Ngũgĩ wa Thiong’o o el Nobel explicado a mi madre

Fuente: afribuku/Angela Rodríguez Perea                                                       27 diciembre, 2016

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Ni Dylan y la “gran canción americana”, ni Modiano y su cierta idea de “la France”, aun menos Vargas Llosa y sus devaneos liberalistas… Kenia y África son nuestro Nobel de 2016, y estamos dispuestos a convencerles para que también sea el suyo. 

(Nota de la R.: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)

Claro que conoce esta sensación: Está teniendo una acalorada discusión sobre un tema que le importa de manera especial. Como en una carrera, la otra parte le va ganando, pero usted sabe que su causa es la buena y la justa; además, podría demostrarlo… si al menos pudiese recordar los datos exactos que había leído no sé dónde, en no sé qué momento. Maldita sea, los argumentos que necesitaba solo le vienen a la cabeza cuando ya su interlocutor está lejos y hasta ha olvidado todo. Y, como llevar la razón es uno de los mayores factores de supervivencia de la especie humana, usted sigue con la lucha interna; no puede dormir y continúa la conversación en su cabeza, como una obra de teatro; la va rellenando con la frase justa que no pudo soltar, ese porcentaje que se le había escapado, ese ejemplar del prestigioso periódico del que había sacado la información…

Algo parecido me ocurría no hace mucho, ya entrados en diciembre, en medio de una conversación con mi madre. Se acerca el fin de este año chino del “mono de fuego (…), que yo más recordaré como el genocidio contra grandes artistas que marcaron mi infancia, y ya vuelve esa manía mía de quejarme por todo, que se va acentuando a medida que llega el 31 de diciembre. El caso aquí es que este último premio Nobel de Literatura se me antoja una mancha más en la larga lista negra de 2016. ¿¿Bob Dylan?? ¿¿¿Me estáis tomando el pelo???  Lo que para mí era un clarísimo y objetivo disparate de la Suequísima (haber dejado a Ngũgĩ wa Thiong’o una vez más fuera del Nobel), mi madre lo interpretaba como una decisión tal vez innovadora, sacar el Nobel del contexto tradicional de la literatura escrita, un paso que requería del público una mente algo abierta a los nuevos tiempos que corren.

Bowie, Prince, Cohen... y ahora el Nobel de Ngũgĩ. Maldito 2016.

Bowie, Prince, Cohen… y ahora el Nobel de Ngugi. Maldito 2016.

No estaba del todo mal encaminada. En la misma web del Nobel se explica que los galardonados no tienen por qué provenir “solo de las Buenas Letras, sino también de otras escrituras que, por virtud de su forma y estilo, posean valor literario“. Yo creo, además, que se olvidaron de publicar el apéndice de las voluntades de Alfred Nobel en el que, seguramente, explicaba que el premio sería otorgado principalmente a varones blancos y occidentales. Desde 1901, año en que comenzó, sólo tres escritores negros se han llevado el Nobel de Literatura; de entre ellos, solo uno es africano, el nigeriano Wole Soyinka que, aunque también nació antes de las independencias africanas, fue un activista político y llevó la tradición oral a la literatura, como Ngũgĩ, es mucho más guapo, tiene más estilo -y más pelo-, una voz profunda y grave y un cuidadísimo acento inglés, lengua en la que escribe. En el mundo de la imagen por el que caminamos, todo lo anterior es crucial, hasta para un premio a lo inmaterial. El hecho de ser primo de Fela, figura reconocible en el hemisferio occidental, también debe de ayudar un poco. Salvo por el caso aislado de Arthur Lewis, en Economía, el resto de nobeles negros fueron entregados en la categoría “Paz”. Y es que ya se sabe: un negro destacado solo puede ser un individuo armado o rapeando (dependiendo del escenario, guerra tribal africana o barrio marginal americano) o, en el extremo opuesto, un ser lleno de bondad y amor inspirado directamente por la sabiduría ancestral de la tierra madre. Este último tipo de negro siempre se lleva el Nobel de la Paz. En cuanto a África, solo cuatro nobeles literarios fueron a parar al continente: nuestro admirado Naguib Mahfouz (Egipto), Nadine Gordimer y J.M. Coetzee (Sudáfrica) y el ya mencionado Soyinka, que por cierto se ocupó de recordar, al recibir el suyo, que el también premiado Albert Camus había nacido y crecido en Argelia, África.

