¿De la «victoria total» a la perdición? El talón de Aquiles de Netanyahu

¿De la "victoria total" a la perdición? El talón de Aquiles de Netanyahu

La promesa de Netanyahu de una «victoria total» le mantuvo en el poder. Ahora puede que sea su perdición. Poco más de un mes después del 7 de octubre de 2023, el Canal 12 de Israel publicó su primera previsión de escaños en el Knesset tras el ataque de Hamás. Como era de esperar, los resultados fueron catastróficos para el primer ministro Benjamin Netanyahu.

Su partido, el Likud, que había conseguido 32 de los 120 escaños del Knesset en las elecciones de apenas un año antes, solo alcanzaba l17 escaños en las encuestas —cerca de su peor resultado histórico—. La coalición de gobierno, que sumaba 64 escaños, caía a 45 en las encuestas. El camino de Netanyahu hacia la salida del poder y la ruina política parecía prácticamente allanado.

Casi tres años después, la coalición de Netanyahu sigue sin alcanzar la mayoría, y las encuestas la sitúan generalmente entre 49 y 54 escaños. Sin embargo, en comparación con su situación justo después del 7 de octubre, ha vuelto con fuerza a la contienda, y otra victoria de Netanyahu no es en absoluto inconcebible. Tampoco se puede afirmar con certeza que las encuestas realizadas por el encuestador Shlomo Filber —afín a Netanyahu— y el Canal 14, que suelen dar la mayoría al bloque gobernante, estén totalmente equivocadas.

En los últimos tres años, la coalición ha sobrevivido a casi todos los retos parlamentarios a los que se ha enfrentado. Ha aprobado presupuestos y leyes fundamentales para su programa, e incluso se ha ampliado: Con la incorporación de Gideon Sa’ar y cuatro miembros de su partido al gobierno de emergencia tras los sucesos del 7 de octubre, la coalición cuenta ahora con 68 escaños, frente a los 64 originales.

Hay varias explicaciones posibles para la notable estabilidad del gobierno tras lo que fue, sin duda, uno de los fracasos más graves de la historia de Israel. Pero la explicación más convincente es que el gobierno ha convertido la guerra en una situación permanente, sin un final claro a la vista. Nada refleja mejor esto que el mantra de Netanyahu de la victoria total, un concepto cuyo significado ni siquiera se ha molestado en definir.

La guerra, en sus diversas formas —aniquilación y expulsión en Gaza; ocupación y destrucción en el Líbano; guerra a distancia con Irán; expansión de los asentamientos, confiscación de tierras y desplazamiento de la población palestina en Cisjordania— ha cumplido dos funciones políticas simultáneamente. Ha sido el pegamento que ha mantenido unida a una coalición plagada de contradicciones y tensiones internas y le ha dado al Gobierno legitimidad pública incluso entre los sectores que le son hostiles, incluidos muchos de los que se pasaron años protestando contra Netanyahu en las calles de Tel Aviv.

Aunque el apoyo al propio Netanyahu fuera bajo, el respaldo a sus campañas militares en Irán, Líbano y Gaza se mantuvo alto. Cisjordania es el único escenario en el que las acciones del Ejército y su apoyo a los pogromos de los colonos no gozan del mismo consenso generalizado. Sin embargo, incluso allí, el desacuerdo rara vez se ha traducido en una oposición activa a las políticas del Gobierno o a las milicias de colonos que actúan como sus representantes.

Las raíces de la guerra eterna
Ha habido varios incentivos políticos concretos para mantener la guerra durante casi tres años. Los socios de la coalición de extrema derecha de Netanyahu –el Sionismo Religioso de Bezalel Smotrich y Otzma Yehudit de Itamar Ben Gvir–, junto con figuras destacadas del Likud, se opusieron desde el principio a cualquier acuerdo que supusiera la liberación de los rehenes israelíes a cambio de un alto el fuego y la retirada israelí de Gaza. Netanyahu entendió, por tanto, que aceptar un acuerdo así podría llevar al colapso de su Gobierno.

Cuando Smotrich se jactó hace poco de que tenía una «influencia decisiva» sobre la guerra, y de que sin él el Ejército quizá nunca habría entrado en Rafah, no hablaba sin fundamento. Puede que Netanyahu sea el dueño de la frase victoria total, pero si no fuera por las limitaciones impuestas por su coalición, es muy posible que hubiera buscado una salida temprana de la guerra por motivos de interés político propio.

Junto a estos grandes cálculos políticos hay otros más mezquinos, aunque quizá no menos trascendentales. Casi inmediatamente después del 7 de octubre, la oposición y la sociedad civil empezaron a pedir una comisión estatal de investigación sobre los fallos de seguridad que rodearon el ataque liderado por Hamás. Sabiendo que tal investigación supondría una condena contundente de las políticas impulsadas por el hombre que se autodenomina «el señor Seguridad», los responsables del Gobierno insistieron en que solo podría comenzar una vez que la guerra hubiera terminado. Casi tres años después, no se ha creado dicha comisión y la guerra sigue.

