Plusvalía y acumulación originaria: la violencia en «El Capital» por Natalia Radetich Filinich

Fuente: https://elsudamericano.wordpress.com/2022/05/30/plusvalia-y-acumulacion-originaria-la-violencia-en-el-capital-por-natalia-radetich-filinich/                                                              MAYO 30, 2022

PLUSVALÍA Y ACUMULACIÓN ORIGINARIA: LA VIOLENCIA EN ‘EL CAPITAL’ por Natalia Radetich Filinich

Universidad Autónoma Metropolitana -Unidad lztapalapa.

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Das Kapital. Marx, actualidad y crítica. Varios Autores.
Siglo XXI Editores. UAM. Unidad Cuajimalpa. México. 2019. pp. 329-350

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El primer tomo de El Capital, cuyo 150 aniversario se celebró en 20 17, es una obra que no deja de reclamar nuestra lectura, un texto que no deja de suscitar, una y otra vez, nuestro deseo de entrar en relación con aquell.o que lo habita. Como si en su interior anidara una fuerza atrayente –una activa imantación–, este libro nos convoca, de continuo, a un ej ercicio de relectura, a un trabajo interminable de estudio y redesciframiento. De El Capital –libro que se desborda a sí mismo y que nos instiga a una lectura que no cesa–, emana, pues, una fuerza, una potencia interpelante que sobrevive al paso de los tiempos y que rebrota a pesar de todos los proyectos políticos que se han propuesto socavar el influjo de este texto imprescindible.

Muchas razones pueden explicar esa potencia de El Capital (esa capacidad del libro para hacer surgir en nosotros la renovada necesidad de volver a él a pesar del tiempo transcurrido desde su primera publicación hasta hoy, y a pesar de las fuerzas censurantes que se han cernido sobre el texto). Una de las razones que acaso expliquen el perseverante nervio y brío del libro, es el hecho de que El Capital está constantemente atravesado –continuamente animado y sostenido– por un “pensamiento subversivo”1 que hace emerger, en su relampagueante o lento despliegue –en sus fragmentos luminosos y en el arduo ascenso por sus “escabrosos senderos”–,2 una elucidación de las coordenadas fundamentales en las que se desenvuelve la socialidad capitalista. Frente a ese pensamiento simultáneamente riguroso e indócil, frente a esa inquietud vital que transmina el libro, es difícil salir indemne: quien lee El Capital difícilmen te puede quedar indiferente ante los descubrimientos que brotan de sus largas páginas; la lectura de este libro produce, en sus lectores, una extraña perturbación, una experiencia transfiguradora. De ahí que el libro haya inspirado y prestado su lúcido aliento a tantos movimientos revolucionarios desde el siglo XIX que lo vio nacer: es un libro que engendra una “subjetividad insurrecta”,3 colectividades disidentes, un libro que ha desbordado los límites del mundo académico, que no sólo ha transformado el campo epistemológico de las disciplinas universitarias sino que también ha trastocado el campo de la conciencia y de las prácticas más allá de los márgenes académicos. El pensamiento marxista tiene una poderosa dimensión práctica: El Capital no puede ser pensado sin reparar en su capacidad movilizadora, en la apuesta por la transformación social que infiltra la totalidad del libro (aun en las formulaciones más matemáticas del texto – aun en sus momentos de mayor formalización abstracta– bulle el deseo marxiano de la transformación). Libro movilizador como pocos –construido con la fuerza de un deseo que, como un magma, recorre la totalidad de sus veredas interiores–, El Capital es, al mismo tiempo que un libro de intelección de la sociedad capitalista, un libro que aloja un insistente y elocuente llamado.

El Capital es, pues, un libro-desborde, felizmente exuberante y excesivo; es un libro que desborda su tiempo, que desborda las fron teras de las universidades y que desborda, además, las fronteras de los saberes instituidos: un libro en el que se dan cita la economía, la filosofía, la política, la historia, la sociología, la protoetnografía… La escritura de Marx se sitúa en un terreno abierto e irreductible a los linderos disciplinares. El pensamiento de Marx, en su nómada andadura, traspone las demarcaciones entre las ciencias y cuestiona el “encapsulamiento”4 disciplinario. La escritura de Marx se sitúa “en otro lugar al de esta parcelación por estancos disciplinares”.5 Contra la división del trabajo intelectual, el pensamiento de Marx migra, se desplaza, genera nuevos campos, vínculos intersticiales –polémicos y articuladores– entre los saberes, hace eclosionar un saber de la sociedad liberado de la parcelación. El Capital es, también y como ya insinuábamos, un libro que desborda el higienizante deslinde en tre ciencia y política: estamos ante una obra que sale de sí misina, que se constituye como persistente interpelación política (y como golpe6 teórico a las relaciones capitalistas de dominación –que aparecen, a un mismo tiempo, develadas y puestas en cuestión–). No es casual, así, que el larguísimo y penoso proceso de escri tura de este libro de múltiples desbor­ damientos haya fagocitado las fuerzas de Marx: obra hecha y deshecha durante largos años, deshilvanada y vuelta a hilvanar, obra “eternamente inacabada”7 (que, decía Marx, “gravita sobre mí como una pesadilla”),8 obra escrita entre los asedios de un cuerpo enfermo y el agotamiento de un espíritu sobreexigido que, en su desvelo y en la extenuación de sus fuerzas, nos ha heredado el más importante corpus teórico de develación y crítica de la sociedad capitalista.

Es imposible –y a mi juicio infructuoso–, intentar fijar en fórmulas breves y sumarias la profusa cantidad de con tribuciones que se alojan en El Capital –que bulle en sus hallazgos, en sus desman telamientos críticos de los supuestos impensados con los que la conciencia habitual concibe las tesituras de la sociedad capitalista–. Contra toda pretensión reductiva, El Capital es un libro que entraña –como el laberin to borgiano– “galerías que se curvan”9 que habilitan mil caminos posibles y lecturas oblicuas. En este trabajo, me propongo examinar –de forma breve– cómo está plan teado en el primer tomo de El Capital el problema de la violencia en el marco de dos conceptos fundamentales en la arquitectura del texto: el concepto de plusvalor y el concepto de acumulación originaria del capital. Me interesa leer estos dos conceptos a la luz de nuestra actualidad, signada por una violencia que demanda ser escrutada.

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PLUSVALÍA: LA VIOLENCIA INMANENTE AL CAPITAL

En las páginas introductorias de El Capital Marx anuncia el objeto general a cuya paciente elucidación dedicará sus esfuerzos: Marx se propone dese ntrañar la “ley económica que preside el movimiento de la sociedad moderna”.10 En su interrogación acerca de los resortes fundamentales del régimen capitalista de producción, Marx examina el mecanismo profundo e invisible que –desde un lugar opaco, oscurecido pero radicalmente eficaz- gobierna la relación capital-trabajo y descifra el misterio de la formación de la ganancia en el capitalismo: ese misterio es, como sabemos, la plusvalía. Con el concepto de plusvalía, Marx muestra, en tre otras cosas, que la relación capital-trabajo es una relación marcada por una inequidad radical: esa relación aparece revelada como inevitablemente antagónica. Subvirtiendo las conjeturas que brotan de la experiencia inmediata, Marx muestra que el intercambio entre trabajo y salario no es nunca equitativo: allí donde una mirada no-marxista vería equilibrio, igualdad, armónico intercambio de equivalencias (trabajo por salario), Marx desenmascara la violencia del trabajo no retribuido (descubre que la ganancia del capitalista es puro trabajo impago, gratuito).

