Las minas a cielo abierto con las que las transnacionales del Norte global expolian la República Democrática del Congo unen deforestación y trabajo precario, para el contagio y la extensión de una nueva epidemia
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La viruela del mono empezó en Canadá. Esto puede parecer una ocurrencia, pero ahora que los países ricos nos preocupamos por ella hay que preguntarse quién ha generado las condiciones para la aparición y propagación de esta zoonosis, y por qué.
Científicamente hablando, sabemos que la nueva variante ha surgido en el este de la República Democrática del Congo (RDC), un país enorme, en extensión, culturas y riqueza natural, y, precisamente, esta maldición de la abundancia todavía provoca que funcione bajo la herencia de un colonialismo expoliador. Como muchas veces hemos visto en los medios de comunicación, la selva frondosa y otros parajes naturales están salpicados de muchas minas a cielo abierto, donde las condiciones de trabajo son absolutamente precarias y donde la explotación infantil es la norma. Es decir, confluyen dos ingredientes; el primero, la deforestación, que hace posible que las personas entremos en contacto con los virus de los animales; el segundo, una situación social con deficiente atención sanitaria, carencia de acceso a agua potable, condiciones higiénicas inexistentes y un devenir forzado para muchas mujeres hacia los trabajos sexuales, favorable para el contagio y la extensión de una nueva epidemia.

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