Mohammed el Gorani. Guantánamo Kid

Fuente: Nodo50/http://www.revistahincapie.com/                                    

Durante dos semanas Jérôme Tubiana se reunió con Mohamed en N’Djamena, capital de Chad. En el húmedo sopor del mediodía, tras la oración, Jérôme recogía en taxi a Mohammed en la tienda que este esperaba convertir en una próspera lavandería. De ahí iban al hotel de Jérôme. Era imprescindible proteger a Mohamed de cualquier mirada: que nadie alertara del encuentro entre un periodista francés y el hombre que con apenas 15 años fue el recluso más joven de la terrible prisión de Guantánamo. El testimonio de sus ocho años de cautiverio y tortura en Guantánamo fue recogido por el periodista Jerome Tubiana, ahora publicado en el cómic Guantánamo Kid, editado por Norma.

Mohammed nació en 1986. En la capital de Arabia Saudita, Medina, la ciudad del Profeta. Sus padres vinieron del norte de Chad. Creían que si se vive en un lugar sagrado, es más fácil ir al paraíso. Eran nómadas, pastores de camellos, de la tribu goran. Cuando llegaron a Medina, tomaron como apellido el nombre de su tribu. Por eso Mohamemed se llama Mohammed el Gorani. La llegada a Medina no sería para los Gorani un camino al cielo. El padre tuvo que resignarse a trabajos precarios, lavaplatos y ayudante de algún mediocre comercio. En Arabia Saudí existe un apartheid para los extranjeros. Cuando los padres de Mohammed trataron de enviarle a la escuela, les preguntaron “¿el niño es saudí?”. “No, de Chad”, respondieron. “No quedan lugares. Vuelvan el mes que viene”.

Mohammed pudo ir a la escuela a los ocho años. A una escuela regida por un hombre procedente de Chad donde iban los niños que no podían ir a una escuela saudí. Al enfermar su madre cuatro años más tarde, tuvo que abandonar sus estudios para empezar a trabajar. Lavaba coches, vendía agua fría en la calle, alfombras para el rezo y collares de cuentas durante la Peregrinación y el Ramadán. Cada mes viajaba a La Meca al igual que otros niños de Sudán y Pakistán para vender a los peregrinos. Con lo que ganaba, a su familia  le llegaba pagar la luz y el agua corriente en su casa.

Mohammed se imaginaba un futuro distinto. Se veía dentista. En Arabia Saudí no hay dentistas para los no saudíes. Un amigo, al que Jerome llama Ali le enseñó algo de urdu, números, y algunas palabras básicas para vender cualquier cosa útil a los peregrinos paquistaníes. Ali le animó a aprender inglés y optar así a trabajar en algún hotel de La Meca. El hermano de Alí hablaba inglés y tenía un buen trabajo en un hotel. “Ali me habló de aprender inglés y computación en Pakistán. `Ve a Karachi, me dijo. Mis tíos y primos te darán la bienvenida, solo tienes que pagar las lecciones´. Se lo dije a mis padres, se negaron. Mis tíos dijeron: ‘¡Estás loco!’”. Pero Mohammed lo tenía decidido. “Mi objetivo cuando fui a Pakistán era ayudar a mi familia, la vida se estaba poniendo difícil”.

Sin decirle nada a nadie, fue hasta Jeddah a pedir un pasaporte en el Consulado de Chad. El tipo del consulado le dijo: ‘Necesitas cambiar tu nombre y mentir sobre tu edad. Y tienes que pagarme ‘.  Solo tenía 15 años. Tenía algo de dinero. Todos los días entregaba a su familia lo ganado en la venta callejera, reservando una parte en una lata de leche en polvo que enterró frente a la casa. En su último día en Medina, vio a su tio Abderahman por última vez. “No podía decir adiós abiertamente, pero en mi corazón fue un adiós. Eran las 1 de la mañana, hora no normal de visita, ya que planeaba salir la misma noche. Tomé sus manos en las mías y besé su cabeza, como hacemos en nuestra tradición”. Por la mañana, ya salido el sol, Abderahman comunicó a la familia que Mohammed había partido.”Tal vez fue a Jeddah, como suele hacer”, preguntó su madre.’No, esta vez se irá muy lejos’.

