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EEUU: La verdadera razón por la que los republicanos siguen diciendo “somos una república, no una democracia”

Astra Taylor

20/10/2020

La trillada frase de “Somos una república, no una democracia”, antaño limitada a los debates políticos de los campus y a los rincones más excéntricos de política en la Red, lleva ya cierto tiempo borboteando hasta que ha llegado al grueso de la política. Pero resultó, con todo, estridente que, durante el debate vicepresidencial de la semana pasada, el senador por Utah Mike Lee tuiteara sencillamente: “No somos una democracia”. Prosiguió más tarde: “El objetivo no es la democracia; lo son la libertad, la paz y la prosperidad. Queremos que florezca la condición humana. La democracia de base puede desbaratar eso”.

El comentario de Lee desató una escandalera en las redes sociales, y otros conservadores se agarraron a esa línea. Durante el primer día de las audiencias para confirmar a Amy Coney Barrett para el Tribunal Supremo, el senador John Kennedy, de Luisiana, hizo la observación de que Norteamérica no es una “democracia pura” y citó al columnista periodístico James Gill, bromeando con que “no nos ponemos todos una toga encima y nos vamos corriendo al foro a votar en persona en todas las cuestiones”.

Una postura todavía más extrema fue la que expresó, unos pocos días antes que Lee, Loren Culp, el muy improbable candidato republicano a gobernador de Washington, que declaró en una entrevista reciente que “la democracia es el gobierno del populacho” y que “a famosos dirigentes chinos como Mao Zedong y Mijail Gorbachov les encantaba la democracia, porque la democracia es dar un paso hacia el socialismo, lo cual supone un paso hacia el comunismo”.

La crítica de que demasiada democracia conducirá inevitablemente al gobierno del populacho y a la tiranía es tan antigua como Platón —de aquí las togas — y estos hombres llevan razón en que esto estaba en la cabeza de los fundadores de Norteamérica. Pero para cualquiera que haya vivido en la época de George W. Bush y su fomento de la democracia resulta estremecedor oír a los candidatos republicanos hablar con ese desdén de la democracia. Y eso significa, desde luego, que la crítica de la democracia está tomando impulso anticipándose a unas elecciones que podrían una vez más pivotar sobre la diferencia entre el Colegio Electoral y el voto popular, cuando el presidente despotrica contra los “sufragios” y se niega a comprometerse con una transferencia pacífica del poder.

Para discutir este último giro antidemocrático, he hablado con la cineasta y autora Astra Taylor, quien, en su documental de 2018, What Is Democracy? [¿Qué es la democracia?] y en el libro de 2019 que lo acompaña, Democracy May Not Exist, but We’ll Miss It When It’s Gone [Puede que la democracia no exista, pero la echaremos en falta cuando desaparezca] arrojó una mirada critica sobre aquello a lo que la verdadera democracia se parecería, y sobre en qué medida están cerca de ese ideal nuestras democracias. Se ha editado y condensado el diálogo por mor de la claridad. La entrevista la realizó Joshua Keating.

Joshua Keating: Una gran parte de su proyecto, tanto en el libro como en la película, consistió en hablar con un amplio abanico de personas acerca del significado que tiene para ellos la democracia. ¿Te encontraste algo parecido a las respuestas al estilo de Mike Lee?

Astra Taylor: Ah, sí. Esta frase: “Somos una república, no una democracia”. Oía esta frase con frecuencia, pero siempre en boca de cierta clase de persona, siempre de labios de un hombre blanco. Hice unas cuantas entrevistas —lo que en el documental llamamos “callejeros”— en las que yo me ponía en una esquina y hablaba con los que pasaban. A menudo la gente se mostraba remisa. Decía yo. “Estoy hablando de democracia. ¿Te apetecería sentarte y debatirlo conmigo?” Y tenía que convencer a la gente. Se sentían quizás un poco intimidados o tenían la impresión de que les faltaba conocimiento experto, y con frecuencia esas entrevistas resultaban de verdad interesantes. La gente se mostraba en realidad bastante sabia o tenía razones que eran de verdad creíbles para desentenderse de la política o mostrarse políticamente cínicos.

Y luego estaban los tipos que se mostraban realmente deseosos. “Siií, ¡por supuesto que me vas a entrevistar sobre la democracia!” Y después de una o dos preguntas, se deshinchaban y decían: “Bueno, somos una república, no una democracia”. Se trata de una frase que pronuncia gente que, mirando atrás todo a lo largo de la historia norteamericana, se ven a si mismos a salvo en el centro de su relato, y de manera característica consideran que sus actuales privilegios están amenazados. Y por tanto, lo que quieren es apuntalar esos privilegios que poseen y están buscando una especie de enganche histórico.