¿Cómo obtiene su ganancia el empresario? Marx descubre que la jornada de trabajo – que se nos presenta ante los sentidos como algo continuo, homogéneo y más o menos aproblemático– está en realidad preñada de una contradicción intrínseca, está constituida por dos momentos distintos: la parte de lo que Marx llamaba el trabajo necesario y la parte del trabajo excedente o plustrabajo. Durante una parte de la jornada, el trabajador produce un valor equivalente al de su salario y, durante la otra, produce un excedente, un plus, un remanente que queda impago, una plusvalía por la cual “el capitalista no abona ningún equivalente”.11 La relación capital-trabajo aparenta ser una relación equitativa mediada por el salario que –según una lectura acrítica– instauraría la igualdad, una retribución monetaria que sellaría un mano a mano entre empresario y trabajador: todo pareciera como si el patrón pagara el trabajo de su empleado. Pero Marx, con filo incisivo, nos ofrece en su obra un desmantelamiento crítico de esa “apariencia engañosa”12 –un desmantelamiento de esa ficción igualitaria que encubre la violencia inmanente a la relación capital-trabajo–: el capitalista, con el salario, no paga el trabajo del empleado sino, en cambio, su fuerza de trabajo. En el capitalismo, la fuerza de trabajo es una mercancía que, como cualquier otra, está sujeta a un proceso de compraventa; pero, con todo, la fuerza de trabjo no es una mercancía cualquiera, es una mercancía peculiar –excéntrica– que tiene la extraordinaria capacidad de engendrar valor y, además, de engendrar más valor que el que ella misma entraña. Como acontece con toda mercancía, el valor de cambio de la fuerza de trab.Yo está determinado por el costo de su producción; pero, se pregunta Marx, ¿cuánto cuesta la fuerza de trabajo?, ¿cuánto cuesta producir un obrero?: en tanto que el trabajo coincide con la subjetividad viva –en tanto que el trabajo “sólo existe en tanto actitud del ser viviente”,13 como movilización de las potencias corporales y psíquicas del sujeto que trabaja-, el costo de producción del sujeto-trabajador está determinado por la cantidad de dinero equivalente a la “suma de medios de vida […] necesarios para asegurar […] [su] subsistencia”,14 es decir, la cantidad de bienes de consumo imprescindibles para reproducir la fuerza de trabajo, para conservar la existencia del trabajador (para que al día siguiente, el trabaj ador pueda volver a trabajar, a desplegar sus fuerzas más o menos repuestas, volver a poner en acción su energía creadora). Pero Marx pone en evidencia que ese valor de la fuerza de trabajo (que el empresario recompensa a través del salario) no coincide con “el ejercicio […] de esta misma fuerza”,15 pues si así fuera (si estuviéramos ante una identidad –ante una igualdad– entre lo que la fuerza de trabajo cuesta y lo que ella produce ), el capital no tendría posibilidad de acumular, no se apropiaría de ganancia alguna. Esa diferencia, esa no coincidencia entre el costo de la fuerza de trabajo y el excedente que esa fuerza produce es, para Marx, el abismado núcleo del capital. El capital es, por decirlo así, pura diferencia, pura brecha: está fundado en una “brecha”16 entre lo que el trabajador recibe como salario y lo que produce –que siempre entraña un exceso–. La misma palabra plusvalía (construida con el prefijo latino plus –más–) lleva inscrita, en su configuración semántica, el recuerdo de ese núcleo conflictual y violento del capital: el trabajador trabaja “por encima [del tiempo necesario] para reponer su salario”;17 ese trabajo gratuito “es la fuente que alumbra la plusvalía”,18 el manantial que da nacimiento a la ganancia. Así, Marx visibilizó e hizo inteligible la arquitectura profunda y ensombrecida de la acumulación de capital y mostró que la relación capital-trabajo está habitada por una violencia muda pero constitutiva: el capital se erige sobre la “apropiación violenta del poder creador del obrero”.19 La riqueza, socialmente producida, es privadamente apropiada: el capital está fundado en la exacción de un remanente producido por una clase y apropiado por otra. El plusvalor entraña, pues, una violencia expropiatoria encubierta (mistificada por una apariencia de libre intercambio de equivalentes).

A riesgo de reducir en pocas palabras la complejidad del hallazgo de Marx –y de sus implicaciones sociales incalculables–, digamos que su análisis revela cómo el capital está sostenido por un “hambre de trabajo excedente”.20 Esa hambre inherente al capital es el origen de una desventura social mayúscula que Marx no dejó de interrogar a lo largo de su obra: una violencia muda e ininterrumpida –cotidiana– organiza: toda relación capital-trabajo; cuando la clase propietaria de los medios de producción compra fuerza de trabajo, expolia trabajo gratuito. A lo largo del libro que celebramos, Marx estudia, entre otras cosas, cómo esa pulsión intrínseca al capital (su urgencia por apropiarse trabajo no retribuido) condiciona el despliegue histórico del capitalismo: el imperativo del plusvalor (el mandato de la valorización del valor) impulsa metamorfosis profundas en las formas de organización del trabajo y en la tecnología que interviene en los procesos productivos. Marx analiza (en las secciones dedicadas a la cooperación, la división del trabajo en la manufactura y la gran industria maquinizada) cómo el capital, en su andadura histórica, revoluciona tanto los métodos de organización del trabajo como el andamiaje tecnológico de la producción, muestra cómo esos métodos organizativos y esa artefactualidad tecnológica interiorizan, en su propia configuración objetiva, la racionalidad del plusvalor y se convierten en mecanismos de “succión”21 de trabajo exceden te, devienen dispositivos de suhsunción de los sujetos al capital que dirigen, dice Marx, “fuerzas hostiles y avasalladoras”22 sobre los trabajadores (convirtiéndolos en “apéndices”23 de la máquina, de esa tecnología del capital que Marx llama el “hombre de hierro”,24 el “monstruo animado”25 que absorbe trabajo suplementario y que convierte el trabajo en una penalidad”).26 La tecnología y los métodos de organización del trabajo aparecen no sólo como “medios para la realización del trabajo sino, exactamente en el mismo plano, como medios para la explotación del trabajo ajeno”.27 Así, el descubrimiento del plusvalor es, además de un descubrimiento económico, un descubrimiento político: con el concepto de plusvalor, Marx muestra que el capitalismo funciona sometiendo, subsumiendo a los sujetos al imperativo de la valorización. La relación capital-trabajo es una relación ya, en sí, violenta: hay una violencia expropiatoria que aparece actuando en la esfera productiva cotidiana. El capital entraña una violencia inmanente , una violencia en sordina.

