El peligro era que nos acostumbrásemos

Fuente:  Iniciativa Debate/Paco Bello                                                                  2

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Esto se veía venir, y ha llegado para quedarse. Los que mandan lo han vuelto a hacer, y lo han hecho de puta madre, no vayamos a restarles mérito. Nos han birlado el almuerzo al primer bocado. Y sí, sí nos hemos enterado. Pero hemos preferido callar. Y lo hemos hecho porque en realidad no estaban los ánimos para revoluciones, que es al final lo único que resulta temporalmente efectivo en casos como el actual y frente a un sistema mafioso.

No sé si volverán las oscuras golondrinas, pero de momento ha vuelto el empleo, y negarlo por llevar la contraria sería estúpido. Es un empleo de mierda, precario, sin derechos, con salarios de comedia y esfuerzos de tragedia, pero el que más y el que menos ve que ahora ya entran cuatro duros en el bolsillo, y eso es mucho más de lo que entraba hace muy poco.

Aquello de hacer planes de futuro se ha ido por el sumidero, porque lo de tener un trabajo estable se ve casi como un mito. Las nuevas generaciones ya han dicho adiós a esas sencillas aspiraciones de tener un horizonte previsible; rutinario y monótono si queremos, pero dependiendo del carácter de cada cual, pasable o incluso feliz. Y es que si hasta con un contrato indefinido sabes que mañana puedes estar en la calle con un finiquito en diferido y con forma de limosna, qué no debe plantearse el creciente colectivo que trabaja con contratos de broma.

Y ese era el plan. Que se recuerde en la historia reciente es la primera vez que las nuevas generaciones vivirán peor que las anteriores. Nos han cambiado la promesa del progresismo por la realidad del regresismo. Crecen al mismo ritmo las desigualdades y la sumisión, como no podría ser de otra forma. Y con otra novedad: tampoco se había visto nunca un ritmo semejante sin una guerra de por medio, pero esto daría para escribir un libro y no son buenos tiempos para tanta letra junta.

Podría haber sido distinto. Se daban las condiciones para que lo fuera, pero nadie ha querido asumir la responsabilidad. Y puede que no haberlo hecho sea lo correcto y lo sensato precisamente porque la sociedad sigue necesitando líderes. Pero aún jode ver que mientras unos se veían (y se siguen viendo) en la calle, a veces con niños y/o ancianos y con lo puesto, otros se homenajeaban haciéndose un retrato oficial con un precio medio que equivale como poco a nueve años del salario mínimo íntegro de un trabajador, o a tres años completos si se trata del salario medio. O al equivalente a lo que supondría en cuantía, tiempo y esfuerzo, un crédito hipotecario para una vivienda modesta. Y lo que es más sangrante: con el dinero de todos. Un dinero que podía haberse dedicado a esas personas y no a un maldito retrato (a doscientos malditos retratos).

Es solo un ejemplo casi anecdótico de la soberbia y la falta de ética de los parásitos que ocupan el poder; del humillante despilfarro que esos clasistas que solo consideran un estorbo soportable a sus representados son capaces de perpetrar a la luz del día como descarada demostración de superioridad.

Esta es la realidad, y lo sabemos, claro que lo sabemos. Pero tragamos.

Y va a seguir así, como mínimo, hasta que no vuelvan a necesitar imponer un nuevo paradigma que empeore este actual escenario en el que ya hemos perdido casi todas las conquistas sociales de los últimos cincuenta años.

Por el momento, precisamente porque sabemos lo que está ocurriendo, y como consecuencia, sin duda crecerá la desafección política, aumentará la abstención en los procesos electorales y se acentuará el individualismo. Lo tienen asumido, y no les importará demasiado ganar elecciones con porcentajes inferiores al 50% de participación, siempre y cuando ese rechazo no vaya acompañado de protestas contundentes. Y no es lo previsible sin otra estafa que vuelva a dejarnos hasta sin migajas.

Casi se podría decir que ‘afortunadamente’ los que mandan no siempre logran hacer coincidir todos los escenarios nacionales, y a partir de 2019 ya está previsto que se vuelva a reactivar la política monetaria y con ella un nuevo ciclo de excesos financieros. Pero el panorama social, al menos en el Estado español, ya no se parecerá demasiado al que vivíamos en 2008.

No quiere esto decir que en el próximo ciclo de acumulación que ya ha empezado, pero que estallará dentro de unos años, vayamos a responder mejor que lo que lo hemos hecho en este. Tampoco sabemos si quedará mucho que robarnos, que es lo que siempre ha logrado que los que mandan se pongan de acuerdo, o tendrán que empezar a robarse entre ellos. Lo que sí sabemos, y ya es algo, es que esa sociedad ya será diferente, y quizá, por poner algún punto de optimismo, la respuesta también lo sea.

Por lo pronto volvemos a la casilla de salida, pero en un tablero peor, sin zona neutra, mucho más sucio y difícil en los arrabales y mucho más exclusivo pero discreto en la zona noble. A unos, muy pocos (esos a los que Brecht denominaba Imprescindibles) los veremos intentando como siempre limpiar nuestra parte, y otros, sin duda, se dedicarán a ensuciar sus brillantes casillas (porque está en su naturaleza ser unos cerdos). Pero no será mañana ni el año que viene cuando percibamos la remota posibilidad de darle la vuelta o evitar que se le dé otra en sentido contrario. Quizá tampoco será en el lustro o en la década que viene. Puede por tanto que sea el momento de descansar, porque sembrar en tierra agotada no suele servir de mucho.

Así que hasta aquí hemos llegado. Ya lo hemos aceptado. Pero hagámonos un favor colectivo: no nos acostumbremos nunca.

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