

Hay una frase que escucho cada vez con más frecuencia en tertulias, columnas y redes en España, siempre que alguien cuestiona el racismo o la LGTBIfobia: «lo digo desde el sentido común«. Cuando oigo esa coartada, sé que lo que viene detrás suele abrir la puerta a discursos que señalan como problema a las personas migrantes, a las personas trans, a las mujeres que se organizan y denuncian la violencia.
Cuando un columnista como Juan Soto Ivars decide construir su figura pública en torno a esta idea de sentido común, se coloca en un lugar muy concreto del tablero político, por más que insista en presentarse como alguien «crítico con todos» o «cansado de polarizaciones». En su columna en El Confidencial y en sus intervenciones públicas en medios, vemos una técnica ya muy antigua: tomar lo que los miedos y partidos de la extrema derecha llevan años sembrando y envolverlos en un tono aparentemente moderado, irónico, incluso empático con «la gente de los barrios que sufre la delincuencia». Ese envoltorio es lo que le permite ser invitado a espacios televisivos, incluso algunos de medios que se consideran progresistas, mientras legitima marcos que tratan la migración como una amenaza, la ley contra la violencia de género un problema y los derechos trans en una monstruosidad.
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