Mohammed tomó un avión a Karachi. Incluso Ali se sorprendió. Los primos de Alí le recogieron en el aeropuerto. El tío le enseñó en su casa inglés y computación durante seis meses. “Planeé irme a casa después de esos seis meses. Pero dos meses después de mi llegada, ocurrió el  9/11. No le presté atención, estaba muy ocupado con mis lecciones”. Todos los días, se despertaba, iba a la escuela, almorzaba, jugaba fútbol con los niños del vecindario, estudiaba y rezaba. Todos los viernes, rezaba en una gran mezquita, no lejos de la casa del tío de Alí. La mayoría de las personas que oraban allí eran árabes, porque el imán era saudí y hablaba un buen árabe. “Un viernes, al comienzo del sermón, vimos muchos soldados rodeando la mezquita. Después de las oraciones, comenzaron a interrogar a la gente. Estaban buscando árabes.

–‘ ¿Saudí?’

— ‘No, chadiano’.

— ¡No mientas, eres saudí! Debió ser su acento. “Me pusieron en un camión y me taparon la cabeza con una bolsa de plástico. Me llevaron a una prisión y comenzaron a interrogarme sobre al-Qaida y los talibanes. Nunca había escuchado esas palabras”.

— ¿De qué estás hablando?’ pregunté.

— ‘Escucha, los estadounidenses te van a interrogar. Simplemente diga que es de al-Qaida, que fue con al-Qaida en Afganistán y  lo enviarán a casa con algo de dinero.

— ¿Por qué mentiría?’

Me colgaron de los brazos y me golpearon. Llegaron dos americanos blancos, en sus cuarenta. Llevaban ropa normal. Preguntaron: ‘¿Dónde está Osama bin Laden?’

— ‘¿Quién es ese?’

— ‘¿Estás tratando de jodernos? ¡Eres de al-Qaida, sí!

Un paquistaní acompañaba a los estadounidenses. Cuando le preguntaron si Mohammed era de al-Qaida, él asiente. Los estadounidenses dijeron: ‘¡Llévatelo de vuelta!’ El pakistaní estaba furioso: “¡Están buscando a Al Qaeda, tienes que decir que eres de Al Qaida!”. “Luego me pusieron los electrodos en los dedos de los pies. Durante diez días los tuve en mis pies. Todos los días había tortura. Algunos de ellos me torturaron con electricidad, otros simplemente firmaron un papel diciendo que lo habían hecho. Uno de los oficiales paquistaníes era un buen tipo. Dijo: ‘El gobierno pakistaní solo quiere venderte a los estadounidenses’. El miedo reinó durante un tiempo en el grupo de detenidos. Pero la posibilidad de ir a los estados Unidos se abre como una paradógica calma tras la tormenta.” Siempre me gustó ver viejas películas de vaqueros y creía que los estadounidenses eran buenas personas, como en las películas. Sería mejor con ellos que con los pakistaníes, tendríamos abogados. Tal vez me permitieran estudiar en los Estados Unidos y luego enviarme de vuelta con mis padres”.

Cada noche se llevaban a los detenidos, en grupos de veinte. “No sabíamos a dónde iban, pero pensábamos que a los Estados Unidos. Un día, fue el turno de mi grupo. Los pakistaníes nos quitaron las cadenas y nos pusieron esposas “hechas en los Estados Unidos”. Les dije a los otros detenidos: ‘¡Miren, nos vamos a los Estados Unidos!’ Pensé que los estadounidenses entenderían que los pakistaníes los habían engañado y me enviarían de regreso a Arabia Saudita”.

Con las manos atadas a la espalda y sujetos todos por la cadena que sostiene un guardia. Una fila de veinte reos sin nombre en un aeropuerto. Los estadounidenses gritan: ‘Usted está bajo arresto, BAJO LA CUSTODIA DEL EJÉRCITO DE LOS ESTADOS UNIDOS! ¡NO HABLE, NO SE MUEVE O NOSOTROS LE LLEVAREMOS! Un intérprete traduce al árabe. “Entonces empezaron a golpearnos, no podía ver con qué, pero algo duro. La gente estaba sangrando y llorando. Casi nos habíamos desmayado cuando nos pusieron en un helicóptero”.

