

En mi biografía publicada recientemente recordé la importancia que tuvo en mi formación intelectual y política el hecho de haber transcurrido los primeros doce años de mi vida morando en la trastienda del negocio de relojería y joyería que mi padre y mi tío tenían en la esquina de Sánchez de Bustamante y la avenida Santa Fe, ubicada en lo que ese entonces era el barrio de Palermo de la ciudad de Buenos Aires1).
A pocas cuadras del establecimiento familiar había un enorme edificio: la fábrica de la cervecería Palermo, que con sus dos altas chimeneas dominaba el paisaje barrial y le confería una cierta tonalidad fabril y proletaria a esa parte de la ciudad. A las espaldas de la cervecería y descendiendo una suave pendiente hacia lo que hoy es la avenida Las Heras se encontraba otra no menos imponente construcción: la Penitenciaría Nacional, una cárcel inaugurada en 1877 y que permanecería en funciones hasta 1962.
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