

05/10/26
Hay sobre todo dos líneas que confluyen, en la actualidad, para explicar el destrozo de las condiciones de vida de las poblaciones europeas, y que en realidad se pueden concretar en una: la degeneración del modo de producción capitalista.
La primera línea es la que traza la caída del valor y de la plusvalía productiva paralela al desarrollo tecnológico de las fuerzas productivas. El cada vez menor valor como nuevo valor obtenido por unidad de capital invertido en la economía productiva (industrial-agrícola), es lo que ha llevado a la clase capitalista a revertir cada vez más capital a su forma simple de dinero, y a destinarlo al casino global, eso que llaman “finanzas”. Un dinero especulativo-rentista, que ante la caída de beneficios productivos busca apropiarse de la riqueza social. También fuerza la expansión del mercado a toda costa, ya sea mercantilizando actividades humanas que sostienen la vida, ya sean los bienes básicos para la misma. En su enervada huida hacia adelante, los agentes del capital exigen un creciente gasto energético para intentar compensar con el incremento desenfrenado de la actividad económica la caída de rentabilidad (algo así como si una mayor masa de ganancia -no productiva- pudiera compensar indefinidamente la decadencia de la tasa de ganancia productiva).
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