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ACUMULACIÓN ORIGINARIA: LA VIOLENCIA GENÉTICA DEL CAPITALISMO

Una vez habiendo desentrañado la lógica “invisible”28 del capital (una vez habiendo esclarecido cómo emerge la ganancia) y habiendo estudiado cómo esa lógica del plusvalor condiciona el desarrollo metamorfósico del capitalismo, Marx se retrotrae –en el capítulo XXIV del libro que nos ocupa– a la génesis histórica de este modo de producción, se remonta al proceso genético de surgimiento de las condiciones fundamentales del régimen capitalista (al proceso de larga duración a través del cual el capitalismo “llega a ser”).29 Y ¿cuál es la condición sine qua non del capitalismo? Para Marx, esa condición está dada por la existencia de dos clases sociales antagónicas: la clase de los propietarios de los medios de producción y la clase de los desposeídos (de aquellos que, para poder vivir, deben poner en venta lo único que tienen en posesión –su propia fuerza, “sus brazos laboriosos y su cerebro”–).30 El capitalismo tiene un presupuesto imprescindible, una condición forzosa: debe haber una clase desposeída cuya única posibilidad de supervivencia pase por la necesidad de venderse a sí misma. Subvirtiendo la idea ingenua –o interesada– de que ese sujeto desposeído (que se ve obligado a venderse para vivir) sería una especie de sujeto natural y transhistórico, Marx muestra cómo ese sujeto que está definido por una negatividad radical –en tanto se trata de un sujeto sin posesión, sin medios de producción–31 es el resultado de un proceso histórico: ese sujeto desposeído es el resultado –el efecto– de un proceso de constitución (es, dirá enfático Marx, un “producto artificial de la historia moderna”).32

En el capítulo sobre la acumulación originaria, Marx traza una genealogía del proceso histórico de constitución de esa clase social desposeída y muestra que su formación estuvo dada por un plexo de acontecimientos en los que intervino, como fuerza motriz y productora, la violencia: la violencia, dirá Marx en su célebre frase, es la “partera” del capitalismo y del trabajador libre (es la violencia la que está en la génesis de ese sujeto distintivo de la modernidad ). Cada vez que Marx alude a ese sujeto libre lo hace con su habitual tono irónico –con esa inflexión irónica del discurso que irrumpe a menudo en la escritura de este pensador irreverente–; el proletario es libre en dos sentidos: es un sujeto libre de la sujeción feudal (emancipado de la gleba y de las relaciones de dependencia personal que, de otro modo, le impedirían disponer “de su fuerza de trabajo como de su propia mercancía”)33 y es libre, además, en tanto que está privado de medios de producción (es un sujeto “suelto […], libre de todos los objetos necesarios para realizar por cuenta propia su fuerza de trabajo”,34 es, si podemos decirlo así, una suerte de subje tividad pura subjetividad sin objeto, sin medio, subjetividad “desobjetivada”–).35 Se trata de una libertad coactiva: el trabajo en el capitalismo es, al mismo tiempo, formalmente libre y, a su vez, forzado (“la fuerza de trabajo se vende porque su propietario no tiene condiciones de existencia propia para reproducirse”).36 En el capítulo XXIV, Marx se detiene en el rastreo de algunos de los procesos que dieron origen a esa escisión –a ese “divorcio”–37 de los sujetos respecto a sus medios de producción: la acumulación originaria del capital, dice Marx, es el “proceso histórico de disociación entre el productor y los medios de producción”.38 La acumulación originaria es el término al que Marx recurre para dar cuenta de un violento proceso de disociación, de despojo: un despojo originario –una escisión originaria– da nacimiento al capitalismo, alumbra sus condiciones fundamentales. De ahí que en otros textos Marx acuda, en lugar de a la expresión acumulación originaria, a la de “expropiación originaria”39 o “proceso de expropiación”.40 Contra el sentido común que atribuye el origen de la concentración de los medios de producción en pocas manos a la existencia de una minoría industriosa y ahorrativa, nuestro autor demuestra –a través de un examen histórico que impugna esa representación naif de los umbrales del capitalismo– que esa concentración primitiva se erige sobre un fondo de violencia incalculable. La violencia es la condición del capital, ella crea los prerrequisitos elementales del capitalismo al instaurar un hiato –una fractura– entre los trabajadores y sus medios de trabajo. Al instituir esa grieta –esa fisura entre los sujetos de la producción y los objetos para la realización de su trabajo–, la violencia engendra la “depauperación de la masa”41 (hace surgir lo que Marx llama las “masas […] desobjetivadas”),42 una depauperación que el capital necesita para forzar a los expropiados a la producción de plusvalía.

El capítulo sobre la acumulación originaria evidencia el oficio de historiador en el que Marx se desenvolvía con soltura: su argumentación se alza a través de una proliferación erudita de referencias históricas a las que no podemos aquí aludir sino de manera general y descarnada. Con todo, el capítulo XXIV no es un texto historiográfico clásico:43 Marx no quiere hacer la historia del pasado –una descripción fiel del tránsito del feudalismo al capitalismo– sino dar cuenta de la emergencia de las condiciones de posibilidad de la actualidad. Marx detecta, como procesos de la acumulación originaria, fenómenos diversos (aquí sólo mencionaremos algunos) que se distienden a lo largo de casi cuatro siglos (desde fines del siglo xv hasta bien avanzado el XIX). Tomando como ejemplo a Inglaterra,44 Marx indaga en las siguientes formas paradigmáticas de la violencia que dieron origen al capitalismo (en tanto “condiciones de su devenir”),45 –una violencia que tuvo, como objeto favorito, sobre todo, a la población rural, mayoritaria en el feudalismo–: la expulsión de los campesinos de sus tierras (la expropiación que los despojó del suelo y de sus instrumentos de trabajo y que los convirtió en proletarios libres); la anexión de esas tierras a los grandes terratenientes; la privatización de terrenos comunales (una conversión de lo común en dominio privado que se dio tanto por medio del robo y la violencia directa como por intermediación de la ley –la ley deviene, dice Marx, “vehículo de […] depredación de los bienes del pueblo”,46 sobre todo a través de las leyes de cercamiento de terrenos comunales). A través de estos mecanismos violentos (que implicaron la “disolución de la pequeña propiedad territorial y de la propiedad comunal del suelo”)47 se crea un proletariado libre –sin tierra– al tiempo que la tierra entra en el “circuito privado de la acumulación de capital”.48 Además, esta serie de despojos creó no sólo la figura del trabajador libre sino, también, un sujeto de consumo: el proletariado no sólo se vio forzado a vender su fuerza de trabajo sino que, además, debió abastecerse de sus víveres en el mercado (si an tes los campesinos producían sus víveres, ahora debían comprarlos). Así, la violencia originaria fabricó un sujeto bífido: productor de plusvalor y consumidor de mercancías.