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Si Wole Soyinka aún no le resulta atractivo, escuche su voz en un vídeo y después me dirá.

Dejando de lado nacionalidad, raza o sexo, más peliagudo me parece el tema de los idiomas. Sin contar con los maravillosos medios de comunicación del reino animal, que no entran en la competición, en nuestro planeta se hablan unos 7000 idiomas. Pero el Nobel, que va por la vida de universal, ha repartido un  64,68 % de sus galardones entre solo cinco lenguas: inglés, francés, español, alemán y sueco. Al chino por ejemplo, la lengua con mayor número de hablantes* (unos 1030 millones) le cayó una sola vez. Otro tantito se han llevado lenguas como el árabe (267 millones, cuarta más hablada) o el bengalí (215 millones). Ninguno por cierto para el hindi, la quinta con mayor número de hablantes nativos (260 millones). Con Ngũgĩ, el Nobel hubiera inaugurado el primer premio para un escritor en un idioma africano. No hubiera estado nada mal como manera de innovar, ¿no creen?

Sé lo que algunos van a responder, escucho el eco en mi cabeza: si vamos a hablar de cifras, tendremos que mencionar el total de la producción literaria escrita repartida por idiomas, países, autores, etc. Guardaré ese tipo de análisis para quien me quiera pagar por tal trabajo (…). Por el momento no está mal recordar que, independientemente de proporciones, el Nobel está dirigido a la persona que, en el campo literario, haya producido “la obra más prominente en una dirección ideal”.

El favorito

Me parece que la obra global de Ngũgĩ wa Thiong’o es lo que se dice especialmente “prominente”. Nació en 1938 en el seno de una familia kikuyu (sí, la misma etnia que los esclavos de Meryl Streep en Memorias de África, “mis kikuyu” los llamaba ella cariñosamente). De su infancia rememora la suerte de no haber tenido televisión y poder entretenerse escuchando esas historias tradicionales que fueron el poso de su posterior producción. Su primera pieza la redactó aún en la escuela, muy niño, y fue en su lengua materna, en la que también se enseñaba gracias a la iniciativa de la Asociación de Escuelas Independientes a las que hace referencia indirectamente en su libro The River Between. Eso, hasta que alguien decidió que solo el inglés tenía cabida en el colegio. A partir de entonces, a los alumnos que tenían la osadía de hablar su propio idioma cerca del profe se les daba una buena zurra y, con un poco de suerte, hasta les colgaban un cartel que ponía “Soy estúpido” oSoy burro“. Lo cuenta el propio escritor, que después de eso se fue buscando su camino y, tras su paso por la universidad inglesa Makerere (Uganda) y la de Leeds, acabó siendo profesor de literatura en la Universidad de Nairobi. Pero un suceso inesperado cambió el curso de su historia personal y también de la literatura de África.

Corría el año 1977, ya había publicado algunos libros como el conocido Weep not Child, primera novela escrita en inglés por un autor de África del este. Al eminente profesor de la capital se le ocurrió que podía acercar la literatura a las poblaciones locales y escribió una obrita de teatro en kikuyu, sin previa autorización del gobierno de Jomo Kenyatta, que por entonces ya había caído en una paranoia alejada de los primeros utópicos momentos de independencia. La pieza tenía el indócil título de “Ngaahika Ndeenda”, en kikuyu Me casaré cuando yo quiera”, y fue interpretada durante seis semanas por los propios campesinos de un pueblo, hasta que las instancias de poder decidieron que aquello era pasarse y mandaron a Ngũgĩ directamente del departamento de literatura para una prisión de alta seguridad sin parada intermedia por la justicia. Y fue allí cuando empezó a reflexionar: ¿Por qué escribir en inglés lo había llevado a ser un respetado profesor de universidad mientras que escribir en kikuyu lo había encerrado en una cárcel, en su propio país? Allí mismo, como un acto de desafío, empezó a redactar en su idioma materno, “con material suministrado por el gobierno“, bromea refiriéndose al duro y áspero papel higiénico sobre el que escribió su obra Caitaani mũtharaba-Inĩ (Diablo en la Cruz), un sarcástico retrato de la era poscolonial, la explotación, la religión como instrumento, el abuso sexual. Tras ser liberado, el escritor tuvo que esperar nada menos que 22 años de exilio para poder poner pie en Kenia, periodo en el que su familia sufrió todo tipo de abusos por parte de las autoridades. Ha pasado mucho tiempo, hoy Ngũgĩ ha publicado un buen número de libros y ha recibido numerosos premios internacionales, es profesor emérito en varias universidades y, desde Estados Unidos (país en el que decidió quedarse tras ser violentamente asaltado en Kenia) sigue abogando por la causa de las lenguas africanas, a la vez que traduce sus propios libros al inglés.

