
▲ En una carretera de Tennessee, grandes carteles con llamados patrióticos
para votar por el regreso de Trump a la presidencia, en los que incluso aluden a Dios y se lanzan contra el socialismo y el comunismo. Foto Lucas Brooks
Diez días que sacudieron a la cúpula política de Estados Unidos a partir del ahora famoso debate en que se exhibió, por un lado, a un candidato presidencial que ocupa la Casa Blanca tropezarse sobre sí mismo revelando lo que él y sus aliados estaban intentando ocultar –que ya no tiene la capacidad de repetir como presidente–, todo mientras su contrincante ofrece su receta neofascista con esa mezcla letal de arrogancia e ignorancia.
Ante el creciente e incesante coro a favor de que abandone la contienda, Joe Biden argumenta que lo que se exhibió en el debate fue sólo por cansancio y un resfriado, un episodio malo en la campaña larga y, en una entrevista, declaró que él no necesitaba un examen cognitivo “porque cada día me someto a un examen cognitivo… Todo lo que hago… no sólo estoy haciendo campaña, sino estoy gobernando el mundo”. O fue una de las grandes confesiones imperiales de la historia o nada más otra señal de que el señor ya no entiende lo que dice, o no dice lo que entiende.
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