¿Cree que hay una razón por la que está borboteando esto ahora en la política de altos vuelos?

Creo que estamos viendo un cambio real en la retórica conservadora, porque se están dando por vencidos en lo que respecta a alcanzar mayorías. Si nos remontamos a hace cincuenta años, en libros como The Emerging Republican Majority, [La emergente mayoría republicana ], e incluso en la época de George Bush, había esta idea: “Vale, bueno, si los republicanos quieren seguir logrando mayorías, vamos a tener que atraernos el voto conservador latino”. Y el partido ha ido en dirección contraria en eso. Anda concibiendo cómo mantener su predominio con una minoría por apoyo. Y así, en ese sentido, creo que esa retórica es de verdad reveladora. Es una manera de racionalizar un mayor afianzamientro del gobierno de la minoría.

Y la cuestión es que algo hay en esa perspectiva que tienen. Las instituciones políticas de este país no son mayoritarias. Hay una larga historia de exclusión. Y hay unos cuantos puntos de veto en el sistema político que obstruyen las políticas mayoritarias. Así que tienen mucho a lo que recurrir y no se trata de una filosofía política novedosa. Se trata en cierto modo de una reversión a la norma norteamericana. Porque no hemos sido una democracia verdaderamente inclusiva, jamás. Y en la medida en que lo somos, eso ha sido sólo desde hace una generación — desde la Ley de Derecho al Voto [Voting Rights Act] — y ellos ya están desistiendo de eso.

Y me resulta muy fascinante que ese periodo que yo di por sentado, por el momento en el que resulta que nací — ese marco de Guerra Fría en el que “el capitalismo es democracia frente al comunismo que es falta de libertad”—, ese paradigma se está derrumbando. De manera que ves gente en la izquierda que se vuelve más conscientemente socialista y dice: “Bueno, un momento, tal vez el socialismo no esté tan mal”. Pero en la derecha ves también gente que viene a decir: “¿Por qué tenemos siquiera que pretender que somos democráticos en lo que sea?”

Resulta interesante, porque, como usted dice, se espera que la gente hable, por lo menos con la boca pequeña, de democracia. Si le echas un vistazo al mundo, hasta Corea del Norte se denomina a si misma “República Popular Democrática”. Se asume simplemente que hasta el movimiento más autocrático tiene que vindicar alguna clase de legitimidad democrática. ¿No hay algo casi refrescante en oír el otro argumento que se identifica tan abiertamente de esta manera?

¡Es refrescante de una manera divertida! Yo diría que hay algo honesto en ello. Creo de veras que no se trata de un argumento retórico que vaya a convencer a la mayoría de los norteamericanos, pero no está pensado para eso.

Democracia es un término que tiene realmente hondas raíces en este país. Va a resultar difícil que la gente se vuelva contra ella. De manera que creo que hay algo potente en este cambio. Y está es la razón por la que digo que justifica futuras estrategias, pues creo que lo que nos ayuda a hacer es a comprender contra qué estamos. Nos ayuda a dar nombre a la estrategia a la que vamos a recurrir para luchar si nos preocupamos por construir una sociedad más democrática.

Y esta es la razón por la que me siento frustrada con los liberales que se han pasado los últimos cuatro años advirtiendo sobre el “populismo”, lo que implica que la amenaza está en la voluntad de la mayoría. La verdadera preocupación ahora mismo no es la tiranía de la mayoría. Si se mira la voluntad popular en este país, la mayoría de la gente sigue queriendo que se actúe contra el cambio climático, pese a toda la desinformación y a todos los millones de dólares vertidos para confundir a la opinión pública sobre sus consecuencias, ¿verdad? La gente quiere mejor atención sanitaria e inversión pública en atención sanitaria. La gente quiere sindicatos y demás. Creo que el problema no es ahora mismo la tiranía de la mayoría. El problema estriba en la tiranía de una élite minoritaria.

¿Llevan parte de razón los conservadores cuando arguyen que a los Padres Fundadores les preocupaba que hubiera demasiada democracia?

Esta es la razón por la que resulta importante comprender la historia de este país. Los Padres Fundadores estaban muy preocupados por la protección de los derechos de las minorías. No entendían la frase derechos de las minorías tal como la entendemos hoy nosotros: protección para la gente trans, los inmigrantes, etcetera. Pero estaban muy preocupados por los derechos de los opulentos. Y ese es uno de sus términos, ¿verdad? Madison declaró que es muy importante estructurar el Senado tal como lo dejaron para proteger los derechos de la minoría opulenta contra las masas sin tierras.

