La reciente victoria del posfascismo en Italia −llamemos las cosas por su nombre (véase: Enzo Traverso, The New Faces of Fascism, 2019)− hace pensar en la presencia −los usos y abusos− de la palabra fascismo
en el espacio público. En cómo algunos tienden (o tendemos) a sobreusarla
, igual con buenas intenciones, pero a veces como pura descalificación. Y cómo otros −como respecto a Giorgia Meloni− la remueven de manera deliberada de su diccionario. Hillary Clinton viene a la mente: para ella Trump era un Hitler
, pero la nueva premier de Italia que abiertamente alaba a Mussolini y todo lo bueno que ha hecho para Italia
o que prometía que después de su victoria “todos nosotros (los fascistas italianos) finalmente podremos ‘ser nosotros mismos’ y saludarnos sin pena con el saludo fascista”, no es una fascista
ni representa un retroceso en Italia a −¡exactamente!− 100 años de la Marcha a Roma (sic), sino que es una cosa muy buena
. Digo, no es que hay que esperar mucho de esta representante del corporativismo neoliberal y del feminismo de uno por ciento
que le abrió el camino al propio posfascismo trumpista, pero un poco de contacto con la realidad no estaría demás.