

Los presos de Gdeim Izik, a los que sabemos torturados, se atreven a solidarizarse con los compañeros saharauis que sufren represión, y a denunciar la ocupación y a los ocupantes. Esa grandeza les puede costar caro. Están indefensos, a merced de lo que quieran hacer con ellos.
Mientras, nuestro ministro de Exteriores saca pecho pregonando una serie de valores que no defiende.
Es dura la comparación.
Si el ministro está condicionado por chantajes, amenazas o poderes que le superan, debería humildemente mostrarnos su impotencia y dimitir, no alardear a base de mentiras.

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