La izquierda y las comunidades postimperiales

Fuente: https://forocontralaguerra.org/2018/10/12/http://communia.es/2018/10/11/                                                   

Abd el-Krim, portada de la revista Time del 17 de agosto de 1925. De haber triunfado su revolución, probablemente ahora no sufriríamos de una crisis migratoria en nuestras fronteras.

En el último año, hemos visto intensos debates entre aquellas personas que se denominan izquierda respecto de las sociedades multiculturales y el fenómeno conocido como inmigración. Como es obvio, el origen de este debate no se debe a una acuciante necesidad social, porque la crisis de los refugiados que vivimos a consecuencia de las guerras de Libia y Siria tiene poca relación con los movimientos migratorios de las últimas décadas. En realidad, están motivados por cuestiones de oportunidad y por otro fenómeno más decisivo y que, como siempre, nuestros pensadores de izquierda (menos servidor, como ya saben ustedes) han desatendido totalmente: el fin de la globalización.

Justo el 16 de octubre de 2015, hace tres años, con los compañeros de Ampliando el debate hicimos un programa alertando que el consenso de Washington que había propiciado la globalización estaba resquebrajándose tras la irrupción de Rusia nuevamente en el escenario internacional y que las políticas imperiales de bloques iban a fragmentar el mundo en zonas de interés. Esto significaba que los mantras de la globalización como que la tierra es plana, la modernización y su universalimos darían paso a un enfrentamiento nacional e identitario, a una nueva fase de choque de civilizaciones.

Al igual que ocurrió antes de la entrada en la IGM mundial, el liberalismo en su vertiente universalista está en crisis. Esto significa que no hay valores universales, no hay normas morales que nos sujeten a todos, no hay consensos que debamos respetar todos porque no hay principios universales que nos beneficien a todos, ya no hay un comercio internacional que sea un escenario win-win, el libre comercio ya no es el bien absoluto. Las reglas del juego, el consenso de Washington, se han roto y estamos definiendo un nuevo marco que exige una nueva asignación de liderazgos y hegemonías mundiales.

Este ocaso del consenso liberal es la razón por la que las críticas a la globalización han ocupado el especio central del debate, mientras que antes eran silenciadas. Sin embargo, este espacio central ha sido asaltado desde la derecha y la izquierda ha sido incapaz de llevar la iniciativa o plantear un programa de acción. Se suma como actor secundario que da réplica a la derecha y su xenofobia sin ser capaz de aportar nada más que un multiculturalismo liberal que, precisamente, transforma a la izquierda en defensora de la globalización y el liberalismo justo en el momento que los liberales se hacen reaccionarios (fenómeno sobre el que alertéhace dos años, por cierto). Si estamos cayendo en una trampa, no es la de diversidad. Es en la trampa de la derecha reaccionaria.

Sin embargo, caemos en esa trampa porque nos equivocamos. La izquierda no puede apoyar la inmigración como fenómeno: debe combatirla, pero en los modos y objetivos nos debemos desmarcar de la derecha. No obstante, este es el gran error: no podemos ser proinmigración sin ser liberales y estar también a favor de la libertad de movimientos de capitales y mercancías. Trabajadores, capitales y mercancías son tres factores de producción que, según la globalización, deben circular libremente por el mundo para lograr mercados eficientes y óptimos. Las barreras que se impongan a su circulación redundan en una pérdida de eficacia que significa mayores costes y distorsiona la información que da el mercado a los agentes. Por lo tanto, la máxima eficiencia se logra sin ninguna barrera.

De hecho, como expliqué tras mi polémica con Roger Senserrich a raíz del accidente de Bangladesh, uno de los principales éxitos de la globalización ha sido equiparar libre comercio con un libre mercado nacional. Un libre mercado es siempre una entidad nacional, es un instrumento social creado por el Estado para lograr que los tres factores circulen libremente por un territorio y, precisamente, lo cohesionen generando interdependencias mutuas. Para los pensadores de la ilustración escocesa, era el mercado quien creaba a la sociedad y, por ello mismo, a la nación. El Estado debía imponer aduanas con los otros reinos para forzar a sus propios súbditos a cooperar entre ellos, a comerciar, producir, trabajar… a unirlos mediante la interdependencia económica y, de este modo, unirlos bajo el poder político. Si no se hacía esto, los reinos podían terminar como Polonia, que desapareció a finales del siglo XVIII porque sus nobles comerciaban con rusos, prusianos y austríacos y terminaron colaborando con ellos para la desintegración de su propio pueblo. En realidad, este es el mantra que pervive detrás de la propia Unión Europea, un mercado común que derivará en una unidad política algún día.

