

Recuerdo bien la primera vez que me fijé en cremas de «blanco perfecto» y «claridad absoluta», hace ya muchos años. No fue solo la promesa de los nombres lo que me llamó la atención. Fue la cantidad. Estaban por todas partes, en los mercados, en las tiendecitas de cosmética, en los puestos callejeros. Todas prometían lo mismo, una piel más clara, más bonita, más uniforme. En aquel momento sentí una extrañeza y me preguntaba por qué existen tantos productos solo para cambiar el color de la piel, y por qué tantas mujeres los buscan.
Hoy, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que aquellas cremas eran solo el principio.El mercado de la ilusión en las redes sociales
Actualmente, el mercado está lleno de marcas nuevas que aparecen y desaparecen con facilidad. Muchos de estos productos se venden sin decir qué contienen, sin mostrar quién los fabrica, sin explicar de dónde vienen, sin instrucciones de uso y, muchas veces, sin ninguna garantía de que sean seguros para la piel. Basta ver algunas transmisiones en vivo en las redes sociales para entender cómo esto ocurre todos los días. Se habla de cremas que «aclaran poco», otros que «aclaran mucho», unos para quedar «mulata» y otros para quedar «bien blanca». La piel se convierte en un proyecto que nunca termina, siempre necesitando un ajuste más.
Noto también que rara vez se usa la palabra correcta. Se habla de «abrir la piel», de «uniformizar», de «dar brillo», como si hiciera falta disfrazar aquello que, en la práctica, es aclarar. Ese lenguaje no es casual. Es lo que permite que la práctica siga siendo visible en cualquier mercado, en cualquier transmisión en vivo, y al mismo tiempo nunca se discuta como lo que realmente es, un problema estructural, a la vista de todos, aunque rara vez nombrado.
El filósofo camerunés Achille Mbembe describe cómo el capitalismo contemporáneo transforma el cuerpo negro en mercancía, ofreciendo a quien lo habita la ilusión de que modificarlo es solo una elección libre de autocuidado. Al rebautizar el aclaramiento con palabras suaves, el mercado vende esa misma ilusión de autonomía, ocultando el patrón que, en realidad, sigue imponiendo.
Esto es mercado. Y el mercado vende aquello que sabe que vamos a comprar.
La fragilidad del discurso
Hay algo más que me parece revelador. Cuando alguien cuestiona estos productos, su composición, su seguridad, el canon de belleza que promueven, algunas vendedoras responden no con hechos, sino con ataques a la apariencia de quien pregunta. En lugar de explicar qué contiene la crema, atacan la piel, el cuerpo o la belleza de otra mujer. Esto dice mucho. Cuando el argumento para defender un producto es insultar a quien duda de él, el propio negocio revela su fragilidad. Yo entré en varias transmisiones en vivo y pude comprobarlo, incluso fui bloqueada en algunas por cuestionar. Un producto seguro no necesita defenderse atacando a otras mujeres. Solo necesita mostrar qué contiene.
Ya he visto transmisiones en vivo donde la vendedora, al ser cuestionada, insiste en que «el problema no es el color de la piel, es la calidad del producto». Minutos después, en la misma transmisión, describe las pieles más oscuras como algo a corregir y asocia la piel más clara con ventaja, con estatus, con un «trato VIP». La contradicción es reveladora, el discurso de responsabilidad y salud esconde, en el fondo, la misma jerarquía de siempre, la idea de que un color vale más que otro. Escuché eso y pensé, de inmediato, en una sala de entrevista donde ya había sentido, en la piel, lo que significa no encajar en un «perfil adecuado».
Cuanto más observo esto, más me convenzo de una cosa: no estamos hablando solo de cosmética.
Estamos hablando de memoria.
La memoria viva de la colinealidad
El colonialismo terminó oficialmente en Mozambique en 1975. Terminó como sistema político. No terminó, sin embargo, en nuestra manera de pensar. Sigue presente en la forma en que aprendimos a mirar los cuerpos, en lo que consideramos bonito, en lo que creemos que da éxito, en lo que consideramos elegante o incluso profesional.
El colonialismo ya no manda en el territorio.