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En 2010, primera de las tres ocasiones en la que Ngũgĩ era nominado al Nobel, las apuestas de los lectores lo daban vencedor pero se equivocaron, como hoy las encuestas sobre el Brexit o Trump. Ganó en su lugar el peruano Mario Vargas Llosa por su, cito, “cartografía de las estructuras de poder y sus mordaces imágenes de la resistencia, revuelta y derrota individual”. ¿Se referían a su derrota de 1990 como candidato frente a Fujimori, me pregunto? ¿O es que se equivocó el comité sueco a la hora de poner el papelito con el nombre del ganador, como ocurría este pasado año con esa moza miss universo? Y gran disgusto que se llevó la pobre. Porque cualquiera diría que la descripción del ganador se refería a Ngũgĩ : prefiero no imaginarme a Don Mario sentado en un retrete de Porcelanosa y escribiendo en papel del wc su gran crítica a “todas las derivas autoritarias”. Él debe de inspirarse, más bien, en compañía de buenos amigos como José María AznarFrancisco Flores, en eruditos pero también revolucionarios coloquios, Ferrero Rocher a la mano. Esta vez don Mario, poco antes de anunciar que pediría matrimonio a su novia, se encargó de criticar la ridícula cultura del “espectáculo” que había llegado a invadir hasta la Academia Sueca: “Debe ser un premio para escritores y no para cantantes”, dijo aplaudido por la audiencia de la emisora berlinesa RBB.  Resistencia y revuelta en estado puro.

A Dylan el galardón parece resbalarle, como un canto rodado, y así mandó a una nerviosa Patty Smith a dar la nota en la ceremonia de entrega. Dijo Dylan que le había venido Shakespeare a la cabeza con toda esta historia, le recordaba tanto a él mismo, con el cerebro en otra parte… Los suecos, digo yo, pensaban más en sus viejos días de estudiantes hippies, fumando la yerba de la paz y escuchando el folk del americano que tanto les recordaría a ellos mismos, pequeños burgueses que habían salido de casa de mamá y papá para perderse por las carreteras sicodélicas y preocuparse por esos problemas sociales -los problemas de los otros, claro- antes de ver disparada su carrera y su posición monetaria.

No me malinterpreten, no tengo nada en contra de los premiados. Reconozco su enorme mérito creativo. Y al mismo tiempo confieso que me aburren. Me pasa con Modiano, el Nobel de 2014, que me empalaga su París en el que tantas veces he estado sin deslumbrarme. Y, después de haber tenido que apechugar con la tierna historia nazi, todos y cada uno de mis días viviendo en Berlín, un libro más sobre ocupación y judíos puede llegar a hacerme huir corriendo. Especialmente si su autor autocensura a posteriori frases comolos judíos no tienen el monopolio del martirio. No me imagino tampoco a Ngũgĩ autocensurándose. No es nada en contra de los demás: son los millones de motivos que había para premiarlo a él.

Qué vida tan dura, la del escritor.

Qué vida tan dura, la del escritor.

Tantas y tantas razones

Ante las cámaras de la BBC, Ngũgĩ explicaba lo obvio a un presentador americano, que solo captaba en términos de beneficios pecuniarios. “Es una falacia“, decía refiriéndose al mercado. Si hay poco más de cinco millones de hablantes de nativos de danés y eso no impide que se publique en esa lengua, tampoco hay motivo para que los 10 millones de hablantes de kikuyu no puedan leer en la suya propia. “¿Se imagina usted que la literatura francesa se hubiera escrito en zulú?“, preguntaba en el plató. Yo les pregunto: ¿Se imaginan que los recursos estilísticos que ustedes estudiaban en clase de lengua hubieran sido redactados en, digamos, bambara? El ritmo, la cadencia, los dobles sentidos… esas frases que son consideradas fundadoras de nuestras lenguas y culturas, esas que las elevan, el Fausto de Goethe, el Quijote, las grandes citas de Molière“¡Oh, esto es literatura francesa, pero está escrita en zulú!“, ironizaba el keniano, a la vez que criticaba una iniciativa tan extendida como son los premios literarios. “Existen no pocos premios para la literatura africana, pero con la condición de que se escriba en inglés“. “Vamos a promover la literatura africana, pero con la condición de que no se usen idiomas africanos… ¡es una locura! (…) Estamos promoviendo la literatura inglesa, pero debe ser redactada en chino“. ¿Se lo imaginan?

