Tres trolas antifeministas que se han colado en nuestros espacios de izquierda

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Reflexionamos sobre algunos de los mantras reaccionarios y nos preguntamos qué hacer para, de una vez por todas, no funcionar como la sección femenina de nadie.

Mesa ‘Ni exagerades ni puritanes: reacció i cultura de la impunitat a les esquerres’. / Foto cedida

Mesa ‘Ni exagerades ni puritanes: reacció i cultura de la impunitat a les esquerres’. / Foto cedida

En esta última década, la ola reaccionaria y antifeminista internacional ha afectado a nuestras izquierdas hasta cuestionar consensos que el movimiento feminista de base —al menos en Catalunya— tenía claros. Para hacer frente a este nuevo embate patriarcal, el mes pasado organizamos una mesa redonda titulada ‘Ni exagerades ni puritanes: reacció i cultura de la impunitat a les esquerres’ en las Jornadas Feministas de CatalunyaFeminismes en revolta: 1976-2026′. Allí, junto a las compañeras Jule Goikoetxea  y Özgür Güneş Öztürk, reflexionamos sobre algunos de los mantras reaccionarios que se han colado en nuestros espacios de izquierda y nos preguntamos qué hacer para, de una vez por todas, no funcionar como la sección femenina de nadie. De aquella charla surge esta síntesis.

Trola 1. El feminismo es una cuestión identitaria

La izquierda que habla del feminismo en los términos de una lucha sectorial y parcial reproduce un marco teórico liberal y biologicista. Como señaló Goikoetxea, oímos a nuestras izquierdas hablar en términos de políticas (o luchas) “materiales” versus políticas identitarias para referirse al feminismo. Se trata, en última instancia, de una dicotomía que asume que la clase trabajadora tiene un problema “material” derivado de la estructura económica, pero las mujeres tienen un problema “cultural” o de falta de reconocimiento debido a su “identidad”. El hecho de que las mujeres trabajen el doble y cobren la mitad que los hombres de su comunidad en todo el mundo deviene así algo “cultural” e “identitario” para esta izquierda que, aunque se proclama materialista, cae en un marco idealista y biologista.

Este es un marco idealista porque explica una desigualdad social con ideas y valores culturales. Es decir, porque se dirige a la desigualdad entre hombres y mujeres en calidad de “diferencia cultural” y no de dominación material. No en vano pretende resolverla mediante “ideas”, por ejemplo, valorando más el mal llamado trabajo reproductivo, y no mediante una economía política que termine con las relaciones de producción familiares —que es donde, según el feminismo materialista, se producen hombres y mujeres—. Pero para entender que el patriarcado es un sistema de producción material y no una mala costumbre cultural, habría que dejar de creer que los hombres y las mujeres “nacen”, es decir, dejar de esencializar las categorías de “hombre” y “mujer”.

Trola 2. La heterosexualidad es una opción como otra cualquiera

La heterosexualidad no es una mera “pulsión”: es un régimen político que produce materialmente a hombres y mujeres como clases políticas, igual que el capitalismo es un régimen que produce proletarios y capitalistas. En un contexto de confusión y desorientación política, debemos distinguir entre, por un lado, aceptar y convivir con las contradicciones individuales y, por otro lado, obviar el análisis de cuestiones completamente trabajadas, pensadas y debatidas en el movimiento feminista que, como en el caso de la heterosexualidad, apuntalan las estructuras históricas de dominación y explotación.

No son las identidades las que explican las relaciones sociales, sino las relaciones sociales las que producen determinados sujetos

El sistema hetero-familiar es un sistema de producción y de organización social básico para el funcionamiento del patriarcado capitalista colonial. En un contexto de reacción fascista, racista y patriarcal, en el que se calcula que para 2030 el 45 por ciento de mujeres no tendrá hijos ni pareja, “resignificar” en positivo la heterosexualidad con base en nuestros “deseos” —¡qué decir de concepciones tan pobres sobre el deseo, que obvian toda evidencia acerca de cómo se construye!— no es un simple acto de amor.

Como nos recordaba Özgür Güneş, el punto de partida del feminismo materialista es claro: no son las identidades las que explican las relaciones sociales, sino las relaciones sociales las que producen determinados sujetos. Las categorías que a menudo se presentan como naturales —ser mujer, ser hombre, ser heterosexual— son el resultado de relaciones sociales históricas y de determinadas estructuras de explotación. Este marco que nos presentó Güneş apunta hacia la desnaturalización, la politización y, en última instancia, hacia la desaparición de las relaciones sociales heteropatriarcales que sostienen dichas estructuras. Si aceptamos que la heterosexualidad constituye un régimen político, la cuestión fundamental ya no es la orientación sexual concreta de cada persona, sino la forma en que este régimen produce determinadas posiciones sociales y condiciona nuestra cotidianidad.

