
Issa Sikiti da Silva agosto 12, 2025

NAIROBI – Un niño de dos años llora sin cesar mientras su madre atiende a los clientes que compran verduras frente a su puesto en las afueras de Nairobi, la capital de Kenia. Esther, de 25 años, quien no da su apellido por temor a que su esposo sepa que ha hablado con desconocidos sobre asuntos familiares, vende vegetales en una esquina para complementar el magro salario de su esposo en la construcción.
Han pasado cuatro años desde que abrió el puesto donde ofrece espinacas, cebollas, tomates, ajos y pimientos verdes, y dice que empieza a parecerle una eternidad.
«Puede que sea una chica de pueblo, pero tengo grandes sueños y ambiciones, que lamentablemente se ven obstaculizados por mi egoísta esposo», cuenta a IPS a través de un traductor esta mujer rural y sin educación.
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