El debate sobre las causas de esta llegada repentina y masiva ha hecho las delicias de conspiranóicos de toda clase. Para algunos, la culpa es de la regularización de migrantes impulsada por el gobierno español; para otros, de una sentencia del Tribunal Supremo que prohibía las devoluciones en caliente –devolución automática en la propia frontera– de las personas llegadas por mar. Ambas habrían provocado un efecto llamada.
Hay quien, por fortuna, ha mirado un poco más allá y ha señalado al autócrata monarca que gobierna Marruecos, Mohammed VI, y su aparato de seguridad, sin la colaboración del cual difícilmente puede entenderse un suceso así. Que apenas 10 días antes el presidente español, Pedro Sánchez, hubiera visitado Argelia, eterna rival de Marruecos, no es una anécdota. Que Marruecos sea uno de los grandes aliados de Trump –y de Netanyahu, a su manera–, tampoco. Todo en una época en la que Ormuz ha recordado la importancia vital de estrechos marítimos como Gibraltar.
Es probable que todos estos elementos confluyesen el 30 de julio en el espigón del Tarajal, epicentro de la entrada de migrantes en Ceuta. Cabe sumar, sin embargo, dos cuestiones estructurales que han brillado por su ausencia en el debate público, por obvias que parezcan. Pueden formularse como preguntas: ¿Por qué hay miles de personas esperando su oportunidad para pasar de África a Europa? ¿Por qué hay dos ciudades españolas en territorio africano? Las respuestas exceden a las posibilidades de este texto, pero sin hablar de colonialismo difícilmente va a entenderse nada.
De las causas a las consecuencias. El espectáculo que ha ofrecido Europa ha sido bochornoso. La Italia de la ultraderechista Giorgia Meloni y la Dinamarca nominalmente socialdemócrata propusieron sacar a España del espacio Schengen, el acuerdo fronterizo que permite la libre circulación de personas entre países europeos, obviando que Ceuta ni siquiera forma parte de dicho espacio –es decir, para acceder de Ceuta a la península hay controles ordinarios–. Italia fue más allá y, de hecho, suspendió el acuerdo de Schengen con España, lo que implica controles en una frontera inexistente entre ambos países.
La esperpéntica coalición italo-danesa, que ya funcionó para impulsar un endurecimiento de la política migratoria europea, también logró que otros 20 países criticaran la regularización española en una carta que entra directa a la galería de vergüenzas comunitarias.
Pero también hay ridículos de kilómetro cero. A la derecha española le ha faltado tiempo para tratar de rentabilizar políticamente la entrada de migrantes, llegando a pedir a Sánchez la expulsión directa y colectiva de los menores de edad llegados a Ceuta. Es decir, pidiendo al gobierno que prevarique e incumpla la Ley de Extranjería que el propio PP aprobó en su día. Las imágenes de miles de jóvenes magrebíes cruzando una frontera desprotegida son una pólvora que el PP, entregado al programa de “prioridad nacional” de Vox, cree en la obligación de aprovechar.
Las imágenes de la entrada y los titulares sobre la “avalancha” o la “invasión” hurgan en el miedo que lleva tiempo sembrado. Las soflamas contra los recién llegados se convierten en un lugar dónde volcar rabias y frustraciones. La corta distancia entre el miedo y la ira es la que separa a la extrema derecha del poder; eliminarla es su objetivo. En el camino, esta espiral tóxica oculta el drama real, resumido en la construcción acelerada de nichos de hormigón en el cementerio musulmán de Ceuta, donde serán enterrados sin identificación la mayoría de los 82 cuerpos recuperados del mar –nadie sabe cuántos murieron en realidad–. Del mismo modo, ahoga y silencia otros relatos igualmente reales, como los de los vecinos de la barriada ceutí de El Príncipe, que protegen en un campamento improvisado a las menores más vulnerables llegadas a la ciudad.
En esta tempestad navega, una vez más, el gobierno de Pedro Sánchez, con la fuerza justa para arañar algo de oxígeno de vez en cuando. Nadar a contracorriente como forma de gobernar tiene su épica, pero para cambiar las cosas hace falta algo más que sobrevivir. Sánchez lo ha hecho bien sacando los colores a sus socios europeos, pero ha caído en el ridículo al responsabilizar a las mafias y ensalzar la colaboración con las autoridades marroquíes, sin cuyo concurso sabe perfectamente que no hubiera existido semejante entrada de migrantes. Confesión de una debilidad estructural, Madrid confirma así que Marruecos tiene una de las llaves maestras de su estabilidad. Hay que elegir mejor en manos de quién deja uno sus miedos.