Pues esto mismo ocurría hace apenas un puñado de siglos, cuando el latín era la lingua franca de Europa, utilizada por la Iglesia como lengua sagrada, de las Escrituras, y también por otros poderes para mantener el conocimiento alejado de las clases populares. Si no fuera por el elitismo del latín, gran cantidad de los progresos de la época griega, romana y árabe habrían sido divulgados entre una buena parte de los europeos y, con un poco de suerte, no estarían hoy atiborrándonos con series de televisión ambientadas en la oscura Edad MediaColón, por ejemplo, podría haberse ahorrado ser mofa de la posteridad por culpa de la demostración de la forma redonda de la Tierra con su famoso huevo. La batalla de las lenguas vernáculas europeas por imponerse en la administración, las universidades o la literatura y por ser vía de transmisión de conocimiento ha sido ampliamente estudiada y hasta es relacionada con la formación de nuestras naciones-estados, cuna de nuestra idiosincrasia y valores, terriblemente amenazados por la inminente invasión de refugiados herejes, machistas y violentos (…)

Lo grande de Ngũgĩ no es solo haber optado por su lengua materna como la principal para la escritura, sino también haber explicado el por qué en su libro “Descolonizar la mente“, un referente absoluto para cualquiera que quiera entender el mundo que hay más allá de sus propias narices. En él, desmonta los mecanismos de la colonización intelectual de esta guisa: “Desde mi punto de vista, la lengua era el vehículo más importante a través del cual el poder fascinaba y mantenía el alma aprisionada. La bala era el medio de la subyugación física. El idioma era el medio de la subyugación espiritual. La paliza que te daba el profesor por hablar una lengua africana combinaba los dos medios. Pero, ¿por qué tiene que avergonzarse un niño de su propio idioma, ese que le hablan sus abuelos con tanto amor? ¿Son sus abuelos tontos?

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Así era la escuela en la Kenia colonial: dirigida por extranjeros blancos, con el inglés como lengua oficial y única. Me refiero a la fotografía de la derecha; la de la izquierda es la que Wikipedia muestra al buscar “Education in Kenya” …

La defensa de Ngũgĩ no es, además, un puro ataque unilateral a los idiomas de los colonizadores, como el inglés que él mismo sigue utilizando y hacia el que traduce sus obras. “La traducción es“, dice, “una forma de conversación. Y el concepto de conversación asume una igualdad entre interlocutores“. “El francés y el inglés son normales“, dice el escritor en una entrevista, “pero no son más normales que el yoruba, el chino, el swahili o cualquier otra lengua“. Es la misma noción que criticaba Fatou Diomé en su intervención viral en un debate de la televisión francesa: Europa se ha regalado el principio unilateral del exotismo. Los otros son ‘exóticos’. Pero para alguien de mi pueblo no hay nada más exótico que una persona de Ámsterdam“. La supuesta normalidad de lo occidental encierra una idea más pantanosa: la de la “jerarquía” de los idiomas que critica Ngũgĩ. Si hay idiomas ‘normales’ o ‘superiores’ como son el francés, el inglés y el castellano, eso implica que existan otros ‘inferiores’, como sería entonces el caso de los idiomas africanos. Y sigo reflexionando yo: si existen ‘idiomas superiores’ y ‘subidiomas’, los que hablan y piensan primariamente en estos últimos también son ‘hablantes inferiores’ y, por ende, ‘subhombres’. No me digan que exagero. Esto ocurre cada día cuando incluso los mismos africanos llaman ‘idioma’ a los occidentales y ‘dialectos‘ a sus propias lenguas, como si éstas no tuvieran sus propias convenciones y reglas gramaticales, vocabulario y etimología. Cuando ellos mismos responden a la pregunta “¿qué idiomas hablas?” listando “inglés, portugués e italiano”, por ejemplo, pero ni mencionan el kimbundu, el tamasheq o el xhosa, como si hablar un idioma tan diferente no fuera toda una riqueza intelectual. La gente se admira porque hablo alemán y ni siquiera intenta seguir indagando cuando por casualidad se entera de que hablo mina.

