
Para percibir la inhumanidad del capitalismo, basta con asomarse a la ventana o caminar un rato por la calle. Está al alcance de cualquier mirada sensible.
Pero para comprender su perversidad absoluta, hay que analizarlo como sistema, en su ambición totalitaria y, sobre todo, en su manera de ejercer el poder político, al que considera exclusivamente suyo por definición.
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