

Oakland, 12 de abril de 1968. Han pasado seis días desde que la policía mató a Bobby Hutton, el primer recluta de las Panteras Negras, de 17 años, con las manos en alto al salir de un sótano en West Oakland. Sobre una plataforma en el parque Merritt, ante más de un millar de personas, una mujer de 22 años toma la palabra. Su marido está en la cárcel. Ella se enteró del asesinato esa misma madrugada a través de una llamada telefónica. Se llama Kathleen Cleaver y su voz no tiembla. «Perdimos algo muy precioso cuando perdimos a Bobby Hutton», dice ante la multitud. «Pero Bobby Hutton no perdió nada. Bobby Hutton tomó su posición. Dio su vida.»
Ese momento concentra algo esencial en la biografía de Kathleen Neal Cleaver: la capacidad de estar en el centro de la historia y hablarle de frente, con una claridad que el miedo no logra interrumpir.
Kathleen Neal nació el 13 de mayo de 1945 en Dallas, Texas. Su padre, Ernest Eugene Neal, era profesor de sociología en el Wiley College de Marshall, Texas, y su madre, Pearl Juette Johnson, tenía un máster en matemáticas, una rareza para las mujeres negras de su generación. Cuando Kathleen era muy pequeña, la familia se mudó a Tuskegee, Alabama, donde Ernest asumió la dirección del Consejo de Vida Rural del Instituto Tuskegee. Poco después, el padre ingresó en el Servicio Exterior estadounidense y la familia recorrió el mundo: India, Liberia, Sierra Leona, Filipinas. Aquellos años de infancia transcurridos en países habitados mayoritariamente por personas de color transformarían para siempre su manera de comprender la raza, el poder y la pertenencia.
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