El rechazo al dinero

Fuente: Nodo50/Iroel Sánchez/ Carlos Ávila Villamar/https://lapupilainsomne.wordpress.com/                                                                      

La estructura económica constituye una tecnología tal como el vapor, el carbón o el petróleo. Trata de aprovechar al máximo el trabajo de los seres humanos a fin de generar riquezas (algunos especificarían que materiales y espirituales, yo preferiré no ahondar en el asunto por el momento). Antes del dinero existía el trueque, como sabemos. El origen del trueque es la convencionalización de la gratitud. A medida que pasaba el tiempo se hacía más convencional que un aldeano, si quería que le dieran pescado, llevara como muestra de gratitud al menos unos cuantos troncos de leña.

Por un pescado se debían llevar veinte troncos, digamos. Después apareció el dinero, que hizo más fácil la vida de las personas, porque puso un centro de gravedad a las distintas tasas de gratitud. Un pescado equivalía a veinte troncos y a su vez equivalía a una bolsa de trigo (el dinero era el trigo, supongamos). La sociedad podía planificar su trabajo con mayor eficiencia gracias al dinero. Las personas no trabajaban más necesariamente: las riquezas del mundo aumentaron porque se experimentaban nuevas tecnologías económicas. Algunas de ellas nefastas, tales como la esclavitud. Pero la esclavitud se sostuvo porque en su lógica era más eficiente que el estado tribal. La gratitud en su concepción originaria, la electiva, sobrevive en nuestro tiempo en el ambiente familiar o social, pero si queremos un par de zapatos nos encontramos obligados a dar dinero por ellos. Esto no es negativo, ni resulta propio del capitalismo.

El dinero y todo lo que el dinero implica, puesto que son entes convencionales, permiten una planificación rigurosa. El precio de los zapatos garantiza la movilización del trabajo en torno a la industria del cuero, garantiza que se calcule cada gasto a fin de que en teoría el trabajo de cada hombre sea gratificado con justicia. El dinero no es inmoral: sirve de instrumento para que exista justicia entre los hombres. Sucede que durante mucho tiempo estuvo asociado a prácticas contrarias a la justicia y el equilibrio, porque las formas económicas privilegiaban a los equivocados. Y a veces los propios equivocados eran los que engendraban el rechazo al dinero, como un modo de protegerse a sí mismos. Los señores feudales y el clero, enriquecidos mediante la violencia y la opresión, difundían entre sus súbditos la idea de que el dinero era pecaminoso. Los capitalistas, enriquecidos mediante una violencia encubierta, también advierten a los trabajadores acerca de la importancia de la humildad y de no vender el alma por un estatus de vida. El capitalismo fomenta el deseo insaciable de dinero y a la vez lo critica, pero lo critica desde una manipulación: usa el dinero como chivo expiatorio de sus culpas. La búsqueda de un estatus privilegiado de vida conlleva a las injusticias no porque el dinero sea malo, sino porque la forma económica es injusta. Si la forma económica fuera justa, si solo se pudiera conseguir dinero de manera justa, entonces no habría nada de malo en querer conseguirlo. Al parecer muchas de estas cuestiones fueron olvidadas por los soviéticos y fueron olvidadas en nuestro país en algún momento. Incluso hoy solemos hablar de la importancia del dinero con culpa, como si fuera algo malo, un residuo del capitalismo.

Resulta imprescindible que en un país o región los individuos puedan movilizarse en grandes actos de generosidad, de lo contrario no habría modo de enfrentar catástrofes como los huracanes, por poner un ejemplo básico. Lo que constituye un error resulta pensar que la generosidad hoy puede convencionalizarse, planificarse de manera anual en gráficos sofisticados, de manera independiente al dinero. Cuando un hombre hace siempre el trabajo que le toca a otro se genera ineficiencia por ambos lados. El trabajo voluntario, que ahora tristemente solo significa para muchos trabajo comunal, se hacía con la esperanza de que el estado ahorrara dinero para emprender nuevos proyectos, que a la larga beneficiarían a todos. El trabajo voluntario como lo concebía el Che era un extra, un impulso que el individuo elegía regalarle a la sociedad, a la vez que un modo de formarse a sí mismo. Sin embargo luego se cometieron muchos errores, se desdeñó la utilidad del dinero y se apostó por las gratuidades y el pago en especie, por decirlo de algún modo. Del salario de los trabajadores cubanos (todo el mundo trabajaba con el estado entonces) comenzó a deducirse no solo la subvención de la salud, la educación y la defensa, sino también la subvención de la electricidad, del gas natural, del agua, del transporte, de las revistas de cualquier tipo, de las panaderías, de los carros de helado, de los hostales, de las discotecas, de las cafeterías, de las fábricas de acero, de las fábricas de cemento, de la leche, de los parques de diversiones. Los precios pasaban a ser simbólicos. Lo soviéticos estaban convencidos de que era posible una economía de la voluntad, como si acaso el dinero no fuera la forma más eficiente conocida de regulación de las distintas voluntades. Y nosotros les creímos. El dinero es una herramienta de eficiencia y competitividad. Un país socialista que no sepa el significado y la utilidad del dinero como regulador del trabajo humano, sin importar que conozca la electricidad, la pólvora o el telescopio, estará regresando no al capitalismo, ni al feudalismo, ni al esclavismo, sino a la tecnología económica tribal en la que el trabajo se organizaba fundamentalmente por voluntades y favores.

Las nuevas empresas privadas cubanas no sienten el menor rechazo por el dinero, por el contrario. Si un negocio no es rentable nadie lo subvenciona, quiebra. En el fondo esto es necesario. Si un negocio (estatal o privado) quiebra es porque como negocio no tiene las condiciones para existir, no debería malgastarse el sudor de sus trabajadores, y mucho menos el de los otros trabajadores que lo subvencionan. El dinero es una medida del valor, quizás una medida imperfecta (más en nuestro tiempo) pero necesaria. La economía es una máquina delicada que necesita regularse mediante el dinero tal como un televisor necesita regularse en voltios. Nuestro socialismo, como el soviético, se ha centrado demasiado en la beneficencia: para no dejar atrás a los más desfavorecidos tiende a mantener bajos los precios, incluso al punto de generar pérdidas, desestimulando por tanto la economía y deformándola. Más inteligente es crear nuevos empleos para los más desfavorecidos, empresas estatales que de verdad sean rentables y que generen beneficios tanto a la sociedad como a sus trabajadores. Este es el único modo en el que la empresa estatal puede adelantarse a la privada, con la que mantiene ahora mismo una decisiva competencia. En una economía justa cada hombre recibe según lo que contribuye a los otros. El dinero, su recompensa, será la medida secreta de la utilidad.

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