Aterrizaron en otro aeropuerto.Kandahar de noche. Los estadounidenses gritaban: ‘¡Terroristas, criminales, vamos a mataros!’ “Dos soldados me tomaron de los brazos y comenzaron a correr. Mis piernas se arrastraban por el suelo. Se reían y me decían: ‘¡Jodido negro!’ No sabía lo que eso significaba, lo aprendí más tarde. Me quitaron la máscara y vi muchas carpas en la pista de aterrizaje. Me pusieron dentro de una. Había un egipcio con un uniforme estadounidense. Comenzó preguntándome:

— ‘¿Cuándo fue la última vez que viste a Osama bin Laden?’

— ‘¿Quien?’

“Me tomó por el cuello de la camisa y me volvieron a golpear. Durante todo mi tiempo en Kandahar, fui golpeado. Una vez entraron a la tienda con armas, gritando: ¡COMPRAMOS A LOS TERRORISTAS! Y nos pusieron las esposas. ¡Aquí están sus armas! Y tiraron algunos Kalashnikovs al suelo. “¡Hemos estado luchando contra ellos, mataron a mucha gente!” Lo grababan con cámaras. Trajeron perros para asustarnos”.

Un día empezaron a mover prisioneros de nuevo. Los vistieron con ropa naranja, los esposaron y pusieron guantes sin dedos, para que no pudieran abrir las esposas.

— “Ustedes van a un lugar donde no hay sol, ni luna, ni libertad, y vivirán allí para siempre”,

Dijeron los guardias y se rieron. Les pusieron gafas y auriculares completamente negros, para que no pudieran ver ni oír. “No sientes el tiempo. Pero podía escuchar cuando hacían el cambio de guardia, probablemente cada hora. Debo haber pasado cinco horas sentado en un banco, con otro detenido en la espalda”.

Mohammed está en un avión. Tan pronto hace el más mínimo moviemtno recibe un golpe. Gritan: ¡SI NO SIGUE NUESTROS ORDENES, LE MATAREMOS!

“Me desmayé.No teníamos agua ni comida. Me desperté escuchando voces gritándome en diferentes idiomas. Me llevaron a una celda. Vi soldados por todas partes, y pistolas, como si fuera una guerra. Había grandes cercas de metal por todas partes. Es Guantánamo. Campamento X-Ray. Prisión sin muros, sin tejados, solo vallas. Nada que proteja del sol o la lluvia.

El cielo es azul. Es lo único que puede ver Mohammed hasta que lo trasladan al campamento Delta. Allí en su nueva celda puede mirar por la ventana. Un paisaje de plástico verde, y a través de sus ínfimos pero numerosos agujeros vislumbra árboles. E incluso el mar. “Lo vi aún mejor, años más tarde, cuando me trasladaron a Camp Iguana. A través de la lámina de plástico, vi el océano, los grandes barcos y los guardias nadando. Solo en Iguana pude tocar la arena”.

En la celda del Campamento Cinco, su ventana está tapada con cinta marrón. Un día, un pájaro carpintero picotea hasta romper la cinta. Lo hizo en muchas ventanas. Cada día, los guardias tuvieron que poner una nueva cinta en cada ventana.Mohammed puede ver los coches, los soldados, el cielo, el sol, la vida exterior.

Mohammed no sabe dónde está. Algunos presos piensan que se encuentran en Europa. Otros decían: ‘es el clima de Omán’. Otros aseguraban que Brasil. “Llegamos en febrero, pero hacía mucho calor en comparación con Kandahar. Allí nos estremecíamos día y noche, especialmente cuando estábamos desnudos. Después de unos meses, un interrogador me dijo: ‘Estamos en Cuba’. Fue la primera vez que escuché este nombre. ‘Una isla en medio del océano. Nadie puede huir de aquí y tú estarás aquí para siempre”, decína los carcelerosa. Los detenidos de mayor edad conocían Cuba, pero no sabían que en aquella isla hubiera una base estadounidense. Habían visto muchas películas estadounidenses, así que los detenidos comenzaron a decir a sus carceleros  “‘¡Tengo derecho a un abogado!”.  “Los interrogadores se rieron de mí

— ‘¡No aquí en Guantánamo! ¡Aquí no tienes derechos!

