Beñat Zaldua 23/08/25
Cuando cerraron las minas de hierro de Bjørnevatn, en el inhóspito norte noruego, el futuro de la ciudad quedó en el aire. ¿De qué iban a vivir en pleno círculo polar ártico 3 mil personas? Podían haberse marchado, claro, pero nunca hay que minusvalorar la voluntad de una comunidad de habitar su territorio por encima de lógicas económicas. El Estado noruego también pudo haber mantenido las minas a base de presupuesto nacional, pero no parecía un gran negocio. En vez de ello, decidió ubicar en esta remota localidad la oficina central del Recaudador de Prestaciones Familiares Obligatorias.
Así es como, explica Kjartan Fløgstad, “con las manos ásperas y los dedos entumecidos, los mineros despedidos se inclinaron sobre los ordenadores y empezaron a martillear las teclas con el fin de dar con padres defraudadores y así poder reclamar las prestaciones familiares”.
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