En septiembre de 1960, en la ONU, Fidel Castro delineó claramente la política de liberación nacional como un derecho de los pueblos y la incondicional solidaridad de Cuba hacía esas luchas, fortalecida tras la derrota estadunidense de Playa Girón al año siguiente. Habló frente a MacMillan, Jruschov, Nasser, Nehru, Sukarno, NKrumah, Lumumba, Sékou Touré, Amílcar Cabral, entre los grandes de África. Desde entonces, Cuba desplegó una intensa actividad en Argelia, Etiopía, Guinea y Cabo Verde, el Suroeste Africano, Angola, Namibia, Mozambique y el Congo.
La diplomacia cubana fue, a diferencia de todas, una de corte revolucionario creada por el inigualable Canciller de la Dignidad, Raúl Roa, que además de luchador desde la revolución del 30, fue un intenso intelectual exiliado en México; sus alumnos, entrevistados por Lohania Aruca, despliegan con maestría y soltura muy cubanas sus habilidades revolucionarias. Hechos no contados hasta ahora aparecen en estas imprescindibles páginas. Avanzar en la lectura nos deja claro que el histórico motivo de Cuba no fue sólo la presencia desde 1511 de los esclavos negros que nutrieron la savia esencial de la isla hasta nuestros días, sino de una adelantada visión descolonizadora para ese violentado continente, impulsada decididamente por Fidel, Roa, Raúl, Che, Piñeiro, Almeida, Osmany y el pueblo cubano.
Las primeras armas que cruzaron el Atlántico fueron para Argelia en 1959, muchas otras lo hicieron para casi todo el continente, incluso “era más fácil enviar las armas para el movimiento revolucionario de América Latina desde Argelia que directamente desde Cuba” nos dice Oscar Oramas. Sus recuerdos hacen el recorrido por diversos países y dirigentes, cuando Sékou Touré le brinda su habitación personal y le dice “Fidel, en África sólo se le da la cama y el cuarto a un hermano”, o cuando a la salida de Conakri vieron un letrero enorme que decía: “Fidel Castro Ruz, camino infinito de la Historia”. Añade: “Cuando Angola declara su independencia el 11 de noviembre de 1974 ya hay cubanos allí, ya se realizó la defensa de Quifangondo!”. Siguió la batalla diplomática para lograr el ingreso de Angola independiente en la Organización para la Unidad Africana (OUA) y con ello entrar a la ONU; de entrada se contaba con el rechazo de Zaire y Sudáfrica, se llegó a un primer empate, para finalmente ganar su reconocimiento.
Su conclusión es apabullante: “Allí comprendí qué cosa es el colonialismo. Porque nosotros y nuestras generaciones actuales vivimos bajo el neocolonialismo. Pero vivir el colonialismo es otra cosa, mucho más humillante, más lacerante. Allí tuve y tengo la convicción de que África es futuro (…) por el talento ancestral que existe en esa tierra.”
El embajador Juan Sánchez Monroe, graduado en historia por la Lomonosov, empezó por aprender ruso para lograr descifrar las instrucciones que venían en los equipos soviéticos “quiero decir que este era un problema muy importante porque en la Crisis de octubre fueron muchas las situaciones difíciles porque las traducciones eran inexactas. Estuvimos al borde de la guerra, no porque los yanquis nos atacaran, sino porque rusos y cubanos no nos entendíamos.” Y así se considera un fundador de la rusística cubana. Empezó en la embajada de Cuba en la URSS en 1964, cuando se destituía a Jrushchov.
Analiza cómo el proceso de descolonización africano no fue comprendido cabalmente en los países del Norte desarrollado y tampoco en la URSS, sumergidos en la noción Este-Oeste: “pienso que desgraciadamente, el pensamiento teórico al respecto no evolucionó lo suficiente, quedó estático a partir de las conclusiones de Lenin sobre los países coloniales de principios de siglo (…) había un actitud de simpatía, pero nunca de verlos como compañeros de luchas en el combate por un mundo mejor y contra el imperialismo”.
*Autora de Entre Quetzalcóatl y el Che, Laurette Sejourné una vida a contracorriente en el México del siglo XX