La primera noche nada más llegar, Mohammed tuvo su primer interrogatorio. Un viejo de uniforme dijo: “Tenemos dos caras, una bonita y otra fea. No queremos mostrarte la fea”. Continuó con preguntas: ‘¿Qué estabas haciendo en Afganistán? ¿Eres de al-Qaeda? ¿Eres un talibán? ¿Has estado en campos de entrenamiento? No, No, y no. Tras los gritos, fue enviado a su celda. Los aullidos de los otros prisioneros, eran el adelanto de que tarde o temprano él sería el siguiente.

“Al principio hubo interrogatorios todas las noches. Me torturaron con electricidad, sobre todo en los dedos de los pies. Las uñas de mis dedos gordos se cayeron. A veces me colgaban como un pollo y golpeaban mi espalda. A veces me encadenaban, con la cabeza en el suelo. No podía moverme durante 16 o 17 horas. Me he meado encima”.

Los carceleros de Guantánamo mostraban a veces su cara fea: la tortura sin pregunta alguna. torturar, torturar sin hacer preguntas. “A veces me decía: ‘Sí, lo que sea que me pregunten, diré que sí’, porque solo quería que cesara la tortura. Pero al día siguiente, dije: ‘No, ayer dije que sí a causa de la tortura”

— ‘Mohammed, sé que eres inocente, pero estoy haciendo mi trabajo. Tengo hijos para alimentar. No quiero perder mi trabajo .

— ‘Esto no es trabajo’, dije, ‘esto es criminal. Tarde o temprano vas a pagar por esto. Incluso en el más allá.

— Soy una máquina. Te hago las preguntas que me pidieron que hiciera, les traigo tus respuestas. Sean lo que sean, no me importa.

Otro uniformado dice:

— Sabemos que estabas haciendo cosas malas en Sudán.

— ‘Yo nunca he estado allí.’

‘– Lo sé. Pero si cooperas, te traeré pizzas y McDonald’s. Sé que la comida es mala aquí.

Otro:

— ‘Sabemos que estabas en Londres, trabajando con al-Qaida, en 1993.

— ¿Estás seguro de esto?

Muestra un papel. ‘Mira: ’93’.

— En el 93,yo  tenía seis años.

Él guarda ríe.

Las celdas no son en modo alguno el lugar de la no tortura. Son el lugar de la otra tortura. “Trajeron grandes aspiradoras para hacer mucho ruido. Ponían música a todo volumen. Por la noche, encendían las luces por todas partes. Si te veían durmiendo, gritaban: ¡DESPIERTA! ¡LEVÁNTATE! A veces ponían un cartel en la puerta: NO HAY SUEÑO”. Mohammed memorizaba las palabras de los guardias y les preguntaba su significado a los detenidos que hablaban inglés. “Cuando los guardias vieron que alguien me estaba enseñando palabras, nos trasladaron a cada uno de nosotros. Comencé a robar jabón para escribir palabras en inglés en las paredes. Lo escondía debajo de la puerta o en mis zapatos”.

“Al principio, nos dieron un cubo para orinar y cagar. Nos dijeron que llamáramos para cada cosa “Número uno” o “Número dos”, y que sacarían el cubo. Empezamos a tirar cubos de mierda a los guardias a través de la cerca. Fue bastante fácil. Así que llamamos Número Dos a cualquier putada hecha a un guardia”. Los reclusos inventaron una canción que cantaban en el corredor;

Número dos, número dos!
¡Nunca me arrepentiré de lo que hago!
¡Nunca lo olvidarás, Número Dos!
Si nos tratas como seres humanos, seres humanos,
Te trataremos como seres humanos, seres humanos!
Si nos tratas como animales, así lo haremos nosotros,
¡Te trataremos como animales!
Número dos, número dos, número dos!

“Cuando algún guardia nos faltaba el respeto, les decía: ‘No me hagas cantar “Número Dos”.

