No entiendo nada

Fuente: Iniciative Debate/ Jaime Richart                                                            

Hago frecuente alusión a ello. Me refiero a ese discutir, debatir, rebatir o denunciar constantemente hechos políticos aprovechados por los medios de comunicación para hacer Caja y contestados con indignación por nosotros, la ciudadanía, que no sobrevienen por generación espontánea sino como consecuencia necesaria de lo tramado en 1978.

Pero sabiendo que eso es así, en lugar de cortar por lo sano o diri­gir la atención a la premisa mayor del silogismo para contraata­car, políticos que no debieran participar en él, medios de comunicación y ciudadanía nos sumergimos en un festival de silo­gismos manejando sólo las premisas menores, para llegar siem­pre a conclusiones incompletas, insuficientes y torpes. Pues es la premisa mayor, el viciado origen de esta democracia de pa­pel, lo que condiciona todos los análisis, todos los discursos y to­das las decisiones políticas. Justo lo que “ellos” querían y quie­ren: que ataquemos los efectos pero dejemos intactas las causas…

Hoy me viene al pelo un ejemplo. Javier Pérez Royo aborda el caso de los ataques, incluso por parte de periodistas, que está recibiendo el cardenal Cañizares, que él comparte, pero añade a continuación:

“No entiendo por qué se mantienen vigentes y no han sido denun­ciados los Acuerdos con la Santa Sede, que fueron negocia­dos por un Gobierno preconstitucional, aunque fueran publicados después de la entrada en vigor de la Constitución. Son acuerdos materialmente preconstitucionales, aunque no lo sean formal­mente. Se negociaron con la convicción de que ningún Gobierno constitucional podría haberlos negociado y, sobre todo, conse­guido que fueran aprobados por las Cortes una vez entrada en vi­gor la Constitución y celebradas unas elecciones constitucionales. Entre otras razones, porque no tiene fácil encaje en la Constitu­ción.

Con los Acuerdos se prolonga en cierta medida la posición que tenía la Iglesia católica bajo el régimen del general Franco, muy alejada de la que suele tener en los demás países europeos occiden­tales. En poner fin a esa posición privilegiada de la Iglesia en un Estado democráticamente constituido es en lo que hay que centrarse. Esta es la tarea de los órganos constitucionales del Es­tado”.

Ese “No entiendo por qué se mantienen vigentes y no han sido denunciados los Acuerdos con la Santa Sede…”, se podría aplicar a numerosos disturbios presentes a toda hora en la vida política es­pañola, sin que nadie se percate del origen del mal ni nadie ponga por ello el grito en el cielo.

Yo no entiendo, por ejemplo, por qué no se sale a la calle cons­tantemente a contestar a una Constitución muñida en unas condi­ciones torticeras por redactores torticeros. No entiendo por qué se soporta una monarquía metida por debajo de la puerta del referén­dum de 1978. No entiendo por qué no se denuncia una ley electo­ral que promueve el bipartidismo y prima a las grandes poblacio­nes. No entiendo por qué estando ahí el artículo 149 de la Constitu­ción que permite referéndums, nadie lo menciona. No en­tiendo por qué el pueblo español, ahora que ya tantos se van dando cuenta de la trampa, no se subleva por la manipulación de los franquistas en el poder en 1978. Me refiero a aquellos que urdie­ron todo lo que a lo largo de esta pantomima de democracia nos viene pesando como una losa desde su mismísimo naci­miento, ahora redivivos en ese partido que llaman de extrema dere­cha pero son sencillamente franquistas de nueva generación. Y no entiendo por qué los poderes fácticos y los medios de comu­nicación colaboran para que se perpetúe el poder franquista en pleno siglo XXI, en lugar de ponerse del lado de la ciudadanía, como los aliados fulminaron el fascismo y el nazismo en 1939, para integrar a España en Europa de una vez.

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