Esto ocurre cada día cuando, en cualquier ciudad o pueblo de África, un niño entra por primera vez en clase para aprender a leer en una lengua que no es la suya. ¿Se imaginan que los introdujeran con cinco o seis años a la alfabetización en, digamos, inglés o francés? Y peor, ¿imaginan que el resto de compañeros de clase se riesen de ustedes por cometer faltas en un idioma que solo escuchan en la tele? Ngũgĩ wa Thiong’o también ha sido un abogado de esta causa en el nivel institucional y político, y el premio Nobel hubiera sido un reconocimiento a esta labor en pos del futuro de la educación en África.

Si nadie se sorprende de que la UNESCO luche por salvaguardar nuestro patrimonio cultural humano, nadie debería sorprenderse de esta lucha por preservar la riqueza lingüística de África. En nuestro planeta, aproximandamente la mitad de nuestras lenguas están en peligro de extinción. En la web del proyecto “Enduring Voices” del National Geographic explican la importancia de preservarlas: “Estudiar varios idiomas también aumenta nuestro entendimiento sobre cómo los humanos se comunican y almacenan conocimiento. Cada vez que muere una lengua, perdemos una parte del cuadro de lo que nuestro cerebro puede hacer“. Mientras tanto, ustedes en casa discutiendo en vano las teorías lingüísticas de Noam Chomsky.

Habrá quien alegue que el Nobel tiene poco o nada que ver con esto. Como mi madre, cuando en momentos clave saca su recurso dialéctico casi imposible de contraargumentar: “¿Y qué importancia tiene?” Un premio literario, en este contexto. Puede que no tenga importancia. Si la gente lee cada vez menos, con más razón ¿qué les importa el Nobel? ¿Para qué preocuparse por una condecoración occidental, además? Pero los poquísimos que lo siguen, los “intelectuales” de uno y otro y otro continente, seguirán citando a los grandes autores occidentales como referencia. Y los amantes de la música seguirán llamando “músicas del mundo” a lo que hacen los africanos, porque la occidental es “música” a secas, música “normal”. Y seguirá habiendo gente aventurera y de buena fe que irá a África a “ayudar”, por ejemplo a enseñar inglés, aunque no sea su lengua materna, porque ya saben que en África no hay profesores de inglés, como tampoco hay escritores. Y cuando un niño negro latino, una niña negra española mire para la estantería de la biblioteca, no verá autores africanos, porque los africanos (y los negros) como sus padres no se dedican a esas cosas. Los africanos valen por ejemplo para bailar, porque tienen la música en la sangre, así que no los contraten para diseñar un coche o programar un robot, para eso están los alemanes. Los hombres africanos son seres portentosos cual animal, lo dice Pornhub y lo dice la felicitación navideña que recibirán por Whatsapp, tan graciosa. Los africanos no escriben en papel, sino que venden pañuelos en los semáforos. Como en esa broma que escuché en una enternecedora cena de Navidad llena de niños que también escuchaban, “molestan al que está al volante y deberían estar en un zoo“. Y esos niños crecerán y dirán como dijo un adolescente de un pueblucho de nuestra geografía, al ver a un africano un sábado noche, “ese se cree persona porque está en un botellón“. Porque ignoraba, ese pobre borrico, que aquella “no-persona” venía de Dakar, la capital que el filósofo camerunés Achille Mbembe llamaba no hace mucho “ciudad de puertas abiertas”, vigésima metrópolis africana más poblada, repleta de empresas, de coches, de facultades, de caos humano, de vida.

¿Y qué importancia tendrá todo esto? ¿Y de qué vale que sigamos contándolo, todos los que estamos metidos en esto? Que la tierra te sea leve, 2016.

ngugi* Las estadísticas reflejan el número de hablantes nativos, siendo el número total de hablantes (y potenciales lectores) mucho mayor. Más información en la página de Ethnologue:  https://www.ethnologue.com/statistics/size

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