Una guerra interminable también beneficia al establishment militar. Las afirmaciones autocomplacientes y tremendamente exageradas del portavoz del Ejército sobre el número de terroristas muertos en los últimos tres años dan la impresión de una institución que intenta llenar el abismo creado por su fracaso del 7 de octubre con montañas de cadáveres palestinos, libaneses e iraníes, y con la devastación de sus ciudades e infraestructuras.

Pero lo que ha resultado especialmente letal es la convergencia entre la necesidad política de supervivencia de la coalición y la mentalidad transferista, incluso genocida, que se afianzó entre gran parte de la opinión pública judío-israelí tras el 7 de octubre.

Sin pretender justificar la horrible y criminal masacre de Hamás, una posible conclusión del 7 de octubre fue que la continua evasión por parte de Israel de la cuestión de los derechos palestinos, al tiempo que mantenía la ocupación en Cisjordania y el asedio a Gaza, hizo que la explosión fuera inevitable. Las y los palestinos llevaban años advirtiendo de esto: desde las facciones más radicales hasta los funcionarios conciliadores de la Autoridad Palestina comprometidos con el diálogo político con Israel, pasando por activistas judíos de la izquierda radical israelí.

Sin embargo, la conclusión a la que llegó la inmensa mayoría de los israelíes judíos fue justo la contraria. El 7 de octubre se vio como la prueba de que las y los palestinos siempre habían querido «echarlos al mar»; de que el error de Israel había sido mostrarse demasiado moderado; y de que, por lo tanto, la única respuesta posible era algo parecido al «Plan Decisivo» de Smotrich: expulsión, destrucción y aniquilación.

Y en el momento crítico, la derecha ofreció a la sociedad judía israelí una respuesta basada en un precedente histórico que todos los israelíes conocen, aunque esté enterrado en su subconsciente: la Nakba, o la eliminación del pueblo palestino. La facilidad con la que la frase «no hay inocentes en Gaza» se convirtió en sentido común entre la opinión pública israelí marcó, quizás, la mayor victoria política de la derecha.

Los judíos israelíes aceptaron la guerra como única opción, la normalizaron y la integraron en su día a día. Como resultado, llegó a parecer razonable que las y los ciudadanos tuvieran que cumplir cientos de días de servicio de reserva cada año, o que el presupuesto de defensa se disparara hasta alcanzar proporciones monstruosas.

La sociedad israelí convirtió los demonios que ella misma había creado en política. Los israelíes mostraron una indiferencia extraordinaria hacia la vida de los palestinos y palestinas, respaldaron de forma abrumadora el plan de reasentamiento de Donald Trump para los habitantes de Gaza y, en gran medida, se regodeaban con la capacidad de Israel para ejercer una fuerza prácticamente sin límites en Gaza, el Líbano e Irán. La fama del rabino Avraham Zarbiv, el jefe de las excavadoras de Israel en Gaza, y el reciente vídeo de campaña boom-boom del ministro de Defensa, Israel Katz, son fruto de este proceso.

En noviembre de 2023, solo 36 días después de que empezara la guerra, Netanyahu declaró que entre los objetivos de Israel estaban el control de seguridad indefinido sobre Gaza y evitar el regreso de la Autoridad Palestina. Estaba claro que estaba cediendo a la presión de la derecha. Pero también estaba claro, como escribí en su momento, que esos objetivos eran inalcanzables. Al adoptarlos, Netanyahu estaba, en la práctica, «apostando por una guerra muy larga –quizá incluso interminable–».

Por esas mismas fechas, Netanyahu invocó el mandamiento bíblico de «recordar lo que te hizo Amalec» en una carta dirigida a los soldados israelíes. La combinación de esos dos elementos –objetivos políticos inalcanzables y la descripción del enemigo como una entidad con la que el compromiso no solo es indeseable, sino bíblicamente inconcebible– sentó las bases para una guerra que, en la práctica, no se puede ganar.

Amalek solo puede ser sometido por la fuerza y aniquilado. Y como este Amalek contemporáneo se ha expandido hasta abarcar prácticamente todo Oriente Medio —Hezbolá en el Líbano, los hutíes en Yemen y, por supuesto, Irán, la supuesta «cabeza de la serpiente»–, la promesa de una victoria total supera ahora no solo las capacidades de Israel, sino las de cualquier país del mundo, incluido Estados Unidos.

El talón de Aquiles de Netanyahu
Es precisamente aquí, en el abismo que separa las grandilocuentes promesas de Netanyahu de un nuevo Oriente Medio –uno alineado con Israel y purgado de enemigos que insisten en la autodeterminación palestina– y la imposibilidad fundamental de hacerlas realidad, donde se encuentra el talón de Aquiles de Netanyahu. Porque esa misma guerra eterna que permitió al primer ministro y a su coalición salir del abismo político tras octubre de 2023 podría, en última instancia, impedirles ganar las elecciones de octubre de 2026.

La mayoría de los israelíes entiende, de forma consciente o no, que la victoria total es inalcanzable. A pesar de toda la matanza y la destrucción que Israel ha causado en toda la región, y a pesar del inmenso precio que los propios israelíes han pagado en vidas, seguridad económica y bienestar social, hoy nadie se siente mucho más seguro que la mañana del 7 de octubre.