Sin embargo, este esquema es irreproducible a nivel mundial: los capitales tienen una libertad absoluta de movimientos, las mercancías están limitadas por la geografía y las leyes nacionales respecto higiene y salud alimentaria, mientras que las personas, los trabajadores, sufren toda la represión del Estado para dificultarles la migración. Aquí el cinismo de la globalización ha sido siempre obvio: se ha impedido su circulación para evitar que los salarios altos atraigan a nuevos trabajadores y, de este modo, garantizarse mano de obra barata y abundante. Esta asimetría dificulta todavía más la capacidad de negociación de los trabajadores y permite mayores abusos.

Por lo tanto, ante los dilemas que plantea la globalización, alguien de izquierdas sólo puede optar por 1) favorecer la libre circulación del factor trabajo hasta equipararlo con capitales y mercancías, 2) limitar la libre circulación de todos los factores: capitales, mercancías y trabajo. Si se opta por la primera opción, se cae en la trampa liberal de la globalización: descubrimos que los derechos sociales son una de las principales razones que dificulta la libre circulación de trabajadores. Todas las normas burocráticas, toda la legislación laboral, cotizar en un país que después no te devolverá las cotizaciones… todo eso son fricciones para el factor trabajo. Si las suprimimos, la movilidad estará garantizada. Los planes de pensiones privados serán más justos, te permitirán cotizar en un país, después en otro, y, finalmente, disfrutar de tu retiro en tu casa. Del mismo modo, no puede haber políticas públicas respecto de la cultura, porque son excluyentes, tú, como musulmán, pagas por unos ritos y fiestas que no te representan. Público, en verdad, significa Nacional y es un nosotros excluyente. Esta dinámica nos lleva a la desaparición de la misma existencia de Res Pública, de la sociedad, de la Nación: sólo hay individuos como dicta el teorema de Arrow de la imposibilidad de la democracia y la teoría de la elección pública de Buchanan. El enemigo es la cultura, porque es colectiva: sólo hay individuos y el multiculturalismo son restaurantes exóticos, porque la cultura es un producto que se consume, la cultura no es más que gastronomía y podemos ser universalistas y cosmopolitas porque adoramos el sushi. Todos estos planteamientos son legítimos políticamente, pero no son de izquierdas: son liberales e individualistas.

Por el contrario, decantarnos por la segunda opción significa defender el cierre de fronteras y nos transforma en aliados de la derecha reaccionaria. Nos obliga a enfrentarnos a la idea de Nación, a articular alguna propuesta respecto de la crisis del Estado Nación, a superar un internacionalismo naif que, en caso de articularse, deviene en liberalismo del consenso de Washington. Como ya he explicado anteriormente, el proceso de construcción del sueño europeo de una paz perpetua kantiana nos ha dejado sin voz en estas cuestiones, mientras que la derecha reaccionaria siempre tiene a mano una tradición imperial y darwinista para armar un discurso. Estamos paralizados y las últimas aportaciones al debate, más que construir un discurso propio, alimentan de razón a los reaccionarios.

Independientemente de la cuestión de los refugiados, que no debe ser bajo ningún concepto asociada a inmigración porque no es el mismo fenómeno, ser de izquierdas debería implicar un tronco común discursivo y ético. Vamos a diseccionarlo por partes:

1) No podemos defender la inmigración porque es útil o rentable económicamente para nosotros. Esto es un argumento liberal, primer paso para justificar toda explotación y esclavitud.

2) No podemos defender la migración como solución a ningún problema. El emigrante busca la salvación individual, la izquierda se define por considerar que la resolución de conflictos debe ser colectiva. El emigrante busca su mejora personal y familiar, pero la mejora personal y familiar no puede ser un objetivo de la izquierda que, en teoría, busca una mejora social o colectiva.

