Carta desde Casillas (sobre los incendios de julio en el Valle del Tiétar)

Borja Segovia

 

Llevaba ya años buscando una finca por todos los alrededores de Madrid. Me llamó mucho la atención el Valle del Tiétar por toda su exuberancia, sus manantiales y frondosos bosques. Ya antes de llegar a Casillas por primera vez me maravillé al verlo desde la carretera, enclavado en medio de un hermoso bosque de castaños, que aquel día lucían flores amarillas y anaranjadas. Me traía a mi infancia, cuando las usaba para hacer platos de espaguetis y subía a sus formidables ramas para construir cabañas y perseguir a las ardillas. Me paralizaba imaginar aquel paisaje destruido por las llamas.

Ayer al fin me dejaron entrar a mi finca en Casillas para atender a las colmenas. El encargado de agricultura y ganadería de Ávila demostró humanidad, cercanía y empatía para facilitar a las personas con ganado que pudiéramos acceder hablando e insistiendo a la policía para que nos dejaran pasar. Hablando todo el día por teléfono y WhatsApp con personas desesperadas de toda Ávila desde su número personal.

Cuando volví a ver aquel bosque de castaños una piedra cayó de mi pecho. Las abejas estaban en una zona donde el fuego se había quedado a unos 7 kilómetros sin peligro, así que decidí dejarlas allí. Estuve un rato parada frente a una caja hasta que vi salir a una abeja, ¡siguen allí!

 

Foto: Amaya Abella

En mi finca al oeste del pueblo me emocionó ver algunas de mis plantas muy comidas por los animales y todo alrededor lleno de cagaditas. El bosque de atrás se veía bastante negro, gran parte de la reserva natural del Valle de Iruelas calcinada por los incendios. Imagino que habrán venido a mi finca porque hay una charca y un poco de verde. Me llena el alma pensar que les haya servido de refugio y hayan encontrado algo de comida.

El fuego se quedó a quizá un kilómetro de la finca, justo donde acaba la plantación de pinos y empiezan los castaños y los prados donde para nuestra fortuna pastan las ovejas y los caballos. Con su ayuda los vecinos consiguieron frenarlo.

Traje la furgoneta repleta de garrafas de agua, conservas y ropa. Dos hombres voluntarios me dieron las gracias. Sentí vergüenza… Gracias a vosotros. Ojalá me hubieran dejado entrar a ayudaros.

Me contaron que estuvieron casi solos hasta el lunes. El domingo por la noche fue lo peor. Les dijeron que se iba a quemar todo el pueblo con lo que venía. Sin embargo el lunes ya vinieron bomberos de Cantabria y de todos lados que sí que pudieron ayudarles a frenarlo. Antes de llegar uno de los bomberos me dijo que un voluntario casi acaba preso… Y que les dijera de su parte que son unos valientes y que valen mucho.

Uno de los voluntarios me contaba con impotencia sobre algunas cosas que había vivido. Me decía que allí de toda la vida cuando la gente del pueblo veía fuego descontrolado acudían todos, absolutamente todos, cada uno desde donde estuviera con sus azadas y demás herramientas y en seguida lo tenían apagado. Me decía que si se hubiera originado allí rápido lo hubieran controlado. Y una vez más, ante este incendio, la gente se ha organizado para defender los montes que llevan en el corazón, como aprendieron de sus antepasados. Cada día la policía venía a decirles que tenían orden de comunicarles que se tenían que ir y cada día les respondían que vale y seguían haciendo su labor.

 

El fuego encima de las casas de Casillas, el domingo 27 de julio por la noche. Foto: Borja Segovia.
El fuego encima de las casas de Casillas, el domingo 27 de julio por la noche. Foto: Borja Segovia (publicada bajo una licencia Creative Commons BY-SA-NC). Cuenta Borja: «Eso fue el domingo, cuando nos dijeron que era muy posible que se quemara el pueblo, que teníamos que estar preparados para defenderlo, que el aire iba a favorecernos, pero si cambiaba era muy posible que se quemaran algunas casas.»

Uno de los días estaban haciendo un cortafuegos arriba por el norte a la vez que apagaban con el camión cisterna del pueblo cuando de pronto vino la UME gritándoles con alarmismo que se tenían que ir corriendo de allí, que les venía el fuego por detrás. Solo les quedaban unos cinco metros por terminar de apagar el frente y se tuvieron que ir. Cuando llegaron atrás, a poca distancia del pueblo, vieron que no se había originado ningún incendio detrás de ellos, sino que eran los de la UME los que estaban haciendo un «fuego técnico» en el pinar a unos 5km de donde ellos ya habían prácticamente extinguido el fuego que se había acercado, echando gasolina sin siquiera habérselo comunicado a los vecinos. Me decían que el fuego se les descontroló, que ni siquiera tenían preparados suficientes camiones de bomberos como para apagarlo. Quemaron (entre otros) el museo de la resina donde tantos vecinos habían llevado fotografías y recuerdos de antaño. No tuvieron en cuenta el conocimiento de la gente del pueblo sobre la vegetación que hay en cada sitio, qué está segado y qué no, cómo es el terreno… Un voluntario me dijo que el fuego que llegó desde allí hasta Sotillo de la Adrada y amenazó a Santa María del Tiétar fue netamente provocado por la UME. Otro me dijo que no, que también venía desde el oeste. La mujer de otro vecino me contó que fueron a pegar a los de la UME con azadas y rastrillos y algún alcalde de los de abajo también casi acaba en las manos.

 

Voluntarios contra el fuego. Foto: Luis Miguel Peinado.
Voluntarios contra el fuego. Foto: Luis Miguel Peinado (publicada bajo una licencia Creative Commons BY-SA-NC).

Yo no creo que en una situación así nadie haya hecho nada de mala fe. El verdadero problema me parece la deshumanización de los profesionales al servicio de cuerpos reglamentados rígidamente por títulos y autoridades de oficina. Muchas veces por personas que, por muchos recursos técnicos y tecnológicos que tengan, no conocen más las tierras que las personas que las han pateado día tras día. Y no tienen derecho a ponerse por encima. Hago un llamado desde aquí al sentido común, a la humildad, la empatía, la libertad y la rebeldía que sí que he observado en algunos profesionales incluso atados del cuello.

Me duele profundamente todo lo ocurrido, sobre todo no haber podido apoyar a mis amigos en el pueblo cuando realmente lo necesitaban, sobre todo el domingo. Con todo, me alegra que ya prácticamente se haya acabado el fuego en la zona. Para mí un alivio grande haber visto mi finca y abejas enteras. Siento mucho que para otros no haya sido así. Sé que en pueblos vecinos como Casavieja, Piedralaves, la Adrada… muchos no han tenido la misma suerte. Ahora queda la labor más larga y dedicada. Ayudaré a quien pueda y le haga falta, también aportaré mis manos para poco a poco ayudar a la naturaleza a recuperar lo que le pertenece. Quizá sea una oportunidad para cambiar de paradigma y atrevernos con mayor biodiversidad, bosques mixtos, micorrizas… Y desde luego apoyar en todos los sentidos y dejar de poner trabas a todas las labores que mantienen el campo sano. Ahora tenemos un lienzo en negro y podemos ayudar a que esto nunca más se repita.

Mucho ánimo y fuerza a todos.

La finca de Amaya, que se libró del fuego. Foto: Amaya Abella.
La finca de Amaya, que se libró del fuego. Foto: Amaya Abella. (La foto de cabecera es de Borja Segovia, fragmento, publicada bajo una licencia Creative Commons BY-SA-NC)