El destino biográfico de los campesinos desalojados de sus tierras contenía, digamos, tres “opciones” clásicas –tres trayectorias vitales típicas–: o se convertían en jornaleros agrícolas a sueldo de los grandes terratenientes o de los arrendatarios, o se convertían en obreros de las manufacturas (es decir, devenían proletarios del campo o de la ciudad) , o bien, cuando no eran absorbidos por el mercado de trabaj o, se convertían en mendigos y vagabundos (integraban esa población excedentaria que tanto interesó a Marx) . Así, la violencia originaria no sólo engendra la bipolarización antagónica burguesía/proletariado, sino que produce también otro sujeto fundamental del capitalismo: la multitud de los excluidos del trabajo (el ejército laboral de reserva o sobrepoblación relativa). La acumulación capitalista tiene, como necesario correlato, eso que Marx llama la “acumulación de miseria”:49 esa miseria no es exterior al capital, le es inmanente. El capitalismo necesita de ese ej ército desempleado , requiere de esa parte de la población que no es inmediatamente utiliza­ da como fuerza de trabajo. Una mirada ingenua diría que esos sujetos del desempleo no pertenecen al régimen capitalista en tanto que no venden su fuerza de trabajo y, por ende, no generan plusvalía. Para Marx, en cambio, esa población desempleada (que no es metabolizada en la producción de plusvalor) es inherente al capital. El capital requiere de un ejército de miseria que cumple un conjunto de funciones necesarias para el proceso de valorización: es, por una parte, una población que cumple una función económica (en tanto conforma el venero al que el capital acude para reclutar nuevas fuerzas de trabajo en los ciclos económicos expansivos –y al que el capital devuelve a los trabajadores en los ciclos de contracción–), y es asimismo una población que cumple una función política, una población sufriente que es instrumen talizada para mantener bajos los salarios y para mantener a los trabajadores –al ejército obrero activo– políticamente neutralizados (porque cuando uno tiene trabajo, teme caer en el abismo del desempleo, y ese temor –que conocemos tan bien en la carnadura de nuestra contemporaneidad– nos constituye a menudo como “sujetos de obediencia”,50 opera como dispositivo despolitizador). Marx muestra cómo el régimen capitalista requiere de ese suje to de la marginalidad creado por la violencia expropiatoria. La acumulación originaria es un movimiento doble: produce una concen tración de los medios de producción que tiene como correlato una acumulación de miseria. La propiedad privada tiene como condición lo que Marx llamaba “la no-propiedad”.51 La acumulación primitiva incluyó, además, medidas legales para forzar a los desposeídos a someterse a la “disciplina que exigía el sistema del trabajo asalariado”,52 para constreñir a esas multitudes potencialmente anómicas a integrarse –disciplinadamente– a un mercado de trabajo que era y sigue siendo, por lo demás, incapaz de incorporar a todos. Así, Marx explora la dimensión jurídica de la acumulación originaria; la naciente burguesía acude al poder del Estado y a la fuerza de la ley para lograr la disciplinarización social: Marx pasa revista por los castigos sanguinarios que se ejercían sobre vagabundos y mendigos (quienes no tenían empleo fijo eran recluidos, esclavizados, torturados y ahorcados bajo el amparo de la ley); además de esta violencia disciplinante que se dirigía sobre los excluidos del trabajo, comenzaron a surgir leyes para disciplinar a los incluidos en el trabajo: leyes que prolongaban la jornada de trabajo (conduciendo a los cuerpos a su extenuación), leyes que fijaban el salario a la baja, que criminalizaban las coaliciones obreras para inhibir las posibilidades de que las fuerzas de trabajo devinieran fuerzas políticas desestabilizadoras, etc. De este modo, Marx revela cómo, entre los métodos de la acumulación originaria, se cuenta la irradiación de la fuerza violenta de leyes que se dirigen tanto contra los excluidos del trabajo asalariado (los que conforman el ejército de reserva) como contra los incluidos en el trabajo asalariado (contra el ejército laboral activo). Para Marx, las leyes jugaron un papel decisivo en la acumulación originaria, fueron un punto de apoyo cardinal para lograr tanto la creación de riquezas extraordinarias para la naciente burguesía como para producir lo que Marx llamaba el “grado normal de subordinación”53 de la sociedad al capital.

Si bien Marx sitúa primero su estudio de la acumulación originaria en el interior de Europa occidental (tenemos un primer momento eurocentrado de la argumentación), desplazará después su mirada hacia la exterioridad de Europa, hacia la exterioridad colonizada (tenemos un segundo momento del análisis que es exocéntrico, una visión periférica).54 Como se sabe, para Marx, en la acumulación originaria ocupa un papel medular el violento sistema colonial que, en el mundo no-europeo, generó riquezas extraordinarias que afluyeron de las periferias colonizadas hacia las metrópolis europeas (en un movimiento centrípeto de desplazamiento de la riqueza saqueada a través de la expropiación de las tierras de las sociedades colonizadas, a través de la esclavización, el “sepultamiento”55 de los indígenas en minas y plantaciones, el saqueo de metales preciosos y materias primas, etc.). Este reflujo de riquezas hizo posible la erección de fortunas insólitas que imprimieron un empuje inusitado a la industrialización europea. Además, la colonización , al inaugurar el mercado mundial, convirtió a los habitantes de las colonias no sólo en productores sobreexplotados, sino también en consumidores de las manufacturas europeas. Para Marx, no es posible pensar el capitalismo sin pensar en la violencia colonial. En su tendencia expansiva, el capital asimila los “núcleos no capitalistas”56 destruyéndolos o subsumiéndolos violentamente. Así, Marx indica cómo las laboriosas y sobreexplotadas periferias juegan un papel central en la acumulación del capital. Marx muestra, en suma, la centralidad de la periferia.

Finalmente,57 Marx considera, entre los métodos de la acumulación primitiva, el trasfondo violento de la gran industria: muestra cómo la próspera germinación del sistema fabril está ligada al trabajo infantil (a la explotación de los niños que permite una exacción extraordinaria de plusvalía) y al trabajo nocturno (la puesta en movimiento de un sistema fabril insomne). La gran industria floreció gracias a la explotación de los “niños fabriles”58 y a la puesta en marcha de un “perpetuum mobile”59 de la producción que arranca plusvalor a toda hora.

