

En Clarksdale, Mississippi, existe un cruce de caminos donde, según la leyenda, el músico Robert Johnson vendió su alma al diablo a cambio de un talento sobrenatural para tocar la guitarra. Era la década de 1930. Casi un siglo después, esa misma ciudad —considerada la cuna del blues— sigue siendo escenario de otro tipo de pacto: el que permite que una industria turística mayoritariamente blanca se lucre de una música nacida del sufrimiento negro, mientras más del 40% de su población afroamericana vive en la pobreza.
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