John Adams escribió por extenso sobre lo terrible que sería disponer de un sistema en el que hubiera un gobierno de la mayoría, puesto que las masas empobrecidas votarían por redistribuir la riqueza. Eso es un hecho de la historia de este país. Y esa es la historia que estas figuras republicanas están realmente conjurando cuando hablan de que los Estados Unidos son una república constitucional, no una democracia. Mike Lee es un “libertario” económico, y en su tuit recalcaba la libertad y la prosperidad. No decía igualdad o prosperidad ampliamente compartidas, ¿verdad? De modo que todo se centra en proteger la prosperidad frente a las masas que buscaría reformas redistributivas, y John Adams ya avisó acerca de esto.

La gente a la que le irrita esa frase tiende a recurrir a este argumento contra-originalista. Dirán: “Oh, estúpidos conservadores, ¿no os dais cuenta de que en realidad los Padres Fundadores querían decir democracia representativa cuando decían república, ¿verdad ?”, pero los Padres Fundadores no querían que los Estados Unidos fueran una democracia directa, que es como entendían la democracia ateniense, que fuera una forma puramente directa de democracia. Creían que era muy inestable y arriesgada.

Creo que tenemos dos respuestas para esto. Una es: la verdad es que no me importa lo que pensaran los Padres Fundadores. También pensaban que yo no debería tener derechos políticos. De manera que no estoy aquí para vivir para siempre en su mundo. Y había muchos desacuerdos entre la gente que consideramos fundadores, ¿verdad? Había algunos de ellos que eran bastante más de democracia con “d” minúscula que otros. Pero creo que la cuestión es que la batalla nunca fue simplemente: “¿Somos una democracia directa?” sino más bien: “¿Cómo de representativos somos como democracia?” En mi opinión, nunca ha sido lo bastante representativa, pero de eso es de lo que trata verdaderamente esta conversación.

De modo que argumenta usted que la democracia es algo más que votar sólo cada cuatro años, que requiere un constante compromiso. Pero ¿cómo alguien con ese tipo de perspectiva de “d” minúscula enfoca algo como las elecciones que se acercan? ¿Está usted tan aterrada existencialmente como todos los demás?

Ay si lo estoy. Estoy muy preocupada por estas elecciones. El marco en el que muevo para comprometerme en la política electoral consiste en que tenemos que comprometernos con el sistema tal como es, sin olvidar a la vez el horizonte de cómo queremos que sea y cómo se podría transformar.

Creo que esta elección es existencial, y espero que le recuerde a la izquierda que no podemos dar por sentados ni siquiera los derechos políticos básicos que creemos que tenemos. Creo que durante algún tiempo ha habido esta sensación en la izquierda de que estamos en este sistema bipartidista, que es un dupolio, no es democrático.

Y esa crítica era correcta. Por supuesto, hay muchas formas en las que el sistema no es democrático. Yo no creo que una sociedad con las desigualdades de riqueza que tenemos pueda calificarse de democrática, eso como punto de partida. Pero también tenemos que votar. No podemos dar por sentados los progresos que se han hecho porque existe una veta no democrática, antidemocrática en la política norteamericana. Eso es lo que estamos viendo en comentarios como el de Mike Lee. Hay élites que están encantadísimas de deshacerse de la democracia, de evitar que la gente corriente tenga alguna clase de poder o algo que decir sobre su vida.

La democracia ha sido siempre un concepto por el que las élites han mostrado desprecio, hasta en la antigua Atenas. Y esa actitud sigue viva y coleando. La democracia constituye una idea a la que tenemos que dedicar muchos cuidados, y con la que tenemos que estar comprometiéndonos constantemente, y para mí ese proceso no requiere esta extraña reverencia religiosa por los Padres Fundadores. Por eso termino el libro con la imagen de que no aspiremos a ser Padres Fundadores sino a ser parteras perennes que hacen nacer la democracia de nuevo. Si no la renuevas, si no la reinventas, entonces corre el riesgo de desaparecer.

directora de cine documental, escritora, música y activista, originaria del Canadá, ha colaborado con medios como Dissent, Adbusters, The Baffler, The Nation, Salon y The London Review of Books. Participó en el movimiento Occupy Wall Street para el que codirigió la gaceta Occupy!

Fuente:

Slate, 13 de octubre de 2020

Traducción:Lucas Antón

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