Nota del autor: En los últimos meses, tanto Donald Trump como Benjamin Netanyahu hicieron ultimátums similares exigiendo el desarme de Hamás y Hezbolá.
Trump fue contundente: «Se desarmarán, o los desarmaremos por la fuerza«. Su advertencia se extendió al Líbano, insistiendo en que el Estado libanés obligue a Hezbolá a entregar sus armas o «acepte que Israel se encargue». Netanyahu repitió la misma idea al decirle a su gabinete: «Hamás será desarmado», al tiempo que advirtió que el Líbano también debe «cumplir con sus compromisos, es decir, desarmar a Hezbolá«. Desde entonces, funcionarios de defensa israelíes han subrayado que el desmantelamiento del arsenal de Hezbolá no se logrará mediante negociaciones, sino únicamente mediante una gran operación militar.
Este ensayo argumenta que estas demandas pertenecen a una tradición específica y coercitiva de desarme, que tiene poco que ver con la seguridad y nada que ver con la paz. A diferencia de los procesos que intercambian armas por derechos políticos, soberanía y dignidad, este modelo exige una rendición unilateral, institucionaliza la humillación y garantiza el conflicto futuro al dejar intactos todos los agravios subyacentes.
La historia es inequívoca: este tipo de desarme casi nunca produce una paz estable. Produce una población derrotada, un profundo sentimiento de injusticia y las condiciones para la siguiente erupción. Es una forma de dominación coercitiva cuyo mensaje es inequívoco: les quitarán sus armas, su dignidad es secundaria y no se pagará ningún precio político a cambio.
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