En suma, Marx muestra cómo el surgimiento del capital (del capital agrario, del capital industrial y del capital financiero) se yergue sobre un complejo plexo de articulación de formas de la violencia. Así, tras descifrar el umbroso secreto de la plusvalía (tras mostrar cómo la relación capital-trabajo –en tanto relación de despojo de plustrabajo– está habitada por una violencia irreductible y constantemente reproducida), Marx elucida el secreto de la acumulación primitiva y observa cómo la génesis del capitalismo (y de sus sujetos fundamentales) está dada por un conjunto de acontecimientos violentos (el capitalismo recibe su impulso genético de la violencia). Digamos que por lo menos dos formas generales de la violencia explora Marx en el primer tomo de El Capital60 la violencia expropiatoria que da origen al monopolio de los medios de producción y a la clase explotada (la violencia originaria que Marx llama “violencia directa”,61 –el robo, el despojo, la matanza, el sistema colonial y demás procesos de la acumulación primitiva–), y la violencia inmanente a la relación capital-trabajo (la violencia en sordina –“sorda”–62 de la exacción de plusvalor, violencia que infecta toda relación capital-trabajo). Tenemos, pues, una violencia originaria explícita ( evidente, manifiesta, elocuente en su brutalidad) y otra violencia encubierta (soterrada, subterránea, ensombrecida, mistificada pero estructural que actúa día con día en toda relación capital-trabajo). La violencia “es, por sí misma, una potencia económica”63 que alumbra al capitalismo (lo instaura y le da nacimiento) pero que también lo acompaña cotidianamente en su despliegue.

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EL ETERNO RETORNO DE LA VIOLENCIA ORIGINARIA

Ahora bien, muchos estudiosos de la obra de Marx han sostenido que la acumulación originaria es un proceso que no ha quedado confinado en un tiempo pretérito (en el momento específico de la transición del feudalismo al capitalismo), sino que, por el contrario, es un método de acumulación que continúa hasta nuestros días –que acompaña al capitalismo en su desenvolvimiento– y que se reinicia en un constante constituirse del capital (pues el capital necesita reproducir la escisión –la separación entre los sujetos y sus condiciones de trabajo y subsistencia– allí donde esa separación no está aún del todo constituida, de manera tal que esa escisión no se habría dado de una vez para siempre, sino que es reiteradamente reemprendida).64 Esta postura –a la que adhiero– afirma que las formas de la violencia que Marx describe en el capítulo XXIV asisten a una suerte de eterno retorno: el capitalismo, en su expansión, recurre a la violencia a fin de conquistar “nuevos territorios sociales”,65 apropiarse por la fuerza de nuevos recursos y medios de producción, conquistar nuevos mercados para la realización de la plusvalía, subsumir nuevas reservas de mano de obra barata, emprender nuevas privatizaciones de bienes comunes, etc. Así, tendríamos una violencia que es, simultáneamente, presupuesto histórico del capitalismo (su punto de arranque) y “mecanismo permanente”66 o, al menos, “estrategia recurrente”67 (periódicamente reactivada) de la acumulación de capital. De ahí que, entre quienes observan la persistencia de la acumulación originaria, se acuda a menudo a la aparentemente paradójica formulación de una acumulación originaria vigente, constante, permanente, contemporánea, continua, persistente, etcétera.

En los últimos años, sobre todo desde los años noven ta y hasta hoy, el capítulo XXIV de El Capital ha sido objeto de un notable ej ercicio de relectura: muchos de los estudiosos del capitalismo contemporáneo han repensado lo que está en juego en ese texto y han caracterizado nuestra contemporaneidad como un capitalismo fundado –a la par que en la exacción de plusvalor– en los métodos –periódicamente resucitados– de la acumulación originaria (que se echan a andar en la totalidad del planeta pero con especial virulencia en los países periféricos). Se ha estudiado, desde esta perspectiva, el despojo de tierras campesinas convertidas en bienes capitalizados por las grandes compañías agroindustriales, petroleras, hidroeléctricas, mineras, constructoras, turísticas, etcétera (de manera que los bienes son privatizados –o concesionados al capital– y los campesinos desplazados devienen sujetos sin posesión forzados a la migración o a menudo empleados como fuerza de trabajo barata en esos emprendimientos empresariales); tenemos, pues, una separación productores-medios de subsistencia que repite –reitera– el gesto originario del capital. Ese despojo es a menudo legalizado a través de reformas jurídicas en las que la ley, como decía Marx, actúa como vehículo de desposesión. Se ha estudiado, también, cómo el giro neoliberal del capitalismo entraña una reanimación de los métodos de la acumulación primitiva: la privatización de servicios y bienes públicos, la mercantilización y despojo de derechos sociales (de los sistemas de salud pública, de los fondos de pensiones, de la educación, etc.), métodos que implican una conversión de los restos –los residuos– de lo común en dominio privado, y que han sido pensados como “nuevos cercamientos”,68 como una violenta apertura de “nuevas áreas de acumulación”.69 De este modo, se ha estudiado cómo el capital rehabilita las estrategias de la acumulación originaria a fin de “avanzar sobre aquellas áreas […] todavía no del todo incorporadas al mercado”.70 Así, desde esta perspectiva, la acumulación originaria no es un proceso limitado a la génesis ‘del capitalismo (a su distendido momento inaugural ), sino que constituye un proceso de larga duración que no ha llegado a su fin: el capital no sólo “viene al mundo chorreando sangre y lodo”71 sino que se mantiene en el mundo a través de ese chorreo.

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LA NARCO-VIOLENCIA CONTEMPORÁNEA: ¿UNA ACUMULACIÓN ORIGINARIA DEL CAPITAL ILEGAL?

Para terminar, quisiera preguntarme si no podríamos pensar la violencia contemporánea en México asociada a la llamada “guerra contra el narco” como una suerte de acumulación originaria del capital ilegal (ésta es una hipótesis que exploraré con mayor detenimiento en una investigación futura, por lo que aquí sólo enunciaré algunos bordes generales del problema). La violencia de los cárteles que en México ha alcanzado niveles inéditos en la última década, parece reactivar al menos algunos mecanismos clásicos de la acumulación originaria. Los cárteles no son, desde luego, simples vectores de violencia irracional, son empresas que pertenecen a ese sector de la economía que algunos han llamado “economía subterránea”72 o “economía oculta”,73 empresas del capital ilegal (con múltiples vías de articulación con el capital legal, con el sistema financiero internacional y con el Estado) que funcionan activando una violencia atroz y que se desempeñan en un segmento económico que entraña un flujo extraordinario de ganancias. Según información reciente, hoy en México la primera fuente de divisas del país está dada por la venta de drogas de los cárteles mexicanos trasnacionales74 (lo que da una idea aproximada de la magnitud del negocio en juego). El accionar violento del capital ilegal tiene, entre sus finalidades, las siguientes: lograr la apropiación de medios de producción (de tierras campesinas convertidas en cultivos clandestinos75 de amapola y mariguana o en sedes para la instalación de laboratorios);76 lograr el reclutamiento de mano de obra (trabajadores de la narcoagricultura –jornaleros,77 microtransportistas, todos ellos sobreexplotados, subremunerados y sobreexpuestos a la violencia policiaca, militar y judicial que dirige sus fuerzas de tortura, violación, asesinato, desaparición, juicio y encarcelamiento contra los eslabones más bajos y muy a menudo no-violentos de las organizaciones–);78 lograr el redptamiento de narcomenudistas, halcones, sicarios y demás capas bajas de las hiperestratificadas corporaciones ilegales (las fuerzas de trabajo de las capas bajas de los cárteles son a menudo reclutadas del campo arruinado y de los sectores urbanos empobrecidos que encuentran en su participación marginal en estas organizaciones la única vía de sobrevivencia; así, los cárteles reclutan a sus trabajadores más bajos de entre el ingente ejército de marginalidad que hay en México, que aparece como el venero del que se nutre el capital ilegal para hacer una verdadera leva de pobres).79 La violencia de estas organizaciones se activa, además, para competir por el control de los circuitos mercantiles (disputarse el control de plazas de venta y de rutas de traslado de las mercancías –rutas terrestres, aéreas y marítimas–) ; disputar la conformación de redes de complicidad y coactuación con agentes estatales que permiten la fluidificación de las transacciones ilegales y que aseguran la impunidad de las capas directivas de las organizaciones (de las élites del capital ilegal); difundir un temor general y paralizante en la sociedad para que las “autoridades informales” mantengan el control territorial, consoliden sus circuitos económicos y aseguren la exacción de impuestos paralelos (lo que se conoce en México como “derecho de piso”); lograr el silenciamiento de las voces críticas del capital ilegal (periodistas, defensores de derechos humanos, familiares de víctimas) a través de la matanza y de un sistema de amenaza, etcétera.