Sigue, en silencio, mandando en muchos cuerpos africanos. Queda guardado como una memoria que nadie escribió en un libro de historia, pero que todas cargamos de alguna forma, en los gestos, en las palabras, en los elogios que hacemos o dejamos de hacer.
Aun estando en África, aun estando en Mozambique, tierra nuestra, este problema no viene de fuera. Vive dentro de nuestras propias vivencias, en nuestras casas, en nuestras familias, en las conversaciones entre amigas, en las decisiones que tomamos cada día sin preguntarnos de dónde vinieron.
Durante siglos, el dominio colonial portugués enseñó que cuanto más parecido a lo blanco, mejor. La piel clara, los rasgos europeos, el cabello liso, la lengua y las costumbres del colonizador se presentaron como sinónimo de civilización, de progreso, de distinción. La independencia nos devolvió el país. No borró, sin embargo, esas ideas de nuestra cabeza de un día para otro. Se quedaron, en nuestras familias, en las escuelas, en las instituciones, en la forma en que nos vemos unas a otras.

Esto es la colinealidad, no lo que ocurrió hace cien años, sino lo que sigue ocurriendo hoy, dentro de nosotras.
Por eso creo que aclarar la piel no es solo una elección estética. Las decisiones que tomamos nunca nacen de la nada. Están moldeadas por la historia que vivimos, por los cánones de belleza que nos enseñaron, por la educación que recibimos, por lo que vemos en la televisión y en las redes sociales, y también por las oportunidades que la vida nos da o nos niega.
En Mozambique, como en muchos otros países africanos, todavía existe lo que se llama colorismo, la idea de que cuanto más clara la piel, mayor el valor de la persona. No siempre se dice abiertamente. Muchas veces aparece de forma escondida, en un elogio, en una preferencia, en una oportunidad que llega para unas y no para otras. La piel más clara sigue, en muchos contextos, ligada a la belleza, al estatus social e incluso a la idea de competencia laboral.
Esto es discriminación entre nosotras mismas, dentro de la misma familia, del mismo barrio, del mismo color de piel que, al final, tiene muchos tonos.
Y esto no se queda solo en la publicidad o en las redes sociales.
Llega también al mercado laboral. Llega a la forma en que somos aceptadas, o no, en los espacios donde queremos ser vistas como capaces.
La piel del privilegio
Muchas mujeres en Mozambique sienten esto en la piel, aunque no lo digan en voz alta, cuanto más clara la piel, más fácil parece el acceso a ciertos espacios. A las entrevistas de trabajo. A los puestos de atención al público. A los lugares donde se espera que alguien «represente bien» a una empresa o una institución. No es una regla escrita en ninguna parte. Es, sin embargo, una regla que se siente, en la forma en que se es recibida, mirada, evaluada antes incluso de abrir la boca.
No es la belleza lo que abre esas puertas. Es la cercanía con un ideal que nunca nació en África.
Escribo esto porque viví una situación que nunca pude olvidar.
En 2014 me presenté a una vacante de asistente social para trabajadores, en un banco de Mozambique. La entrevista telefónica fue muy bien. Mi experiencia, mi formación y mi trayectoria fueron valoradas. Salí de aquella llamada con la certeza de que tenía buenas posibilidades de conseguir el puesto.
Todo cambió cuando fui a la entrevista presencial.
La entrevistadora, una mujer blanca de origen portugués, pareció sorprendida al verme. Al final de la conversación me dijo que mi currículum era excelente, que mi experiencia correspondía exactamente a lo que buscaban, y que la entrevista había confirmado todas mis competencias. Añadió, no obstante, que el puesto exigía trabajar directamente con la administración del banco, compuesta por personas «muy conservadoras», y que, por eso, yo no tendría el perfil adecuado.
Nunca me dijo que fuera por el color de mi piel.
Tal vez nunca pudiera decirlo.
Tal vez yo nunca pueda demostrar que ese fue realmente el motivo.
Nunca dejé de preguntarme, sin embargo, qué significa, en realidad, «no tener el perfil adecuado», cuando todo lo demás había sido reconocido como bueno. Qué significa no ser aceptada, incluso siendo competente.