3) Nuestros referentes eran los revolucionarios emancipadores. En vez de hablar de inmigración, deberíamos hablar de revolución y descolonización. No nos podemos permitir nuestro desconocimiento sobre sus países de origen. Hay una superioridad moral progresista que hace innecesario un conocimiento real del otro. El inmigrante es una víctima que debe ser salvada para nuestro propio confort, para realimentar nuestra superioridad moral al sentirnos buenos. En vez de hablar de la inmigración, deberíamos hablar más de la realidad de sus países de origen y de los colectivos que intentan cambiar esa realidad, aunque estos temas no alimenten nuestros deseos paternalistas de ser salvadores.

4) No podemos juzgar a los revolucionarios emancipadores. Si los movimientos que pretenden cambiar su realidad se articulan a partir de la religión o la etnia, tenemos un problema. Ya no hay marxistas internacionalistas luchando contra la colonización. Ahora la mayoría de esas luchas se cohesionan mediante discursos tribales, étnicos o religiosos. Como no nos gusta cómo luchan, los condenamos también y les mostramos nuestro desden. Son sus sociedades, son sus problemas y ellos tienen toda la legitimidad para cometer errores horribles en la búsqueda de sus objetivos. Nosotros, los occidentales, también hemos cometido muchos errores y crímenes atroces. No estamos capacitados para aleccionar a nadie desde nuestro pedestal.

5) No hay inmigración, hay comunidades postimperiales. Uno de los grandes éxitos de la globalización es hacernos creer que todo empieza de cero y no hay un pasado que pese. En verdad, ni tan siquiera ha habido un fenómeno de circulación de trabajadores libre y aleatorio. Los flujos de población están determinados por razones históricas y geográficas: el colonialismo es una parte sustancial de este fenómeno. Debemos dejar de hablar de multiculturalismo y cosmopolitismo, porque son etiquetas falsas que no describen la realidad. Somos comunidades postimperiales, convivimos con el resultado de nuestro pasado colonial e imperial y las jerarquías y desigualdades que construimos todavía perviven. El nacionalismo reaccionario intenta negar esta realidad y suprimirla. El liberalismo intenta camuflarla bajo el universalismo de la modernización. La izquierda debe reivindicar este pasado, pero no sólo como un mantra condenatorio que nos haga sentir culpables, sino como parte de nuestras comunidades, de su historia, de los eventos pasados que, precisamente, construyen y articulan una comunidad política. Además, a nivel legislativo estos lazos están reconocidos en muchas ocasiones, por no hablar que afectan directamente a muchas personas cuyos familiares han sido tanto emigrantes como inmigrantes. Este es un punto de trabajo para la izquierda para superar el concepto de nación rancio y excluyente del siglo XIX sin caer en la disolución libertaria de la sociedad que propone el anarcocapitalismo. Es cierto que se corre el riesgo de generar inmigrantes de primera y segunda categoría, pero el hecho cierto es que eso ya ocurre: hay seis o siete categorías dentro del colectivo inmigrantes. No existe una comunidad homogénea de inmigrantes, eso es una comunidad imaginada para proyectar odios viscerales en el caso de los xenófobos o paternalismo salvador en el caso de los progresistas.

Por lo tanto, nos encontramos ante un problema extraordinariamente complejo que abordamos infantil y precipitadamente mientras nos decantamos entre dos polos, el liberal y el reaccionario, sin ser capaces de construir un espacio propio para nuestro discurso y nuestro campo de acción. Poner el centro en comunidades postimperiales nos da argumentos para replicar a liberales y reaccionarios, mostrar sus incoherencias y contradicciones, y resituar el debate en las relaciones internacionales y las dependencias económicas creadas por una expansión económica que, se vista de voluntaria como en el caso de la globalización o de forzada como en el imperialismo, impone brutalmente unas condiciones de vida durísimas a la gran mayoría de la población para aumentar la producción de una riqueza que no se distribuye solidaria o colectivamente. Si no recuerdo mal, eran estas preocupaciones y la convicción de poder resolver colectivamente estas injusticias ese anhelo de fraternidad que definía a alguien como ser de izquierda

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