Ahora bien, el narcotráfico no es, por supuesto, la única actividad de los cárteles, hay una diversificación de las actividades económicas en juego donde las redes incluyen, en su entramado, a agentes de la maquinaria estatal y a empresarios de alto rango con un pie en el capital legal y otro en el ilegal: al narcotráfico se suman el tráfico de personas, de armas, secuestro, extorsión, lavado de dinero, minería, petróleo… Actividades aseguradas a través de una imbricación indiscernible entre las fuerzas de un Estado mafioso y las fuerzas del para-Estado delincuencial que mantienen el duopolio de la violencia en México. La llamada “guerra contra el narco”, por su parte, deja intactas las estructuras criminales… pues el propio Estado está en buena medida incluido en ellas- y dirige su violencia contra el cuerpo social. La guerra tiene como efecto un aumento de los precios de las mercancías ilegales (y un aumento del monto de los sobornos) y, por tanto, mayores ganancias para el capital ilegal.80 En el desarrollo de sus actividades, las corporaciones del capital ilegal operan violentamente a través de métodos afines a la acumulación originaria: desplazamiento forzado de comunidades rurales, apropiación de tierras y pueblos, asesinatos masivos, tortura, saqueo, robo, trabajo infantil, esclavización, cobro de impuestos, paramilitarización y militarización del territorio, disciplinamiento social “a sangre y fuego”81 a través de la espectacularidad del castigo que se ej erce reiteradamente sobre el cuerpo social. A través de la irradiación de esta violencia, las organizaciones aseguran los flujos económicos de un negocio altamente redituable. Así pues, cabe preguntarnos si no estamos quizás ante una acumulación originaria del capital ilegal donde la violencia aparece, como decía Marx, como “potencia económica” que pone las condiciones para la operatividad de esta forma del capitalismo ilegal que entraña un flujo extraordinario de ganancias.

Digamos, para terminar, que Marx nos ha legado, en El Capital algunas de las coordenadas para pensar la carnadura de nuestro presente, signado por una violencia prismática de múltiples rostros –no sólo, por supuesto, los que aquí he referido–, una violencia organizada por la pulsión acumulativa inmanente al capital: 1) la violencia cotidiana inherente a toda relación capital trabajo (la violencia soterrada intrínseca a la exacción de plusvalía); 2) la reactivación contemporánea de las estrategias de la acumulación originaria (echadas a andar por un nexo entre el capital legal, el Estado y el capital ilegal), y 3) la violencia de la formación continua de un ejército de marginalidad que se ve conducido a la migración forzosa, al trabajo informal desprotegido –ya hegemónico en México– o al trabajo en las narcocorporaciones.

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NOTAS:

1. Véase Werner Bonefeld, “Acerca de la subversión y los elementos de la razón crítica: notas desde el ayer”, “Heramienta”. Debate critica marxista, núm. 16, febrero, 20 15.

2. Véase Karl Marx [1867] , El Capital. Critica de la Economía Política, vol. 1, México, Fondo de Cultura Económica, 1973, p. XXV.

3. Néstor Kohan [2001], El CapitaL Historia y método, Buenos Aires, Un iversidad Popular Madres de Plaza de Mayo, 2003, p. 13.

4. Karl Korsch [1936] , Karl Marx, Barcelona, ABC, 2004, p. 26.

5. Horacio Crespo, “Marxismo e historia social”, en Gumersindo Vera, Alejandro Pinet, Pedro Quintino y Franco Savarino (coords.), Memarias del Simposio “Diálogos entre la historia social y la histaria cultural”, México, Escuela Nacional de Antropología e Historia, 2005, p. 117 (cursivas en el original) .

6.Cabe recordar la carta donde Marx afirmaba que la publicación de El capital asestaría “en el plano teórico, un golpe a la burguesía del que nunca se repondrá” (carta de Marx a Klings, 4 de octubre de 1864, en Carlos Marx y Federico Engels [1864], Cartas sobre “El Capital», La Habana, Editora Política, 1983, p. 148).

7. Carta de Engels a Marx (27 de abril de 1867) , en Karl Marx, El Capital. Critica de la… , p. 677.

8. Carta de Marx a Engels (31 de julio de 1865), !bid. , p. 672.

9. Jorge Luis Borges, “El laberinto”, Nueva antología personal, Barcelona, Bruguera, 1968, p. 24.

10. Karl Marx, El Capital. Critica de la… , p. XV (cursivas en el original).

11. Karl Marx [1865 ], “Salario, precio y ganancia”, en Carlos Marx y Federico Engels, Obras escogidas, tomo II, Moscú, Progreso, 1976, p. 58.

12. Karl Marx [1857-1858], Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse), vol. 1, México, Siglo XXI Editores, 2009, p. 426.

13. Karl Marx, El Capital. Crítica de la… , p. 124.

14Idem.

15. Karl Marx, “Salario…”, p. 57 (cursivas en el original).

16. David Harvey [ 1990] , La condición de la posmodernidad. Investigación sobre los orígenes del cambio cultural Buenos Aires, Amorrortu, 20 12, p. 203.

17. Karl Marx, “Salario…”, p. 58 (cursivas en el original).

18. Friedrich Engels,“El Capital, por Marx”, en Karl Marx, El Capital. Crítica de la…, p. 747 (cursivas en el original).

19. Martin Nicolaus, “El Marx desconocido”, en Karl Marx, Elementos fundamentales..., p. xxx.

20. Karl Marx, El Capital. Critica de la…, p. 182.

21 Karl Marx [1863-1866], El Capital. Libro I, Capítulo VI. Inédito, México, Siglo XXI Editores, 1984, p. 40.

22. Karl Marx [1861-1863], La tecnología del capital. Subsunción Formal y subsunción real del proceso de trabajo al proceso de valorización. (Extractos del Manuscrito 1861-1863), México, ltaca, 2005, p. 56.

