
En Afroféminas llevamos más de una década sosteniendo que el racismo sería el eje que marcaría la lucha política de las próximas décadas en este país. Lo dijimos cuando la conversación pública prefería mirar hacia otro lado, cuando denunciar el racismo estructural se recibía como una exageración de mujeres negras demasiado sensibles. Los hechos de este último año, y de manera brutal las últimas semanas en Ceuta, confirman aquello que llevamos años nombrando desde nuestro propio cuerpo y nuestra propia experiencia. Lo que ocurre allí no es la aparición repentina de un racismo nuevo, es la exhibición sin disimulo de una estructura que este país llevaba generaciones negando.

Este racismo descarnado no es un fenómeno exclusivamente español. El líder de Vox, Santiago Abascal, habló de invasión apenas empezaban a llegar personas a Ceuta, y horas después Donald Trump repitió la misma palabra desde Estados Unidos, presentando lo ocurrido en la ciudad autónoma como advertencia de lo que podría pasar si los demócratas volvían al poder. En Francia, un eurodiputado de Rassemblement National llegó a decir que la novela distópica que imagina una invasión migratoria masiva de Europa había dejado de ser ficción. El racismo que hoy se vive en las calles de Ceuta, y que se extiende por todo el territorio español, forma parte de un guion transnacional, ensayado y repetido en distintos países con el mismo vocabulario y el mismo objetivo, convertir la llegada de personas migrantes en una amenaza colectiva. Nombrar a una persona como invasora la borra como persona y la convierte en enemigo frente al que hay que defenderse. España ya no es espectadora de esa operación, es uno de sus laboratorios.

España construyó buena parte de su identidad democrática sobre la negación de su racismo. Se presentó ante Europa y ante sí misma como el país tolerante, el que recibió migración sin los estallidos xenófobos de Francia o Reino Unido, el que podía hablar de convivencia sin mirar de frente su historia colonial. Esa ficción ya no aguanta. Un niño marroquí de ocho años recibió un disparo de perdigones en la cabeza mientras estaba junto a su familia. Vecinos reparten gas pimienta entre encapuchados que salen a cazar a quien consideran fuera de lugar. Un hombre español, con residencia legal desde hace más de una década, recibió un puñetazo en la calle por tener el aspecto equivocado, y sus agresores le exigieron el DNI como si portar papeles bastara para merecer no ser golpeado. Más de noventa organizaciones han firmado ya un comunicado conjunto pidiendo una investigación sobre lo que ocurre en esa frontera. Esto se repite semana tras semana, con nombres, con heridas, con denuncias que se acumulan, y no viene de la nada, es la continuación directa de lo que ya vimos en Torre Pacheco, la prueba de que la violencia racial ya forma parte del repertorio político español.
La violencia no se limita a civiles armados con gas pimienta o rifles de perdigones. Una veintena de personas migrantes ha denunciado palizas, humillaciones y robos por parte de militares desplegados en los barrios de Ceuta, mientras miles de personas siguen atrapadas en la ciudad sin ser trasladadas a la Península. En el barrio donde fue atacado el primer menor, otra persona migrante sufrió después un ataque idéntico, también con perdigones, y en Loma Colmenar un vecino ceutí corrió la misma suerte por un error de identificación. La repetición del método, gas pimienta, perdigones, exigencia de identificación en plena calle, no es casualidad, es un protocolo que se transmite de barrio en barrio.
Durante años, buena parte de la izquierda española situó la batalla política en otro terreno. Pensó que el frente decisivo era el feminismo, dejó en segundo plano las advertencias que llegaban desde comunidades racializadas, y hoy paga esa apuesta equivocada de la peor manera posible, con el propio feminismo convertido en parte del problema. Parte del feminismo mediático, blanco e institucional, ha encontrado en la crisis de Ceuta el terreno donde tirar sus propios principios a la basura. Ese feminismo se suma sin pudor al señalamiento de los hombres racializados como enemigo colectivo. El periodista y activista antirracista Youssef M. Ouled lo dice con claridad, no existe un patriarcado racializado, existe un racismo estructural e institucional que genera las condiciones para que las mujeres sufran violencia patriarcal, y la práctica totalidad de esa violencia en Ceuta la sufren mujeres migrantes, no mujeres blancas.