Trola 3. Las feministas tendemos al punitivismo y a exagerar las violencias

A todos los movimientos por la justicia social se les permiten estrategias de acción directa y de denuncia, pero al conflicto político planteado por el feminismo se le ha llamado “división”, “venganza” o “exceso”; también desde cierta izquierda que ha comprado el marco teórico de la derecha: el feminismo ha ido demasiado lejos.

¿Cómo va a existir un feminismo punitivista si no tenemos capacidad real para “punir”?

Frases como “el movimiento feminista vive una deriva punitiva” se repiten de manera acrítica en medios de comunicación y espacios de militancia. Son dicotomías falsas pero rentables: las puritanas versus las sexualmente liberadas; las punitivistas versus las antipunitivistas. En torno a estos debates, existe una economía política (editoriales de izquierdas, intelectuales, influencers…) donde criticar al feminismo es económicamente rentable y, además, aporta capital social e incluso erótico. Se trata de volvernos a dividir entre las buenas feministas (comprensivas, pedagógicas, amigas de los hombres, universalistas) y las malas feministas (misándricas, implacables, castigadoras e indiferentes a los malestares masculinos). Nos encierran en categorías cuya profundidad no sobrepasa la de los arquetipos de una película yanki de instituto, pero sin canciones ni final feliz.

Es sorprendente que personas afines a los movimientos sociales emancipatorios se preocupen por la deriva “punitivista” del feminismo cuando el feminismo ha criticado históricamente el punitivismo estatal y las prisiones; y las mujeres saben que el sistema judicial es patriarcal y revictimizador —no es casualidad que el 52 por ciento de instituciones que señalan como ejecutoras de violencias machistas pertenezcan al sector judicial—. Además, en España, hay una situación de infradenuncia: menos del 10 por ciento de las mujeres denuncian penalmente ¡violaciones! fuera del ámbito de la parejaY los datos a escala europea son más bajos. ¿Quiénes son esas puritanas que a la mínima te llevan a juicio? Y ¿cómo va a existir un feminismo punitivista si no tenemos capacidad real para “punir”? ¿Acaso la autodefensa feminista es equivalente al aparato represivo del Estado? Decir que las mujeres que denunciamos las violencias somos “punitivistas” es ignorante e irresponsable.

¿Qué hacer? Politizar la dominación

No podemos hacer de la anécdota, o de la percepción personal, una teoría. Cuando repetimos alguna de estas tres trolas basándonos en intuiciones que no tienen conexión alguna con la realidad empírica, perpetuamos la cultura de la impunidad que, a diferencia de la cultura de la cancelación, sí que existe.

Debemos combatir la despolitización de las violencias machistas

Hoy más que nunca debemos combatir la despolitización de las violencias machistas. No podemos aceptar que los feminicidios queden relegados a las páginas de sucesos o a los discursos del terror sexual de la derecha. Pero tampoco podemos tragarnos que la violencia sexual es una mera externalidad negativa potencial del sexo o de la libre exploración del propio deseo. ¿Qué birria de libertad es esa? ¡La violencia sexual tiene que ver con el ejercicio del poder en un contexto patriarcal! Tenemos que combatir esta concepción de libertad (liberal, tramposa, ¡que nunca aceptaríamos para hablar en términos de clase!) que simula que somos una seta en un mundo de relaciones simétricas y “conflictos” entre individuos.

Solo con un análisis materialista de las violencias evitaremos naturalizarlas y asumirlas como un mero peaje de nuestras relaciones con hombres; cuya permanente des-responsabilización y victimización, dicho sea de paso, ¡sí es paternalista y biologista! Oímos demasiado a menudo que nuestros enfoques o análisis no están “bien” porque no contribuyen a que el feminismo sea atractivo para los hombres, o para los jóvenes, o para quien sea. Pero el hecho de que un discurso no sea suficientemente amable, o divertido, o incluso movilizador no lo hace verdadero o falso. ¡Son dos niveles de discusión distintos!

La realidad, sustentada por innumerables evidencias al alcance de cualquiera con un poco de tiempo y acceso a internet, es que nos matan, nos violan, y que quien lo hace son los hombres. Si queremos hablar de estrategia, de construcción de la hegemonía, ¡hablemos! pero no a costa de cargarnos un análisis veraz.