23. Karl Marx y Friedrich Engels, “Manifiesto del Partido Comunista”, en Carlos Marx y Federico Engels, op. cit., p. 117.

24. Karl Marx, La tecnología del capital…, p. 57.

25. Karl Marx, Elementos fundamentales… , p. 432 (cursivas en el original) .

26Idem.

27. Karl Marx, El Capital. Libro l. , p. 53 (cursivas en el original) .

28. Maurice Godelier [1974], “Antropología y economía. ¿Es posible la antropología económica?”, en Maurice Godelier (comp.), Antropología y economía, Barcelona, Anagrama, 1976, p. 289.

29. Karl Marx, Elementos fundamentales…, p. 421 (cursivas en el original).

30. Karl Marx, “Salario…”, p. 55.

31. Podemos decir que el proletariado es un sujeto social que está definido, al mismo tiempo, por una negatividad y una positividad: por una negatividad en tanto que es un sujeto en falta (carente de medios de producción), y por una positividad radical en tanto que el capital depende de él para valorizarse (el capital es impotente sin trabajo) .

32. Karl Marx, El Capital. Crítica de la…, p. 646 (cursivas en el original).

33Ibid., p. 122 (cursivas en el original ). 34 /dem (cursivas en el original).

34Ibid.

35. Véase el fragmento núm. 54 de la traducción que hace Ángel Palerm de fragmentos de los Formen de Marx (Ángel Palerm [1976], Modos de producción y formaciones socioeconómicas, México, Edicol, 1977, p. 42 ).

36. Néstor Kohan, op. cit., p. 249.

37. Karl Marx, El Capital. Crítica de la… , p. 608 (cursivas en el original).

38Idem (cursivas en el original ).

39. Véase Karl Marx, “Salario…”, p. 55.

40. Karl Marx, El Capital. Libro I…, p. 1 63 (cursivas en el original).

41. Karl Marx, El Capital. Crítica de la… , p. 612.

42. Véase la nota 35 de nuestro texto.

43. Al respecto, véase Horado Crespo, op. cit., p. 11 5 y Ángel Palerm, op. cit., pp. 29 y 50.

44. Marx toma como ejemplo a Inglaterra, pero advierte que fenómenos similares pueden haberse producido en otras latitudes: la historia de la acumulación originaria, escribe, “presenta una modalidad diversa en cada país, y en cada uno de ellos recorre las diferentes fases en distinta gradación y en épocas históricas diversas” (Karl Marx, El Capital. Crítica de la…, p. 609). Pero Marx también aclaró que su esbozo de la génesis del capitalismo no debía ser convertido “en una teoría filosófico-histórica del camino general que cada pueblo está condenado a recorrer […]. Será estudiando cada una de estas formas de evolución separadamente y después comparándolas, como podremos encontrar […] la llave de este fenómeno; pero uno nunca llegará a hacerlo usando como llave maestra una teoría general filosófico-histórica, cuya suprema virtud consiste en que es suprahistórica”. (Karl Marx citado en Ángel Palerm, op. cit. , p. 51 ). Así, hay que pensar el capítulo XXIV como un esbozo y como un estudio de formas paradigmáticas de la violencia que da origen al capitalismo. Nada más lejos del sentido histórico de Marx que querer convertir la historia de Inglaterra en historia mundial.

45. Karl Marx, Elementos fundamentales…, p. 421.

46. Karl Marx, El Capital. Crítica de la… , p. 616 (cursivas en el original).

47. Véase nota 35. Aquí remito al fragmento 23 de Palerm, op. cit. , p. 31.

48. David Harvey [2003], El nuevo imperialismo, Madrid, Akal, 2007, p. 119.

49. Karl Marx, El Capital. Critica de la…, p. 547.

50. Véase Michel Foucault [1975], Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, Siglo XXI Editores, México, 1976, p. 134.

51. Karl Marx, Elementos fundamentales…, p. 464 (cursivas en el original).

52. Karl Marx, El Capital. Critica de la…, p. 627.

53Ibid., p. 628 (cursivas en el original).

54. Debo la idea de estos dos momentos de la argumentación en el capítulo XXIV de El Capital a Abraham justino García Torres (estudiante de mi curso de Antropología económica en la Licenciatura en Antropología Social de la UAM Unidad Iztapalapa que presentó un trabajo final en el que señalaba ese doble momento de la argumentación marxiana –central y periférico–. Recupero aquí su lúcido señalamiento) .

55. Karl Marx, El Capital. Crítica de la…, p. 638.

56. Sergio de la Peña, “Los límites de la acumulación originaria del capital”, “Revista Mexicana de Sociología”, vol. 36, núm. 2, abril-junio, 1974, p. 234.

57. En nuestro breve recuento, hemos dejado de lado un conjunto de fenómenos que Marx analiza: la “bancocracia”, el sistema de la deuda pública, el sistema tributario, el sistema internacional de crédito y el sistema proteccionista, mecanismos financieros que constituyeron una palanca decisiva para la acumulación originaria y que se basan “en la más avasalladora de las fuerzas”. (Karl Marx, El Capital. Crítica de la…, p. 638).

58. F. Homer citado en Karl Marx, El Capital. Crítica de la…, p. 645, nota 67.

59. Karl Marx, El Capital. Crítica de la…, p. 331.

60. Digo aquí que por lo menos dos formas de la violencia examina Marx porque hay una tercera forma de la violencia insinuada en El capital en la que no me detendré en este estudio: la violencia revolucionaria, una violencia de signo inverso al de la violencia capitalista, una violencia que se constituye como “negación de la negación”. (Karl Marx, El Capital. Crítica de la…, p. 649), como expropiación de los expropiadores que daría paso a una nueva génesis: a la instauración de una sociedad comunista erigida sobre la propiedad colectiva de los medios de producción. Si la violencia capitalista instituye la concentración de los medios de producción en pocas manos, la violencia revolucionaria tiende a la ruptura de la concentración, a la propiedad común.

61. Karl Marx, El Capital. Crítica de la…, p. 627.

62ldem.