La socióloga Sara R. Farris llama a esto femonacionalismo, el uso del discurso sobre los derechos de las mujeres para legitimar proyectos nacionalistas, racistas e islamófobos. España es hoy su ejemplo de manual. La violencia sexual que sufren las mujeres migrantes se convierte en munición política solo cuando sirve para sostener el relato de la invasión, y desaparece en cuanto deja de ser útil para ese relato. Ese feminismo no protege a nadie, sirve de coartada, y la extrema derecha la ha tomado con entusiasmo.
Los medios de comunicación no son un actor secundario en esta normalización, son uno de sus motores principales. Según el Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia, una quinta parte de las informaciones sobre migración utiliza un lenguaje alarmista, con términos como oleada, invasión o asalto a la valla, y ocho de cada diez piezas se construyen sin una sola fuente migrante. Ese vocabulario no vive solo en medios abiertamente de extrema derecha, vive en las cabeceras generalistas, en las portadas que hablan de asalto cuando describen a personas huyendo de la pobreza o de la guerra, y sobre todo vive en las tertulias. Ahí es donde el racismo se vuelve entretenimiento diario, con tertulianos que repiten sin filtro el vocabulario de la extrema derecha, que presentan la invasión como hecho consumado en lugar de como relato interesado, y que reciben el mismo espacio y el mismo respeto que cualquier otra opinión legítima. Ese formato lava el lenguaje racista, lo convierte en una postura más dentro del debate, y lo devuelve al día siguiente convertido en sentido común de barra de bar. Llamar invasión a la llegada de personas empobrecidas convierte automáticamente a esas personas en enemigo militar, y a cualquier violencia contra ellas en defensa legítima. Ese lenguaje se ha repetido en las calles de Ceuta en su forma más literal, con vecinos gritando frases como hay que cazarlos o que no quede ni uno, expresiones que en cualquier otro contexto identificaríamos sin dudar como llamado al exterminio, y que hoy circulan con la misma naturalidad con la que un tertuliano las repite en directo.
A ese vocabulario se suma una pornografía mediática que circula cada día sin que nadie la cuestione. Las mismas imágenes se repiten en bucle, personas migrantes desplazadas como si fueran ganado, empujadas, golpeadas, humilladas, captadas en el instante exacto de su desesperación. La sociedad las mira impávida, con asco, con odio y con un miedo que existe solo en el relato que lo justifica. Esas imágenes recuerdan demasiado a las que hemos visto salir de Gaza y de otros desplazamientos forzosos, cuerpos convertidos en espectáculo, el dolor ajeno consumido como entretenimiento y nunca como motivo para actuar. Los medios que difunden esas imágenes sin contexto, sin nombre y sin voz propia para quienes las protagonizan no informan, exhiben, y esa exhibición los convierte en cómplices directos de la deshumanización que después permite la violencia en la calle.
Ayer, 19 de septiembre, colectivos como SOS Racismo, Border Resistance y el Colectivo Migrantes Transgresorxs se concentraron en Madrid para denunciar la frontera colonial y racista de Ceuta y Melilla, y reclamaron una investigación internacional sobre las denuncias de violencia y torturas. Señalaron además una vulnerabilidad añadida que casi nunca aparece en la conversación pública, la de las personas LGTBI migrantes, con un cálculo aproximado de doscientas personas visibles en esa situación solo en Ceuta. Cuando la respuesta institucional tarda, son las organizaciones de base las que sostienen la denuncia, y son ellas, junto a las propias personas afectadas, las que disputan el relato dominante y recuerdan lo que la invasión pretende borrar, que detrás de las cifras hay personas que hablan, organizan, denuncian y resisten.
En Afroféminas nombramos esto porque forma parte de nuestro trabajo desde 2014, cuando nacimos como el primer espacio digital afrofeminista en español. Nacimos precisamente de la ausencia, de la constatación de que las mujeres negras no encontrábamos un lugar propio ni en el feminismo blanco ni en los espacios antirracistas dirigidos por hombres. Esa doble ausencia nos permitió ver con anticipación lo que ahora se despliega ante todos, la forma en que racismo y patriarcado se recombinan según convenga a quien detenta el poder. No hay contradicción entre denunciar la violencia sexual que sufren las mujeres migrantes y rechazar que esa violencia se use para perseguir a los hombres racializados. Ambas cosas pertenecen a la misma estructura de poder, y separarlas para quedarse solo con la que resulta políticamente cómoda es una forma de complicidad.
Lo que ocurre en Ceuta se estudiará en el futuro como el momento en que España dejó de poder sostener el relato de su propia excepcionalidad. Los libros de historia recogerán el lenguaje de las portadas, las cacerías filmadas con teléfonos móviles, el silencio de gran parte de una izquierda que miró hacia otro lado mientras aún podía hacer algo. Nosotras seguiremos nombrando lo que vemos, con la misma insistencia con la que lo hicimos hace diez años, sabiendo que esta vez son más quienes empiezan a escuchar, y sabiendo también que escuchar tarde ya se está pagando en cuerpos concretos, en las calles de Ceuta y fuera de ellas.