El número de Mohammed en Guantánamo era el 269. En la puerta de su celda rezaba NO HABLAMOS CON 269. Era catalogado como alborotador

— “¡Llámame por mi nombre!”

“Empezaron a llamarme Chris Tucker. ¿Has visto la película Rush Hour , con Jackie Chan y Chris Tucker, un actor negro? Lo compré en el mercado de N’Djamen”

Aprendí en Guantánamo que hay gente realmente racista. Los guardias a menudo me llamaban a mí o a otras personas ‘¡Jodido negro!’ A uno de los guardias que me llamó así, le di un cabezazo y le rompí un diente. Era muy joven, entre 20 y 25 años, como la mayoría de los guardias.

“Una vez, en 2005, uno de nuestros hermanos fue golpeado brutalmente delante de nosotros. Me senté en mi habitación sin hablar con nadie en todo el día. Durante el turno de noche, uno de los buenos guardias, un hombre negro de Louisiana, vino a mí. Lo llamamos Mike Tyson porque era boxeador. Solía ​​golpear mi puño entre los barrotes: “¿Wassup, Chris?”

— “Si al menos hubiéramos hecho algo malo, podría entender …”

— ‘Hermano, ¡mira mi cara!’ él dijo. —¿Cuánto tiempo llevas aquí con los estadounidenses?

— ‘Cuatro años.’

— ‘He estado sufriendo 27 años, hombre! Sé lo que es. Pusieron a mi hermano en la cárcel sin ninguna razón, en lugar de un hombre blanco. La mayoría de las personas en la cárcel en los Estados Unidos son negros. Mi abuelo y mi bisabuelo se encontraban en la situación en la que estás ahora”.

Una noche, estaba dormido cuando sentí que alguien me estaba golpeando con algo. Era Tyson, con un helado. A veces traía helados, chocolates o papas fritas, por lo que podían despedirlo. Se reía. Estaba feliz de verlo. ‘Hombre, me voy esta noche’.

— ‘¿Dónde?’

— ‘¡America! Pero tan pronto como llegue a los Estados Unidos, me convertiré al Islam y dejaré el ejército “. Me estrechó la mano. ‘¡Buena suerte hermano!’ Fue el mejor de todos los guardias.

Muchos detenidos intentaron suicidarse. No tuvieron éxito la mayoría. Seis murieron. “Los conocía, es tan difícil creer que esos seis, especialmente, se suicidaran. Un día, un interrogador me dijo que un hermano murió porque tomó más de cien píldoras. Estaba enojado: ‘Ustedes son los terroristas ahora’, dije. ‘¿Por qué estais matando gente?’

— “Tomó pastillas”, dijo el interrogador.

— ‘Estás haciendo registros todos los días. ¿Cómo pudo conseguir esas pastillas? ¿Dónde podría esconderlos?

A finales de 2004, los presos de Guantánamo pudieron recibir la visita de abogados. Entre ellos se encontraba Clive Stafford Smith, el fundador y director de Reprieve. Clive pudo llevar el caso de Mohammed ante los tribunales cuatro años después. Sentado en una habitación con un teléfono grande y blanco, Mohammed escuchó cómo el juez Richard J. Leon en Washington DC ordenaba su liberación.

Esperaba volver a casa, a Medina, pero el gobierno saudí no lo quería en el país. Chad accedió a recibirlo. En junio de 2009, un avión militar dejó a Muhammed en el aeropuerto de N’Djamena. Fue encarcelado por ocho días.Tras recuperar la libertad, el diario Le Progrés titulaba “El Gorani se regocija con sus familiares”. La fotografía lo muestra con tíos y primos que habían venido del desierto para encontrarse con él. Todos volverían con sus camellos.

En Yamena tuvo que compartir piso con otros siete Gorans, todos nacidos en Arabia Saudita. Pasó sus días frente a un ordenador portátil, escuchando cursos de inglés o jugando. A veces jugaba al fútbol, ​​pero le dolían la espalda y el estómago, y tenía problemas con su visión. Necesitaba tratamiento médico que no estaba disponible en Chad. Después de meses le fue imposible salier de Chad, pues las autoridades se negaron a darle un pasaporte. A principios de 2010, después de siete años, Chad y Sudán reabrieron su frontera común y pudo irse.

