General Mariano Montilla en una carta escrita en noviembre de 1830, justamente un mes antes de su muerte.

Es exactamente lo que podríamos desear hoy, en nuestras complejas circunstancias y haciendo una analogía con la frase del Libertador, tanto al pueblo patriota como a la dirigencia revolucionaria: Les deseo de corazón a ustedes paciencia estratégica, manteniendo todos los días y cada día, con suprema constancia, la pulsión hacia el objetivo. Que no es otro que la recuperación plena de la soberanía y la construcción de una verdadera sociedad de iguales. Que nunca lo olvidemos.

¿Qué hacer, entonces? Es la vieja pregunta. Lo que Venezuela decidió, dada la correlación de fuerzas, es decir, lo que decidimos, preservando por ahora la paz y la vida, es intentar jugar el juego de la diplomacia y el diálogo, antes que el de la guerra. ¿Quiere decir esto que nos entregamos al Imperio o que confiamos en él? No, no confiamos ni un tantito así. Pero ahí estamos, en un escenario muy complicado, haciendo maniobras económicas, moviendo fichas y tratando de mantener la unidad de nuestras fuerzas. Sabiendo, desde luego, que hay un tablero de juego mucho más grande que nuestro país.

Ahora bien, en esa realidad surgen voces importantes que advierten sobre la pérdida de soberanía. Está bien, en principio. Ningún alerta está de más. Eso no hace necesariamente daño. Digo, no lo hace, siempre y cuando lo que se afirme no contribuya a debilitarnos y a dividirnos. En caso contrario mejor es permanecer callado al respecto y ayudar más bien a mantener la moral de combate.

Otras voces nos hablan de traición y claudicación. A mi juicio, que he visto tanto y tanto, más traidores pueden ser a veces los dueños de esas voces. Habría que considerar cada caso.

Si quieren conocer mi posición de una vez, para dejarlo claro, reafirmo mi apoyo al gobierno de Nicolás Maduro encarnado hoy en Delcy Rodriguez, sigo militantemente las instrucciones de mi partido el PSUV y espero, aun a mi edad, cualquier indicación que pueda provenir de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Pues estoy seguro de que puedo ser útil para algo. Ni más ni menos que eso.

Y ya que hablamos de voces, la mía pide que no nos desesperemos, que mantengamos la calma, que confiemos en nosotros mismos, que permanezcamos unidos, que nos organicemos para una extensa y ardua resistencia, sabiendo que, con todo y diplomacia, la larga lucha no ha terminado. Y que no terminará hasta que alcancemos la victoria definitiva

(Publicado en Correo del Orinoco, el 28 de mayo de 2026)