Esa contradicción ha estado presente durante toda la guerra. Alimentó las protestas encabezadas por las familias de los rehenes, que se negaron a sacrificar a sus seres queridos por unos objetivos militares que consideraban imposibles. También mantuvo viva cierta crítica de los medios hacia Netanyahu: aunque la mayoría de los medios se abstuvieron de cuestionar la idea de que Israel no tenía más remedio que seguir luchando, destacaron repetidamente la brecha entre la retórica grandilocuente de Netanyahu y la realidad.

También ha intensificado la batalla por el servicio militar de los ultraortodoxos, quizás el tema más humillante y divisivo dentro de la coalición de derecha en la actualidad. Si Israel está destinado a una guerra interminable en múltiples frentes, simplemente no hay suficientes soldados para sostenerla.

Los israelíes pueden ver que, después de tres años, Hamás sigue en Gaza y los palestinos no han desaparecido. Hezbolá sigue existiendo, a pesar de la devastación infligida al sur del Líbano. Pero el momento en el que la brecha entre las ambiciones imperiales de Israel y la realidad material se volvió más difícil de ocultar fue tras la última guerra con Irán. Israel no solo fracasó rotundamente en alcanzar sus objetivos, sino que salió debilitado, casi totalmente a merced del presidente Donald Trump y, en cierta medida, también de Irán.

El fracaso de la guerra con Irán también ha hecho que los israelíes sean más conscientes del aislamiento internacional en el que su Gobierno los había sumido.

Puede que interpreten la hostilidad hacia Israel como antisemitismo, pero también ven cómo los candidatos al Congreso que describen las acciones de Israel en Gaza como un genocidio ganan las elecciones en Estados Unidos. Oyen cómo figuras de la derecha como Tucker Carlson presentan a Israel como una amenaza para Estados Unidos y para el mundo. Cada vez les preocupa más identificarse como israelíes cuando viajan al extranjero, y eligen los destinos de vacaciones según el nivel de simpatía pro-palestina que haya. También leen que las potencias regionales están formando alianzas militares cuyo objetivo, apenas disimulado, es contrarrestar la amenaza israelí.

En Cisjordania, también, la derecha está empezando a enfrentarse a las consecuencias de su propio éxito excesivo. Para Smotrich y los de su calaña, el Líbano, Irán e incluso Gaza siempre han sido escenarios secundarios. El corazón del proyecto es Cisjordania. Allí, la derecha ha invertido enormes recursos: cientos de asentamientos, explotaciones agrícolas y nuevos asentamientos de gran envergadura; la destrucción de campos de refugiados y el desplazamiento de decenas de miles de sus residentes; el estrangulamiento de la economía palestina y el debilitamiento sistemático de la Autoridad Palestina.

Pero a pesar de estos éxitos, la privatización de la violencia en Cisjordania por parte de la derecha –que, en la práctica, la externaliza a las milicias de colonos– también ha hecho que el Ejército parezca débil e impotente. Las consecuencias de este proceso se están haciendo evidentes ahora en el asedio de las familias palestinas en Qusra por parte de los colonos, lo que está dando lugar a un espectáculo con el que una parte importante de los israelíes se siente incómoda.

¿Acabará la guerra eterna que ha fomentado la derecha para salvarse de la catástrofe del 7 de octubre provocando, en última instancia, su propia caída? Todavía es muy pronto para saberlo. A excepción de algunas voces de los demócratas de la izquierda sionista, ninguno de los partidos judíos de la oposición israelí cuestiona de verdad el paradigma de la guerra permanente. Algunos líderes de la oposición, como el ex primer ministro Naftali Bennett y Avigdor Lieberman, incluso atacan a Netanyahu desde la derecha, acusándole de ser «demasiado blando» y de no «ir hasta el final».

Si se forma un nuevo Gobierno, le resultará difícil ignorar la contradicción que ahora amenaza el mandato de Netanyahu: la que existe entre la aspiración a una victoria total –no solo sobre los palestinos, sino sobre toda una región– y el reconocimiento de que tal victoria no existe.

Gadi Eisenkot, actualmente el principal candidato a primer ministro, hasta ahora ha dado pocas señales de que pretenda abandonar el paradigma de Netanyahu. Pero el poder tiene la capacidad de hacer que las contradicciones sean más difíciles de evitar.

La creciente presión desde dentro de Israel –desde la crisis de efectivos del Ejército hasta la situación en Qusra, que pone en peligro la capacidad del Estado para desplegar sus propias fuerzas de forma eficaz– y desde el extranjero, con la perspectiva de un Congreso de EE UU muy crítico con Israel, puede empujar al próximo Gobierno a abandonar el principio central que ha definido el mandato de Netanyahu desde el 7 de octubre: el uso de la fuerza como única opción. Si ese paradigma empieza a resquebrajarse, podrían abrirse nuevas posibilidades políticas que hoy parecen casi inimaginables.

27/08/2026

Meron Rapoport es editor en Local Call

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Traducción: viento sur