“Tan pronto como se abrió la frontera, los hermanos sudaneses que habían salido de Guantánamo me llamaron: ‘¡Ven, ven!’ En abril o mayo, tomé una pequeña bolsa, los documentos judiciales que decían que era inocente y algo de ropa. Le di todo el resto a los amigos. Pensé que nunca volvería a Chad”.

En Darfur, encontré sitio en un convoy de camiones rumbo a Jartum. Cada camión llevaba quince personas en el techo. “Debido a mi espalda, pagué para sentarme en la cabina. Éramos más de seiscientos camiones. Había coches de soldados enfrente y al lado del convoy, y helicópteros arriba. Había puestos de control con hombres armados. Vi casas quemadas, árboles talados, campamentos de personas desplazadas”. Aquellas carreteras eran un paraíso antes de la guerra. Ahora eran pasto de la destrucción. ” Nos encontramos con otro convoy, tan grande como el nuestro, que venía por el otro lado. Por la noche, nos enteramos de que había sido atacado por los rebeldes”.

Cuando llegamos a Jartum, llamé a mis hermanos Walid y Adel. Me dijeron: ‘Tu habitación está lista’ le dijeron sus hermanos. Jartum. Habitación, con aire acondicionado, cama, revistas, libros. “Poco después de mi llegada, Adel me llevó al hospital y pagó todo. Revisaron mis ojos y me dijeron que necesitaría una operación, debido a las luces de colores que pusieron en mis ojos durante los interrogatorios en Guantánamo. Me hicieron bonitos vasos cuadrados pequeños. Hicieron radiografías para mi espalda y tuve una cita para ver al médico más tarde”. Pero entonces una noche camino de su habitación,, dos agentes de seguridad sudaneses lo recogieron en un automóvil y le apuntaron con un arma en la cabeza.

— ¿Por qué estás aquí?’

Muhammed mostró sus pastillas para el estómago.

— ‘Atención médica. Mira.’

— Lo sabemos, Nos ordenaron que te lleváramos a la cárcel”.

Era mejor que Guantánamo, pero seguía siendo una prisión. Estaba con otro prisionero, un hombre de Darfur. Lo acusaban de ser un rebelde, pero él me dijo que no lo era.

Por la mañana, Mohammed ingirió todas sus mis pastillas. Se desmayó. Le llevaron al hospital. Por la noche, tras pedir ir a los baños, escapó por la ventana. “Corrí toda la noche. Tenía los pies descalzos, mis pies estaban sangrando. Se lo habían llevado todo: mis zapatos, mis nuevas gafas. Llegué a un gran mercado. Encontré gente de mi tribu y les dije que me habían robado todo. Me ayudaron a volver a Chad”. El costoso viaje a Sudán había sido inútil.

Sus padres vinieron a visitarlo desde Arabia Saudita y le trajeron gafas nuevas. Se casó con la hija de un amigo de su tío. Y finalmente, hace unos meses, salió de Chad.

Estando Mohammed aún en Yamena, hablándome, el periodista Gerome le preguntó a la Embajada de los EE. UU. si lo vigilaban. Respuesta oficial: “Le pedimos al gobierno de Chad que lo trate de acuerdo con las normas internacionales de derechos humanos”. Pero un diplomático de los Estados Unidos dijo que Muhammed era objeto de un “acuerdo clasificado entre los gobiernos de los Estados Unidos y Chad”. Estados Unidos le pidió a Chad que no lo dejara salir del país y que les informara si alguna vez lo hacía. “El veinticinco por ciento de los detenidos liberados de Guantánamo han contactado o vuelto a ponerse en contacto con las redes islamistas”, dijo el diplomático al periodista.

“Eramos casi mil presos en Guantánamo. Ahora quedan menos de doscientos. ¿A dónde fueron todos, si todos son terroristas, si todos son asesinos? Son libres, la mayoría de ellos en su país. Si alguna vez salgo de Chad, me gustaría ir a la Corte internacional en contra de los Estados Unidos”.— — —

Este artículo fue, en su mayor parte, publicado en la revista London Review Of Books

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