Último rey de Sudamérica saca de las sombras a marginados afrobolivianos

Fuente: El Diario/theguardian/ – Mururata (Bolivia)

El último rey en Sudamérica presume de un linaje que se remonta a siglos atrás. Sin embargo, la corona y el manto de leopardo de Julio I no suelen verse en la humilde tienda que el rey atiende junto a su esposa, la reina Angélica, en un pequeño pueblo en medio de la selva boliviana.

Este mes de diciembre se cumplen 10 años del reinado de Julio Piñedo (75), pero él dice que «no hay nada especial planificado» para la ocasión. Su reino simbólico se extiende por varias docenas de comunidades rurales e incluye a los 25.000 ciudadanos que conforman la comunidad afroboliviana. Ahora, en parte gracias a la labor de Piñedo, este grupo marginado durante muchísimos años está por fin saliendo de las sombras.

«No cabe duda de que el papel del rey es importante», asegura Zenaida Pérez (25), coordinadora del  Instituto de Lengua y Cultura Afroboliviana, que forma parte de la Conafro. «Él representa mucho de lo que nos dejó nuestra Madre África».

Desde el siglo XVI,  los europeos llevaron miles de esclavos africanos a la entonces Bolivia colonial. Muchos murieron por las brutales condiciones de trabajo en la mina de plata Cerro Rico, motor de la economía de la España imperial. «La mitad de los que trajeron a trabajar a Potosí murieron», señala Piñedo.

Cuando se desplomó el boom de la plata, los terratenientes llevaron a los esclavos supervivientes y a otros recién llegados a la húmeda región de Yungas, a trabajar la tierra. La leyenda dice que fue aquí que el ancestro de Piñedo, el Príncipe Uchicho, fue reconocido. «Se estaba bañando en un río», relata Angélica, «cuando sus compañeros descubrieron los tatuajes que lo identificaban como un monarca.»

Desde aquel momento, el rey protegió a la comunidad de los estragos de los terratenientes. El abuelo de Piñedo, Bonifacio I, es recordado como un rey particularmente leal y resolutivo. Sin embargo, cuando murió, Bolivia se encontraba en medio de una revolución y el traspaso hereditario de estatus no estaba bien visto. El linaje real se salteó a la madre de Piñedo y fue retomado más de 40 años más tarde por los ancianos locales en un esfuerzo por revivir la cultura y las tradiciones afrobolivianas.

«Nos llamaban negritos»

«Para nosotros, fue un momento de mucho orgullo», dice Piñedo, recordando su coronación mientras la lluvia golpea el tejado de zinc sobre su cabeza en Mururata. El aumento de visibilidad a nivel nacional les ha ayudado a luchar contra la discriminación, explica. «Antes nos decían ‘negros’ o ‘negritos’, pero ahora las cosas han cambiado y han empezado a llamarnos ‘afros’».

El rey, al igual que la mayoría de sus súbditos rurales, todavía cultiva hoja de coca, caña de azúcar, plátanos y café para sobrevivir, pero la mayoría de los jóvenes afrobolivianos van a la universidad, y existen proyectos para fomentar el turismo en la región.

«Hay parejas afro-aymarás. Ahora nos llevamos bien, compartimos amistades, familia y pasatiempos», afirma Johny Zavala, de 42 años, líder de una comunidad cerca del pueblo de Tocaña. Uno de esos pasatiempos es la danza tradicional Saya, que representa una herramienta política, explica Pérez. «Somos una comunidad pequeña en Bolivia, pero los tambores hacen que nuestras voces se oigan. Son las voces de nuestros ancestros que suenan».

La Constitución boliviana de 2008 reconoce explícitamente a los afrodescendientes, y en los últimos años se vieron por primera vez autoridades y legisladores afrobolivianos. Una batalla que queda por dar es la inclusión de los afrobolivianos en los libros de historia. «La esclavitud mental, que hizo que nuestra comunidad dejara de reclamar sus derechos, es lo más difícil de combatir», añade Pérez. Piñedo también quisiera ver más afrobolivianos en la selección de fútbol.

En 2016, Julio, Ángela y Rolando, su nieto y príncipe coronado, visitaron Senegal, el Congo y Uganda junto a dos periodistas, para rastrear a sus familiares. La experiencia fue agridulce. Se sorprendieron con la ausencia de rostros blancos, pero les costó hacerse entender.

Un guía los llevó al supuesto trono de sus ancestros. «Habremos viajado durante seis horas. Llegamos a un palacio precioso pero estaba abandonado», dice Piñedo, con tristeza. El cuidador les explicó que los ocupantes se habían marchado hacía mucho tiempo, quizás a otro país.

Rolando, que tiene 23 años, estudia administración y espera conseguir trabajo en Madrid cuando se gradúe. «Me gustaría trabajar allí durante un tiempo y luego volver…Quiero mantener vivas las tradiciones».

Pero el reinado de los Piñedo no está completamente asegurado. Tiene rivales políticos, y están aquellos que ven a la monarquía como una antigüedad. «Por eso quiero seguir estudiando y ser la mejor persona posible», afirma Rolando. «Si se puede, será un honor poder seguir con esto», dice encogiéndose de hombros con una sonrisa.

«Es complicado», admite el Rey Julio I, mientras se prepara para ir a atender sus plantas de hoja de coca. «Convocamos a los jóvenes a mantener vivas las costumbres de nuestros abuelos. Siempre va a haber cambios, pero queremos que se conserve lo que está bien».

Traducido por Lucía Balducci

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