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Nº 64
2 julio 2026

María Álvarez del Vayo
Hace pocos días nos dieron una noticia que nos hizo muchísima ilusión: ¡somos finalistas en los Premios Gabo, en la categoría de cobertura! Para los que no conozcan este premio, es probablemente el más prestigioso en el periodismo iberoamericano. La primera y última vez que ganamos este premio fue en 2016 con el proyecto Medicamentalia, un año antes de que yo entrase como becaria en Civio. Eva, todavía hoy, recuerda de vez en cuando lo bien que lo pasó y lo feliz que fue recogiendo el premio en Medellín.
Esta vez, competimos con dos trabajos increíbles: uno sobre el aumento de la violencia policial en São Paulo y otro sobre el tráfico de especies en cinco países latinoamericanos. Y, ¿por qué te cuento yo esto? Porque desde hace un tiempo, además de mis labores típicas de periodista, soy la persona que manda las candidaturas a premios nacionales e internacionales. Y este año está viniendo fuertecito.
De hecho, en esta ocasión, somos finalistas a los Gabo con un tema completamente diferente al de la vez que ganamos: nuestras investigaciones sobre los algoritmos que utiliza la administración pública. Por si no lo has leído, encontramos un algoritmo de 1993 (del año en que nací, que se dice pronto) que se utiliza para valorar si se le concede a un preso el permiso de salida y que tiene unos sesgos bien marcados. Otro que utilizaba la Policía para intentar descubrir (de forma un poco chapucera, a mi entender) si una denuncia era verdadera o falsa. También el ya muy comentado BOSCO que funcionaba mal y del que todavía no tenemos el código aunque el Supremo nos diera la razón. O todos aquellos que están funcionando en la sanidad pública (o en proceso de implantación) y que ni siquiera podemos consultar en un registro abierto.
Entre ellos Quantus Skin, que se estaba implantando para triaje en dermatología y que un estudio independiente señaló que fallaba al identificar 3 de cada 10 melanomas.
Meternos en el fregado de intentar saber qué había dentro de lo público en materia de algoritmos e IA y, además, entenderlo, nos costó sangre, sudor y lágrimas. Así que imaginaos la ilusión que nos hace llegar a finalistas con este trabajo.
Y, lo más fuerte de todo esto, es que te lo cuento casi aterrizada de Lisboa, donde recogimos el European Press Prize en la categoría de innovación por la investigación sobre ese sistema de IA en dermatología que te acabo de comentar. Otro premio de muchísima categoría a nivel del continente europeo. Ya te dije que estaba siendo fuertecito.
Solo por llevarte un poco a esta montaña rusa de emociones de estas últimas semanas, te diré que nos plantamos en Lisboa como finalistas de ese premio Ángela, Carmen, Adrián y yo. Fuimos con todas las ganas de disfrutarlo y con pocas o ninguna esperanza de ganarlo. Dimos una charla sobre el trabajo nominado, hicimos amigos de otros medios, comimos más pasteles de nata de los que podíamos digerir y nos sentamos a escuchar el fallo del jurado. Y, ¡sorpresa! lo ganamos. Y alguna lagrimita se escapó.
El jurado dijo esto del trabajo: «Un trabajo excepcional. Un magnífico ejemplo de investigación periodística basada en datos con una metodología clara. Civio es conocido por sus investigaciones sobre la transparencia de los algoritmos y, en esta ocasión, tampoco defrauda. La utilidad de sus reportajes es, además, incuestionable”. Y otra lágrima.

El equipo de Civio en Lisboa al conocer que habían ganado el European Press Prize
No sabemos si tendremos tanta suerte en los Premios Gabo, que se entregan a finales de julio en Bogotá, pero allí estaremos unos cuantos representantes de Civio, siendo ya felices, haciendo amigos y sintiéndonos orgullosos de haber llegado tan lejos. Porque a veces, está bien parar, salir de la rutina, del bucle del enfado cuando las cosas no salen bien y de los sinsabores que da trabajar para hacer la administración española un poco más transparente.
Sentir que el trabajo que haces es reconocido, apreciado y premiado, te recarga las pilas para seguir peleando.
PD: Vosotros, a diario, sois también parte de ese empujoncito muy necesario a veces.