Achille Mbembe ayuda a pensar este tipo de episodio. En sociedades estructuradas por la herida colonial, la cercanía con la blancura funciona como un visado invisible, es ella la que decide quién tiene acceso al empleo, a la protección, al estatus legítimo de competencia. Buscar una piel más clara, en ese contexto, rara vez es vanidad. Es, muchas veces, una estrategia desesperada de supervivencia y pertenencia.
Con los años, escuché historias parecidas de otras personas negras. Historias que, aisladas, pueden parecer coincidencia. Cuando se repiten, en lugares distintos, dejan sin embargo de ser solo casos aislados. Empiezan a mostrar un patrón que merece ser cuestionado. Un patrón sobre quién es aceptada y quién no. Sobre qué cuerpo representa «confianza» y qué cuerpo representa «riesgo».
Por eso me preocupa ver crecer cada vez más el mercado de los productos aclaradores. Lo que se está vendiendo no es solo una crema.
Es una promesa.
La promesa de que un tono más claro puede abrir puertas, despertar admiración, dar más confianza, o acercar a alguien a un ideal de belleza que, en realidad, nunca nació en África.
Y aquí llegamos al corazón de la cuestión, identidad.
En el fondo, lo que estas mujeres buscan no es dejar de ser africanas. Es ser reconocidas tal como son, o convertirse en aquello que les enseñaron, desde pequeñas, a considerar más bonito, más digno, más cercano al éxito. Es una búsqueda de pertenencia, disfrazada de crema.
No escribo este texto para juzgar a las mujeres que usan estos productos. Sería profundamente injusto culparlas por patrones que también aprendieron, muchas veces desde niñas. La responsabilidad no es de quien compra la promesa. Es de quien la fabrica, de quien la vende sin explicar qué vende, y de quien se lucra con una jerarquía que nunca debió existir.
Escribo porque creo que necesitamos hablar de las estructuras que siguen moldeando nuestro cuerpo, nuestra autoestima, nuestra identidad, y la forma en que aprendimos qué es ser bonita y qué es ser reconocida.
Mientras un tono más claro siga siendo visto, aunque en silencio, como sinónimo de éxito, prestigio, belleza o competencia, seguirá existiendo quien se lucre con esa idea y una memoria colonial dispuesta a alimentarla.
La verdadera cuestión nunca fue la crema.
La verdadera cuestión es la idea que vende, que nuestra piel, tal como es, todavía no basta. Que necesitamos cambiar para ser aceptadas, para ser vistas como bonitas, para tener valor.
Porque ningún producto químico puede borrar siglos de colonialismo.
Mbembe llama a ese proceso alienación, el momento en que la persona colonizada internaliza la mirada de quien la colonizó y pasa a rechazar su propio cuerpo. Por eso, la verdadera descolonización no se resuelve solo con la independencia de un territorio. Empieza el día en que dejemos de mirarnos a nosotras mismas con los ojos de quien nos quiso borrar.
El colonialismo sigue, sin embargo, todos los días, intentando cambiar la forma en que nos vemos a nosotras mismas, y la forma en que decidimos, o no, aceptarnos.
Tal vez la verdadera descolonización empiece el día en que dejemos de buscar, en nuestra propia piel, aquello que el colonialismo nos convenció de que nos faltaba. El día en que nuestra identidad, nuestro color y nuestra historia dejen de necesitar ninguna crema para ser reconocidas como suficientes.
La primera vez que vi un frasco de aquellas cremas de nombre «perfecto» me pregunté por qué tantas mujeres querían aclararse la piel. Hoy haría una pregunta distinta, ¿quién ganó tanto dinero convenciendo a generaciones enteras de mujeres de que había algo mal en el color que heredaron?
Tal vez esa sea la pregunta que verdaderamente importa. Porque ninguna crema vende solo una piel diferente. Vende una promesa de pertenencia. Y mientras la pertenencia siga teniendo un color, siempre habrá un mercado dispuesto a lucrarse con una historia que empezó mucho antes de que cualquier frasco llegara a los estantes.

Mariza Castro Dias
Maputo, Mozambique