63. Karl Marx, El Capital. Crítica de la…, p. 639 (cursivas en el original).

64. Entre los autores que han defendido la tesis de la persistencia de la acumulación originaria se encuentran, entre muchos otros, los siguientes: Rosa Luxemburgo, Samir Amin, Midnight Notes Collective, Werner Bonefeld, Massimo De Angelis, David Harvey, Néstor Kohan, Guido Galafassi, Claudia Composto y Diego Pérez Roig, Rhina Roux, Mina Lorena Navarro Trujillo y Armando Bartra. El lector encontrará sus textos referidos en la bibliografia. La idea de que los métodos de la acumulación originaria persisten a lo largo de todo el despliegue del capitalismo tiene como ascendiente fundamental la obra de Rosa Luxemburgo, La acumulación del capital, donde la autora sostiene, entre otras cosas, que el capital requiere de una continua subsunción de las periferias no capitalistas; en su impulso expansivo y en su búsqueda de ganancias, el capital “recorre el mundo entero” (Rosa Luxemburgo [1912], “La reproducción del capital y su medio ambiente”, La acumulación del capital, México, Grijalbo, 1967, p. 274), acude a la apropiación violenta de “nuevos territorios” (Idem), de los bienes naturales, de los “medios de producción y [de] la fuerza de trabajo del planeta entero” (Ibid., p. 280). Esos bienes, esos medios de producción y esas fuerzas de trabajo están a menudo regulados por relaciones sociales no capitalistas: “surge aquí el impulso irresistible del capital a apoderarse de aquellos territorios y sociedades” (Ibid.) y, para ello, el capital reactiva los métodos violentos de la acumulación originaria. Luxemburgo muestra que el capital requiere de las periferias no capitalistas en tanto proveedoras “de materias primas y fuerza de trabajo barata, nuevos mercados y renovados espacios de inversión” (Claudia Composto y Diego Pérez Roig, “Presentación. Trazos de sangre y fuego: ¿continuidad de la acumulación originaria en nuestra época?”, “Theomai”, núm. 26, segundo semestre, 2012, p. 11). Los métodos de la acumulación originaria persisten sobre todo –aunque no solamente– en los países periféricos.

65. Néstor Kohan, op. cit. , p. 250.

66. Claudia Composto y Diego Pérez Roig, op. cit., p. 11.

67. Massimo De Angelis [2001], “Marx y la acumulación primitiva. El carácter continuo de los ‘cercamientos’ capitalistas”, “Theomai”, núm. 26, segundo semestre, 2012, p. 18.

68. Véase Midnight Notes Collective [1990], “Los nuevos cercamientos”, “Theomai”, núm. 26, segundo semestre, 2012.

69. David Harvey, El nuevo…, p. 119.

70. Guido Galafassi, “Entre la acumulación primitiva y la reproducción ampliada. Una reactualización del debate y su correlación con la explicación de los conflictos sociales en América Latina”, “Política”. Revista de Ciencia Política, vol. 54, núm. 2, 2016, p. 54.

71. Karl Marx, El Capital. Crítica de la…, p. 646 (cursivas en el original).

72. Véase Philippe Bourgois [1995], En busca de respeto. Vendiendo crack en Harlem, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2010.

73. Enrique Galván Ochoa, “El mercado de las drogas: dólares y muerte”, “La Jornada”, 10 de mayo, 2017.

74. Enrique Galván Ochoa ha publicado datos que indican que, en México, el flujo de divisas procedentes del negocio de los cárteles ya ha desplazado a la entrada de divisas por el envío de remesas de migrantes: “Tras la caída del petróleo, el primer lugar [de las fuentes de divisas en México] lo ocupan los migran tes y sus envíos a sus familias, con 26 mil millones de dólares al año. Eso sucede en la economía formal. Sin embargo, una investigación revela que los cárteles de la droga mexicanos operan más recursos, entre 19 mil y 29 mil millones de dólares anuales, por la venta de drogas en Estados Unidos, según un reporte del Departamento de Seguridad Interior. Es la economía negra […] del país, pero mantiene a flote a comarcas enteras” (Enrique Galván Ochoa, op. cit.).

75. Es muy difícil tener información confiable –el narcotráfico es, por su naturaleza, un terreno opaco y esquivo–, pero Víctor Ronquillo consigna datos de diversas fuentes que indican que el narcotráfico se ha apropiado entre 31.6 y 60% “de las tierras cultivables del país” (Víctor Ronquillo, “La narco agricultura: cáncer del campo mexicano”, “La Jornada del Campo”, núm. 40, 15 de enero, 2011).

76. México está entre los países con mayor producción de drogas sintéticas (sobre todo metanfetaminas).

77. Ronquillo estima que en México alrededor de 600.000 “jornaleros trabajan para el narco” (Víctor Ronquillo, opcit.). Las cifras son de 2011, por lo que es probable que hoy ese número haya aumentado.

78. Por ejemplo, la mayor parte de las mujeres presas en México por delitos de narcotráfico (que, según una investigación periodística de Jessica Xantomila, representan más de 53% del total de mujeres presas) tienen un común denominador: suelen ser jóvenes, pobres, analfabetas y con muy poca escolaridad» (Informe de la Comisión Interamericana de Mujeres citado en Blanca juárez, “Presas por narcotráfico, más mujeres que hombres”, “La Jornada”, 10 de agosto, 2015); además, “no tienen antecedentes penales y trabajan en la economía informal… [Su participación en la distribución de drogas] es una opción de ganar más dinero” (Blanca Juárez, “Narcotráfico, principal motivo por el que encarcelan a las mujeres”, “La Jornada”, 5 de marzo, 2016) . Estas mujeres se dedican por lo común al “microtráfico no violento” (Blanca juárez, “Presas por narcotráfico…”) y no suelen formar parte de las estructuras de las organizaciones, sino que son utilizadas como microtransportistas. Así, quienes padecen el encarcelamiento masivo son “los eslabones más bajos en la cadena del tráfico de drogas” (Jessica Xantomila, “Plantean castigo sin prisión a mujeres acusadas de narco“La Jornada”, 24 de mayo, 2017) y su encarcelamiento deja intactas las redes. Tenemos, pues, lo que Loic Wacquant ha denominado el encierro de los pobres.

79. Por supuesto, los cárteles no sólo están formados por las fuerzas de trabajo de la pobreza: como cualquier empresa, los cárteles son estructuras estratificadas con sus clases bajas, medias y altas, donde participan agentes muy heterogéneos (profesionistas muy diversos, agentes de relaciones públicas, grandes operadores financieros, altos mandos estatales y empresariales, etc.).

80. Es sabido que el grueso de las ganancias del narcotráfico se queda en los países centrales (especialmente en Estados Unidos). La “guerra contra el narco”, liderada por Estados Unidos pero librada en las periferias, opera una suerte de «outsourcing de la sangre» (Enciso citado en Bernardo Bolaños, Esclavos, migrantes y narcos. Acontecimiento y biopolítica en América del Norte, México, UAM-Cuajimalpa/Juan Pablos, 2013, p. 18). Esa externalización de la sangre asegura una violencia que dispara las ganancias de los tráficos. Un inteligente análisis del caso de la cocaína que revela las relaciones desiguales entre centro y periferia en el narcotráfico puede encontrarse en Suzzane Wilson y Marta Zambrano, “Cocaína, capitalismo e imperio: encadenamientos globales y políticas del narcotráfico”, “Análisis Político”, núm. 24, enero-abril, 1995.

81. Karl Marx, El Capital. Critica de la…, p. 607.

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